La llegada simultánea de dos cruceros a Melilla no ha sido solo una estampa curiosa en el puerto, sino todo un revulsivo para la hostelería local. En cuestión de horas, miles de visitantes han pisado la ciudad con ganas de pasear y, sobre todo, de sentarse a tomar algo. Y ahí es donde bares, restaurantes y cafeterías han tenido que ponerse las pilas.
Desde primera hora de la mañana, el centro empezó a llenarse de grupos de turistas curioseando escaparates, sacando fotos y buscando una terraza donde hacer una parada. Las calles más céntricas vivieron un ambiente poco habitual entre semana. Mesas llenas, camareros sin parar y una sensación general de “hoy toca trabajar el doble”.
Muchos hosteleros ya lo veían venir. Algunos han incrementado el personal, más producto y, ampliación de horarios. Y se notó. La mayoría de negocios supo adaptarse al ritmo del crucerista, que no siempre coincide con el cliente local.
Pero si hubo un factor que marcó el consumo, ese fue el calor. Las altas temperaturas jugaron un papel clave y se notó en lo que pedían los clientes. Refrescos, agua fría, cervezas… Las bebidas volaban. No tanto la comida, ya que muchos turistas optaban por volver al crucero. Pero si comían algo rápido o ligero, las tapas desaparecían casi al instante en cuanto salían de cocina.
El resultado, en líneas generales, fue bastante positivo. Hubo más movimiento, más consumo y, lo más importante, una ciudad viva, con ambiente. Eso sí, también sirvió para dejar claro que aún hay margen de mejora. No todos los locales están acostumbrados a este tipo de turismo y, en algunos momentos, la demanda fue tan alta que costaba seguirle el ritmo.
Aun así, la sensación que queda es buena. La hostelería de Melilla respondió y demostró que, con algo de organización y ganas, puede sacar partido a este tipo de jornadas. Porque si algo quedó claro es que cuando llegan cruceros se nota, y mucho.








