Categorías: Opinión

Yennayer, identidad de un pueblo

Cada mes de enero, muchos ciudadanos celebran el Año Nuevo Amazigh, Yennayer, una festividad ancestral que marca el inicio del calendario agrícola bereber y que simboliza renovación, memoria y resistencia cultural. En Melilla, ciudad plural por definición, Yennayer no es solo una fecha en el calendario: es un recordatorio vivo de una identidad que sigue luchando por ser reconocida en igualdad de condiciones.

La cultura amazigh forma parte indiscutible del alma de Melilla. No es una cultura importada ni ajena; es originaria del norte de África, profundamente enraizada en la historia del Rif y, por tanto, en la historia de esta ciudad.

Celebrar Yennayer no debería depender del esfuerzo voluntario de asociaciones culturales, colectivos vecinales o personas comprometidas. El reconocimiento de una identidad no puede ser anecdótico ni decorativo, ni limitarse a actos puntuales o discursos bienintencionados. Requiere un compromiso real con la igualdad cultural.

La reivindicación de Yennayer no es una exigencia excluyente ni identitaria en sentido negativo. No resta derechos a nadie, no divide a la sociedad, no cuestiona la convivencia. Al contrario: reconocer Yennayer es fortalecer la cohesión social, asumir la historia compartida y avanzar hacia una Melilla más justa y representativa de todas sus voces.

La lengua tamazight, aún sin reconocimiento pleno ni presencia suficiente en el sistema educativo, es otro ejemplo de esta deuda pendiente. No hay respeto cultural sin políticas lingüísticas valientes, ni igualdad sin visibilidad real.

Yennayer también es memoria histórica. Durante siglos, la cultura amazigh ha resistido procesos de marginación, invisibilización y asimilación forzada. Celebrar su año nuevo es honrar esa resistencia y reconocer la dignidad de un pueblo que ha contribuido —y contribuye— al desarrollo social, económico y cultural de Melilla.

Melilla tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de situarse a la vanguardia del reconocimiento cultural. Convertir Yennayer en una celebración institucional, educativa y social no es un gesto simbólico vacío: es una declaración de principios. Es decir, con hechos, que todas las identidades cuentan por igual.

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