Sobre la mesa, en el despacho de la Delegación del Gobierno, Antonio María Claret dejó un buen montón de asuntos pendientes. Son prácticamente los mismos que encontró a su llegada, quizás alguno de ellos agravado por los nueve meses que han permanecido olvidados cogiendo polvo hasta su cese. Precisamente ésa es la principal crítica y al mismo tiempo el mayor acierto del antecesor de Abdelmalik El Barkani: Que como no ha tomado prácticamente ninguna decisión relevante, no ha tenido la oportunidad de equivocarse. El nuevo delegado del Gobierno debe encarar con urgencia un conjunto de problemas para los que no vale el sosiego que Claret trajo en su maleta. A El Barkani, que llega sin equipaje porque es de Melilla, se le exigirá algo más que calma para abordar asuntos como el del CETI, que mantiene unos niveles de saturación insoportables. Actualmente en sus instalaciones, diseñadas para unas 480 personas, residen unos 850 inmigrantes, según aseguraron ayer a El Faro los trabajadores del centro. El parcheo de acelerar los traslados a la península no ha servido para volver a unos niveles de ocupación razonables. Como tampoco han resultado eficaces las llamadas a la cooperación a las autoridades marroquíes. Por lo tanto, la solución pasa por plantear con claridad la situación en Madrid, donde hay que hacer entender el riesgo que supone el peligroso nivel de saturación de las instalaciones del CETI y la necesidad de proceder a su inmediata ampliación. O, si las circunstancias económicas no lo permiten ni la estrategia política lo aconseja, establecer un protocolo para que los inmigrantes que accedan de manera irregular a Melilla sean trasladados directamente a CIE’s de la península cuando el CETI se encuentre saturado. Cualquier solución menos seguir aplicando sosiego a un problema que necesita soluciones con urgencia.







