El género chico deslumbra en el Kursaal con La Revoltosa

La Orquesta Sinfónica y Coro “Ciudad de Melilla”, el Ballet “Colores” y un amplio elenco llevaron al escenario una cuidada representación de la zarzuela de Ruperto Chapí

El Teatro Kursaal volvió a deslumbrar con el género chico de la mano de La Revoltosa, una de las zarzuelas más apreciadas del repertorio español, en una representación que reunió sobre el escenario a la Orquesta Sinfónica y Coro Ciudad de Melilla, al Ballet Colores y a un numeroso elenco que llenó la escena de música, movimiento, humor y sabor popular. La obra, dirigida musicalmente por Ángel Lasheras, con dirección escénica de Javier Agulló y coreografía de Mercedes Hurtado, recuperó en Melilla la esencia de una pieza que sigue viva más de un siglo después de su estreno.

La función comenzó con la aparición del director musical, Ángel Lasheras, batuta en mano. El público respondió con un aplauso y, tras el saludo inicial, el maestro se situó en el foso, donde los músicos ocupaban ya su lugar. Hubo entonces un instante de expectación, ese silencio breve que precede a las grandes aperturas teatrales. La música empezó a sonar y el telón se abrió lentamente para dejar ver una escena especialmente cuidada, construida desde el detalle y desde esa atmósfera visual que permite al espectador entrar, casi sin darse cuenta, en el universo de la zarzuela.

Cinco bailarinas, con sus mantones de Manila, tomaron el escenario en una primera imagen de gran fuerza plástica. En el centro de la escena, una cama con el actor completaba una composición que combinaba movimiento, color y teatralidad. El mantón, lejos de ser un simple complemento, se convirtió en protagonista. Volaba, se abría en el aire, se deslizaba por el cuerpo de las bailarinas, recorría sus extremidades, el torso y el suelo, siempre sostenido por la melodía. Cada gesto parecía nacer de la partitura y cada desplazamiento contribuía a construir una apertura elegante, envolvente y profundamente escénica.

El telón volvió a cerrarse, pero la música no perdió su pulso. Al contrario, fue ella la que volvió a marcar el camino, acompañando el nuevo deslizamiento del telón y preparando al público para otra escena. Al abrirse de nuevo, apareció un cuadro costumbrista, vivo y coral, en el que poco a poco fueron entrando los personajes. La escena fue creciendo con naturalidad, como si el barrio entero se asomara al escenario. Más de treinta personajes, el coro, las voces y los gestos colectivos fueron dando forma a ese mundo cotidiano, comunitario y popular que define buena parte del encanto de La Revoltosa.

A partir de ahí, el canto y la interpretación sostuvieron una representación que supo alabar la esencia del género chico. Hubo escenas colectivas, toques de humor, momentos de complicidad y situaciones reconocibles, de esas que conectan con el público porque nacen de lo cotidiano. La obra avanzó con ritmo, sin perder la frescura ni ese aire chispeante que ha acompañado a esta zarzuela desde su estreno. La música, el texto y el movimiento escénico fueron construyendo una narración cercana, en la que cada personaje encontraba su lugar dentro del conjunto.

Uno de los momentos más destacados llegó con la aparición de Mari Carmen Gálvez, que bajó por las escaleras en el papel de Mari Pepa. La música se alzó y la voz regresó acompañando la melodía, subrayando la entrada de un personaje esencial en la obra. Su presencia escénica reforzó el carácter popular y expresivo de una zarzuela en la que Mari Pepa y Felipe forman parte del acervo cultural del género. Junto a ella, Aixier Sánchez interpretó a Felipe, completando el eje principal de una historia que se sostiene sobre el carácter, la gracia y la tensión cotidiana entre sus personajes.

La representación contó también con la intervención de Lola Padial, en voz e interpretación, dentro de un montaje en el que el trabajo conjunto resultó fundamental. La Orquesta Sinfónica y Coro Ciudad de Melilla sostuvo el peso musical de la obra bajo la dirección de Ángel Lasheras, mientras que el Ballet Colores aportó una dimensión visual y coreográfica que enriqueció el desarrollo escénico. La coreografía de Mercedes Hurtado permitió integrar la danza en el relato sin romper su naturalidad, haciendo que el movimiento formara parte del lenguaje propio del espectáculo.

La Revoltosa fue estrenada en 1897 con música de Ruperto Chapí y, desde entonces, se ha consolidado como una de las zarzuelas más queridas por el público. Su brillante partitura, sus personajes populares y su retrato costumbrista de la sociedad madrileña de finales del siglo XIX han contribuido a mantener vigente el interés por esta obra, considerada una referencia dentro del género chico. Su preludio está considerado una obra maestra y la pieza continúa siendo una de las más representadas en los teatros líricos.

La fuerza de la obra reside precisamente en su capacidad para reunir lo cotidiano y lo musical, lo coral y lo íntimo, el humor y la emoción compartida. La Revoltosa es una zarzuela chispeante, dinámica, satírica y divertida, pero también una pieza de enorme precisión teatral. En ella, los personajes no aparecen aislados, sino integrados en una comunidad que canta, comenta, observa y participa. Esa dimensión colectiva estuvo muy presente en el Kursaal, donde el escenario se llenó de voces, miradas y movimientos que reforzaron la sensación de vida popular.

Ruperto Chapí Lorente, nacido en Villena, Alicante, el 27 de marzo de 1851, mostró desde niño una clara inclinación hacia la música. Hijo de José, un modesto barbero, y de Nicolasa, creció en una familia aficionada al arte musical. Comenzó a estudiar solfeo a los cinco años con el director de la banda local, denominada Música Nueva, y llegó a tocar el flautín por ser el único instrumento que sus pequeñas manos podían manejar. Aquellos primeros pasos marcaron el inicio de una trayectoria que acabaría siendo decisiva para la zarzuela española.

Su formación avanzó con rapidez. Bajo la tutela de Higinio Marín aprendió a tocar el cornetín y pronto fue conocido como “el xiquet de Villena”. A los nueve años ya escribía pequeñas piezas para la banda; a los doce dirigía una pequeña formación en su localidad, y a los quince fue nombrado director de la Banda Música Nueva, la misma en la que se había iniciado. Ese temprano contacto con la música popular, con las bandas y con la escena explica en parte la viveza teatral que después alcanzaría su obra.

La carrera de Chapí se vio impulsada por la obtención de un primer premio de composición en 1872, que le permitió residir y formarse durante cuatro años en Roma y París. A su regreso a España se consolidó dentro del género de la zarzuela, componiendo un amplio número de obras que forman parte del repertorio habitual de las compañías líricas, entre ellas La Tempestad, La bruja, El rey que rabió, El tambor de granaderos, Las hijas de Zebedeo y, por supuesto, La Revoltosa.

Con esta representación, el Teatro Kursaal recuperó no solo una obra fundamental, sino también una forma de entender el teatro musical desde la cercanía, el humor, la música y la emoción compartida. La Revoltosa volvió a demostrar que el género chico conserva intacta su capacidad para conquistar al público, llenar el escenario de vida y tender un puente entre la memoria lírica española y las nuevas generaciones de espectadores.

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