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La razón en el alambre

El radicalismo siempre va a más, es tal como una huida hacia adelante que no encuentra más argumento para su sustento que la progresión en la escalada extrema de su discurso

Por Antonio Ramírez
10/02/2025 06:51 CET
La razón en el alambre
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Ni todo tiempo pasado fue mejor ni tampoco peor, sino distinto y que sirve para enseñar y referenciar lo sucedido, pero también a reverdecer rastrojos de urticaria como errático remedio a males del presente. Se entiende por radicalismo, en una de sus acepciones, podría ser, como todo aquello que excluye a quienes no piensan de la misma manera en la búsqueda de soluciones a los problemas que aquejen. Suspende ello la razón en un alambre y le aboca, como destino final, a la caída.

El radicalismo siempre va a más, es tal como una huida hacia adelante que no encuentra más argumento para su sustento que la progresión en la escalada extrema de su discurso. Pero lo peor sucede cuando de las palabras se pasa a los hechos. Su estrategia consiste en, a fuerza de reiterar la palabrería mendaz para anunciar remedios (algunos de ellos de rala humanidad o inviables) e ir calando en la opinión pública, de cierto agotamiento esta ante lo incierto en su mejora de algunas circunstancias que afectan al presente.

Ganando opinión y añadiendo, aunque sea relativa, la postura de perfil o la indiferencia de formaciones políticas de supuesto carácter moderado y que por intereses electorales y/o de poder, el radicalismo puede, como lo hace, ganar espacio de mando y de ahí, a una secuencia de hechos de rango grave, al menos, algunos de ellos.

El tratamiento de la migración de personas y de muy complejo ordenamiento, es una de las grandes bazas para que ideologías de lo extremo intenten normalizar que la terapia debe ser el rechazo y de ahí, desde un lenguaje populista, a la estigmatización del extranjero. El radicalismo mantiene un pie en la libertad que dice defender y otro en el repudio de la diversidad que alimenta, precisamente, a la primera

La Alemania nazi, y sus colaboradores, ya lo eran antes de un proceso democrático por el que las urnas le llevo al poder, no debe olvidarse. Previo a ello, durante años el discurso de ese engendro soliviantó e instaló el miedo hasta el extremo señalando a los distintos por etnia o religión como el origen de todo mal; por la pureza de la raza y la complicidad del ansia de poder absoluto y la ambición de las élites, se extendió a casi toda Europa y fuera de ella hasta la resiliencia, resistencia y reacción contraria.

Hoy, hay quienes rechazan a esta Europa actual y sus instituciones fruto de la liberación con el pretexto de su renovación y recuperación de los valores que a su criterio, se han perdido, ¿Qué esconde ese enunciado? ¿Qué Europa (y aliados), qué, con todos sus defectos, asentó la libertad y alejó el sometimiento y la destrucción? ¿Qué tipo de manoseado patriotismo es ese?

El radicalismo no es patrimonio de la ultraderecha, otras lecciones de la Historia, como la soviética, lo atesoran, pero de un tiempo a esta parte el flanco de la primera viene haciendo “méritos” para que la preocupación se afiance. Desde la primera mitad del siglo XX y sus aciagos acontecimientos, quizás esta época de hoy es, con sus distancias y diferencias, donde se vislumbra con mayor claridad que la razón está en el alambre. Las urnas, cuando toquen en el ámbito cualesquiera, deben ser la solución para que la humanidad, el sentido común, esa razón, acudan a votar frente a lo extremo y la indiferencia a él, a ese espectro totalitario.

Etiquetas: Colaboración

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