El salón de actos de la UNED ha deleitado a los melillenses y las melillenses con una leyenda del jazz: Chucho Valdés. El pianista aparecía por la parte trasera del escenario, vislumbrando una sala abarrotada donde los asientos permanecían completamente ocupados y los asistentes buscaban tímidamente el espacio donde situarse. Primero, al fondo de la sala, junto a la puerta de salida, pero poco a poco el pasillo central se convirtió en una platea improvisada, donde niños, niñas y adultos se aseguraban de poder observar y escuchar a Chucho Valdés. Lo que comenzaba con murmullos entre conversaciones de acompañantes, pronto se transformó en expectación: Valdés emergía en escena con camiseta y pantalón blanco, deportivas, chaqueta azul marino, cabeza cubierta con la comúnmente denominada "boina cubana", y unas pequeñas gafas que apenas permitían apreciar su montura.
Las expectativas estaban sobre la mesa. Por primera vez en Melilla, Chucho Valdés actuaba, y no como parte de una gira cualquiera, sino como apertura de las XXX Jornadas de Jazz de la UNED. Durante la presentación a cargo del director de la institución educativa, Juan Luis Ramos, la luz se volvió tenue y el recuerdo de Ángel Castro se hizo latente. Ramos recordó que fue él quien “peleó” por traer a esta figura del jazz, y que no podría disfrutarlo. Sin embargo, allí estaba Valdés, llegando del otro lado del Mediterráneo por primera vez a esta ciudad del norte de África. “Empezamos a lo grande”, destacó el director de la UNED Melilla, refiriéndose así al arranque de estas jornadas que, por primera vez este año, se desarrollarán en meses distintos.
Definir la carrera de Valdés es una tarea que se escapa fácilmente de las palabras. En su presentación resonaron algunos de sus múltiples reconocimientos: premios Grammy, colaboraciones internacionales, y sus vínculos con universidades de prestigio como Harvard. Pero era su presencia lo que hablaba más fuerte. El público se fundió en aplausos y ovaciones al verlo aparecer, y muchas personas se levantaron para darle la bienvenida de pie. Él se mantuvo cerca del piano y, con un solo gesto —llevándose las manos, palma con palma, a la boca— mostró un signo de agradecimiento silencioso, antes de situarse en el pequeño banco frente al piano, especialmente trasladado a la sala la noche anterior.
Sus primeras melodías comenzaron como un ritual íntimo, como un susurro suave que se expandía desde el teclado hasta llenar cada rincón de la sala. Era una forma de calentar las manos, de asegurar el sonido, de reconocerse en el espacio. En el escenario no había espacio para más: un piano de cola negro, micrófonos ajustados con precisión para recoger el sonido desde su interior, altavoces repartidos estratégicamente a lo largo del salón para prolongar la vibración de cada nota. Sus dedos recorrían de punta a punta el teclado, marcando melodías que eran alegres y enigmáticas, que subían y bajaban en intensidad y ritmo, con una naturalidad que desbordaba técnica y emoción a partes iguales.
Su cuerpo, a veces, permanecía casi inmóvil, mientras la aceleración del sonido impregnaba el escenario. Se desbordaba. Él lo llenaba todo. Incluso con pequeños gestos escuetos, miradas de complicidad al público, con la sensación de un genio que observa y puede sincronizar perfectamente una melodía que emana de su cabeza y transmuta en sus manos. Como si hubiese un desdoblamiento: entre el Valdés que cruzaba la mirada y el Valdés que permanecía al piano. Sus labios permanecían pegados como quien quiere hablar y no puede, o no lo necesita, pues son sus dedos quienes conversan y acentúan las emociones de quien interpreta y de quien observa.
"Estoy aquí para tocarles jazz y todas las cosas que se me ocurran", sostuvo en un momento, con esa voz marcada por el acento cubano que lo acompaña allá donde va. Pocas palabras han sido necesarias entre sus canciones. Las necesarias. No hay más diálogo que el que permitió entablar durante esa noche de martes con el público. Sus piernas marcaban el ritmo con sutileza, acompañando el blues con el que abrió su concierto. Maestría, intriga, cada nota recorría y marcaba el pulso. No se trataba solo de ritmo: sus notas se colaban en el interior de la persona que lo escuchaba, interferían en los sentidos, en las emociones.
Chucho Valdés traspasó la barrera de la belleza musical. No se trataba solo de ritmo o armonía. Era un lenguaje emocional, visceral. Narraba sin palabras. Te trasladaba una historia, como si fuese la banda sonora de una película que te permite descubrir momentos álgidos de la narrativa y luego te devuelve a un estado de apaciguamiento, para, de nuevo, elevarte con ritmos rápidos que aceleran los sentidos y se desvanecen. Disfrutar de Valdés no fue solo un privilegio: fue ser parte de algo. Fue viajar con él.
De repente, estabas en Nueva Orleans. De repente, en La Habana. De repente, en su espacio íntimo, con su abuela escuchando en el sillón mientras él le compartía sus recuerdos. El repertorio fue una travesía. La variedad, del blues a los standards y baladas cubanas, cubría toda la atmósfera. Uno se sentía bailando en una calle de la isla caribeña, invitado a agarrar a cualquier persona al lado y dejar que las piernas, los brazos y el torso se moviesen entre el bullicio de la mañana habanera. Pero de repente, Valdés hacía que esa alegría contagiosa se apagara. Las notas aflojaban el ritmo como si despertaras de ese estadio de insurrección bucólica y cayeras en la melancolía. Y, de nuevo, la alegría.
Su repertorio no daba pie a sentirte apagado, ni estable en ningún momento. Te arrebata la posibilidad de creer que tu estado emocional está en tus manos. Jugaba con el poder de la música, de ese lenguaje universal. Piezas tocadas con una sensibilidad absoluta, con fuerza discursiva, con estremecimiento. Te trasladaba, te atrapaba, te hacía sentir desde las vísceras. Jugaba con las emociones, las controlaba en cada nota.
Su cuerpo, casi inmóvil. Y las manos… esas manos que parecían poder alargarse más allá de las distancias que permite un teclado. Manos que parecían tocar más allá de la composición. Gestos breves, miradas, pequeños devanecimientos a los lados, movimientos secos y sutiles hacia el piano. Valdés ha levantado al público melillense por su habilidad, por su destreza, por su compás y por ser una figura que atraviesa con sus notas.








De un buen espectáculo,como pocas veces disfrutamos en Melilla en el ámbito cultural y artístico,en la tarde de ayer , en el salón de actos de la UNED,deleitándonos con la maestría del internacional pianista y jazzista cubano Chucho Valdés con un salón más que abarrotado.