El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha afirmado que las relaciones entre España y Marruecos atraviesan el mejor momento de su historia bilateral. Una declaración de tal calibre no es menor. Supone presentar la actual etapa diplomática como un éxito incuestionable del Gobierno de Pedro Sánchez. Sin embargo, desde Melilla, esa afirmación no solo genera sorpresa, sino también una profunda incredulidad. Porque si este es el mejor momento, la pregunta inevitable es: ¿para quién?
Las relaciones entre dos países no pueden medirse únicamente por el clima político en los despachos ni por la sintonía entre gobiernos. También deben evaluarse por su impacto real en los territorios fronterizos, especialmente en aquellos que dependen directamente de esa relación para su estabilidad económica. Y en el caso de Melilla, los hechos dibujan un escenario muy distinto al relato oficial.
La aduana es uno de los ejemplos más evidentes. Puede afirmarse que está abierta o que funciona, pero la realidad práctica es otra cuando las trabas son constantes y el flujo comercial no alcanza la normalidad necesaria para sostener el tejido empresarial local. Si los obstáculos terminan desincentivando la actividad hasta el punto de que empresarios optan por trasladar sus negocios fuera de la ciudad, el problema no es una cuestión de percepción, sino de consecuencias tangibles.
Una infraestructura clave no se mide por su existencia formal, sino por su eficacia. Y cuando esa eficacia no se traduce en oportunidades ni en estabilidad para quienes dependen de ella, resulta difícil sostener que la situación es óptima. La economía melillense no necesita declaraciones grandilocuentes; necesita certezas, previsibilidad y condiciones que permitan trabajar sin incertidumbre permanente.
A ello se suma la inexistencia de un régimen de viajeros que permita recuperar un mínimo dinamismo comercial. Marruecos se niega a facilitar ese mecanismo que durante años fue un elemento fundamental para el movimiento económico en la ciudad. Sin ese instrumento, Melilla pierde capacidad de reacción y margen de crecimiento. ¿Cómo puede hablarse de excelencia en las relaciones cuando uno de los aspectos más sensibles para la ciudad sigue bloqueado?
Si una relación bilateral atraviesa su mejor etapa, cabría esperar avances concretos que beneficien a todos los territorios implicados. Sin embargo, Ceuta y Melilla parecen quedar en un segundo plano dentro del discurso triunfalista. La sensación que se instala es que el equilibrio diplomático se ha construido dejando fuera a quienes más necesitan resultados palpables.
La cuestión no es si debe existir entendimiento con Marruecos. La cooperación es necesaria y estratégica. La cuestión es si ese entendimiento está sirviendo para proteger los intereses económicos y sociales de Melilla. Cuando una ciudad fronteriza ve limitada su actividad, cuando su comercio carece de herramientas para reactivarse y cuando sus empresarios buscan alternativas fuera ante la falta de garantías, el mensaje oficial pierde fuerza.
Resulta legítimo preguntarse desde cuándo puede calificarse de excelente una relación en la que una de las partes mantiene restricciones que afectan directamente a la economía de una ciudad española. También cabe cuestionar si el Gobierno está trasladando con firmeza la necesidad de que Melilla forme parte real de esa supuesta normalización histórica.
Las palabras importan. Calificar un momento diplomático como el mejor de la historia genera expectativas. Pero esas expectativas deben sostenerse sobre hechos. Si en la frontera no se perciben mejoras sustanciales, si la actividad económica continúa condicionada y si los mecanismos esenciales siguen sin desarrollarse plenamente, la brecha entre discurso y realidad se amplía.
Melilla no puede ser una nota al pie en la política exterior española. No puede quedar diluida en una narrativa que no se corresponde con su día a día. Porque mientras en Madrid se habla de éxito diplomático, en la ciudad se sigue esperando una normalidad que no termina de llegar.
Si este es el mejor momento de la relación bilateral, debería notarse con claridad en la frontera. Y mientras eso no ocurra, la afirmación del ministro seguirá generando más preguntas que certezas.








