Un temporal con nombre propio
Si observamos el mar de Alborán en un mapa comprobaremos que se trata del extremo más occidental del mar Mediterráneo; un brazo de mar situado entre el estrecho de Gibraltar y los cabos de Gata (España) en el norte y Fegalo (Argelia) en el sur. Por la corta distancia entre las costas de África y Europa en este lugar, la comunicación por mar nos puede parecer más sencilla de lo que realmente es, ya que hay poderosas razones que pueden complicar la navegación y a veces la hacen imposible: los temporales.
Diversos factores climáticos explican la frecuencia con que se desatan tormentas marinas en este enclave, como el hecho de que el mar Mediterráneo está más caliente que el océano Atlántico, y los choques de las masas de aire frío provenientes de este océano con las de aire caliente del Mediterráneo provocan fuertes vientos con asiduidad, que pueden convertirse en tempestades de mayor o menor grado dependiendo del vapor de agua procedente de la evaporación del mar que contengan estas masas de aire caliente.
Pero las tormentas por sí solas no son la única razón de que navegar en estas aguas haya sido en tantas ocasiones una aventura arriesgada; hay otro factor que contribuye a que estas tormentas sean más peligrosas, el relieve marino, que, como ya explicamos en el anterior artículo, es especialmente agreste en este enclave debido al choque entre las placas tectónicas de África y Europa.
¿Cómo afecta ese relieve a los temporales? Las olas en el Mediterráneo suelen ser menos altas que las del Atlántico, pero los barrancos y elevaciones de los fondos del mar de Alborán hacen que las olas rompan de forma irregular y cambien de sentido de forma traicionera, haciendo especialmente dificultoso el control de la embarcación incluso para los navegantes más avezados.
El refugio de Al-borany
Han sido muchas las naves que han arribado históricamente a la isla de Alborán, por su ubicación entre las costas norteafricana y española, por ser el único refugio en muchos kilómetros a la redonda en medio de un mar tempestuoso, y por ser una isla deshabitada y por tanto sin vigilancia.
Por estas tres razones la isla se convirtió en un fondeadero habitual para muchos de los piratas berberiscos que asolaban las costas andaluzas a partir del siglo XVI. Uno de los más célebres de la época fue el corsario tunecino Mustafá Ben Yusuf, conocido por el apodo de Al-borany, que estaba al servicio de los otomanos. Fueron ellos los que le pusieron ese apodo, que en turco se traduce como “tormenta”, por la ferocidad de sus ataques.
Al-borany se instaló durante un tiempo en la isla para tener una base de operaciones cercana a la costa andaluza desde donde realizar sus incursiones, y con los años su apodo evolucionó hasta convertirse en el nombre con el que se conocía al lugar que le sirvió de refugio, la isla de Alborán.
Aquel submarino ruso...
Una de las leyendas sobre la isla que circula de boca en boca entre pescadores y gentes de la mar habla de que allá por los años ochenta un capitán de un submarino ruso, supuestamente enamorado de Alborán, arribaba con frecuencia a la isla, y con el resto de la tripulación del submarino disfrutaba de unas horas al aire libre, aprovechando que ésta estaba deshabitada y sin vigilancia en esa época. Se cuenta que los marineros pasaban el rato jugando al fútbol mientras el capitán observaba el paisaje desde algún promontorio costero. Lo cierto es que eran los años de la Guerra Fría, y no eran pocas las embarcaciones soviéticas que navegaban por la zona. De hecho, sí que está documentado que en más de una ocasión tripulaciones rusas desembarcaron en la isla por motivos nada claros, y que esto provocó una queja diplomática por parte de las autoridades estadounidenses, que se tradujo en el regreso de un destacamento militar español para vigilar la isla y evitar, entre otras cosas, visitas conflictivas.
El expolio del paraíso
Estas intrusiones de marinos de otros países en Alborán no se hubieran producido si las autoridades españolas hubieran hecho un esfuerzo para mantener su presencia en la isla, pero desde hacía muchas décadas esta presencia se limitaba a un pequeño destacamento militar y solo en ocasiones; la mayor parte del tiempo la isla estaba deshabitada por completo. En la década de los ochenta el abandono parecía definitivo, y la ausencia de autoridad tuvo consecuencias catastróficas para la vida en los fondos marinos de la isla, de una riqueza excepcional que hasta entonces había permanecido casi inalterada. Como explicaba nuestro querido y recientemente desaparecido Carlos Esquembri en su blog “Al sur de Alborán”, a la isla llegaron una flota de barcos coraleros procedentes de Italia, atraídos por la abundancia de coral rojo (Corallium rubrum) en los escarpes marinos que rodean las isla. La técnica de pesca de estos barcos era muy destructiva, pues empleaban la “barra italiana”, una enorme cruz de metal de la que colgaban jirones de red, que machacaba todo el fondo en el que habitaba el coral rojo junto a otras muchas especies de corales y gorgonias para aprovechar una pequeña parte que quedaba atrapada en las redes. Para cuando la armada española detuvo a diez de estos barcos, el ecosistema marino de Alborán había sufrido pérdidas incalculables en términos de biodiversidad. Pero la detención de estos barcos no hizo que cesara la extracción de coral de sus fondos, y se emplearon métodos variopintos, como un batiscafo de fabricación francesa, hasta que la prohibición total de la recolección de coral rojo acabó con toda esta actividad recolectora.
Un laboratorio evolutivo
La isla de Alborán cumple con los cánones que definen a la fauna y flora terrestres de los territorios pequeños y aislados en el mar; tiene bastante menos especies que en el continente, pues el aislamiento no permite la llegada de muchas de ellas, y la competencia por los recursos y la dureza de las condiciones climáticas hace que otras que consiguen llegar simplemente se extingan. Además, la escasez de nichos ecológicos distintos supone un freno a la diversificación natural. Sin embargo, para las especies que consiguen sobrevivir, la adaptación a estas condiciones y el aislamiento del resto de especies del continente suponen un reto que resuelven con infinidad de estrategias evolutivas; así, estas islas se convierten en laboratorios donde podemos estudiar estas adaptaciones. De hecho, fue en las islas Galápagos donde Darwin descubrió este mecanismo natural que nos permite adaptarnos a las condiciones cambiantes, la evolución de las especies.
Lo que más impacta de la naturaleza de Alborán para los recién llegados del continente es esa escasez de especies debidas al aislamiento, pero es este mismo aislamiento el responsable de que la isla posea especies de flora únicas, como el botoncillo de Alborán (Anacyclus alboranensis) y el jaramago de Alborán (Diplotaxis siettiana). Pero la especie más abundante con diferencia en la superficie de Alborán es el algazul (Mesembryanthemum nodiflorum), una pequeña planta marina perfectamente adaptada a los rigores climáticos de la isla, que adopta un característico color rojo en primavera y verano. Las praderas de algazul dan así un tono rojizo a toda la superficie de la isla que es de una gran belleza plástica y constituye su imagen más reconocible.
Otra especie valiosa cuya imagen también está ligada a esta isla, la gaviota de Audouin (Ichthyaetus audouinii), cría en Alborán desde hace ya mucho tiempo, y es otro de los grandes valores naturales de la isla.

Pero Alborán tiene otro elemento natural que la hace única, y no es una planta ni un animal, sino una roca, la alboranita, única en el mundo, cuyo origen es el magma incandescente de las profundidades de la Tierra, las mismas profundidades de la Tierra de las que surgió la isla de Alborán.








