Celebración pasada del Holi en Melilla. -Cedida por Alejandra Nogales-
Hay semanas en las que una compañía parece explicarse sola a través de los lugares que atraviesa. La Vidriera Producciones vive estos días uno de esos momentos en los que su trabajo aparece desplegado en distintos territorios, como si cada proyecto iluminara una parte de una misma identidad: Melilla, Córdoba, Venecia. En un extremo, la celebración del Holi junto a la comunidad hindú; en otro, el teatro pedagógico que sigue llegando a las aulas; y, más allá, Lorquianas, una obra que no solo continúa viajando, sino que se ha convertido también en herramienta de aprendizaje, análisis y creación escénica.
El presente más cercano está en Melilla, donde Vidriera vuelve a sumarse a la programación del Holi, la festividad hindú que da la bienvenida a la primavera y que este año amplía su presencia en la ciudad con una semana de actividades. No se trata únicamente de recuperar una cita festiva ya reconocible por la ciudadanía, sino de devolverle parte de su raíz cultural, de mirar más allá de la carrera de colores y acercarse a aquello que la celebración representa para la comunidad hindú: la alegría compartida, el triunfo del bien sobre el mal, la llegada de un tiempo nuevo y el valor de encontrarse en torno a una tradición.
El vínculo entre La Vidriera Producciones y la comunidad hindú no nació de una programación cerrada ni de una colaboración institucional al uso, sino de un gesto concreto de apoyo. En 2019, la compañía preparaba una propuesta teatral y no contaba con un espacio en el que poder ensayar. Fue entonces cuando el Templo Hindú abrió sus puertas y se convirtió en lugar de ensayo para el equipo artístico de Vidriera. Aquel espacio, que resolvió una necesidad inmediata, acabó siendo también el inicio de una relación que con el paso de los años se ha mantenido viva, alimentada por colaboraciones, presencia mutua en actividades y una confianza que ahora permite a la compañía acompañar a la comunidad en la organización de una de sus celebraciones más significativas.
Esa relación sostenida explica también el papel que La Vidriera asume, de nuevo, este año en la Holi Week. La compañía no aparece solo como apoyo técnico, sino como una especie de puente entre la comunidad hindú y el conjunto de la ciudadanía, ayudando a convertir en realidad la forma en la que la propia comunidad quiere vivir y compartir su fiesta. La organización de la semana y de la Holi Run implica gestión, cartelería, coordinación de equipos, artistas, bailarines, cantantes y DJ, pero detrás de esa estructura hay una intención más profunda: que el Holi vuelva a estar más cerca de su sentido original y no quede reducido únicamente a una prueba deportiva.
Durante años, la Holi Run fue ganando fuerza como actividad social y festiva, dentro y fuera de Melilla. Su imagen resultaba poderosa: polvos de colores, música, recorrido urbano y un ambiente de celebración colectiva. Sin embargo, el formato había ido incorporando elementos propios de una competición, con dorsales, premios, cronómetros y limitaciones que alejaban la propuesta de la filosofía que sostiene el Holi. Este año, la comunidad hindú ha querido recuperar otro espíritu, menos competitivo y más abierto, en el que correr sea casi lo de menos y lo esencial sea participar, compartir y celebrar.
La programación se extiende por varios días, comenzando el pasado sábado por un acercamiento al yoga y continúa con una puerta de entrada especialmente visual: el Bollywood Urbano. De la mano de Raúl Naranjo, los talleres previstos los días 26 y 28 de mayo en la calle Chacel acercan a la ciudadanía una expresión artística que, aunque forma parte de un universo muy amplio de músicas y danzas tradicionales, ha alcanzado una proyección internacional gracias a su relación con el cine. El Bollywood funciona aquí como lenguaje cercano, festivo y reconocible, capaz de invitar al movimiento y de abrir una primera aproximación a la cultura india desde el cuerpo, la música y la escena.
Pero una de las imágenes más simbólicas de esta edición llegará el viernes 29 de mayo en la playa de los Cárabos, con la celebración del Holika Dahan. La ceremonia, prevista entre las 20:00 y las 22:00 horas, incorpora por primera vez en Melilla una hoguera tradicional vinculada al Holi. El fuego aparece entonces como elemento de purificación, como gesto para dejar atrás lo negativo y abrir paso a lo bueno. La conexión con otras tradiciones, como San Juan, surge de manera natural: distintas culturas, distintos calendarios, pero una misma intuición compartida en torno al fuego, al deseo de renovación y a la necesidad simbólica de desprenderse de aquello que pesa.
La propuesta tendrá un carácter participativo. Los asistentes podrán escribir en un papel aquello que quieran quemar y lanzarlo a la hoguera, mientras el ambiente se acompaña con percusión tradicional india en directo. La escena tiene algo de ceremonia colectiva y algo de experiencia íntima: cada persona escribe lo suyo, pero lo entrega a un fuego común. En esa imagen se concentra buena parte del sentido que este año se quiere subrayar: señalar lo que une, permitir que la comunidad hindú incorpore el significado de su propia celebración y abrir la tradición a una ciudad acostumbrada a reconocerse en la convivencia de culturas.
El sábado 30 de mayo llegará la Holi Run a la Plaza Multifuncional. La jornada comenzará a las 16:30 horas con la entrega del pack de bienvenida, que incluye gafas, camiseta, polvos de colores y agua. Después habrá música, animación y una clase de Bollywood antes del inicio del recorrido, previsto a las 18:30 horas. La carrera, de aproximadamente 1,3 kilómetros, saldrá y terminará en la propia plaza. Esta vez no se plantea como una competición cerrada, sino como una actividad familiar y accesible, pensada para quienes quieran correr, caminar o simplemente dejarse envolver por el ambiente de una fiesta abierta a la ciudadanía.
Mientras Melilla se prepara para esa semana de fuego, música y color, Vidriera continúa moviendo otra de sus líneas más reconocibles: el teatro pedagógico. Este lunes, la compañía llevó al CEIP Mediterráneo de Córdoba su musical bilingüe Little Red Riding Hood, una versión de Caperucita Roja dirigida al alumnado de Infantil. La obra fue creada en 2017 a partir del contenido curricular de inglés y propone una vuelta al cuento clásico desde una Caperucita que recuerda aquel episodio vivido cuando era pequeña con el lobo y la abuela.
La pieza, interpretada por Lola Padial, se sostiene en un formato cercano y participativo. Caperucita no solo cuenta su historia, sino que busca entre el público a quienes puedan interpretar al lobo y a la abuela, implicando así a los niños en el desarrollo de la función. El próximo año, el montaje cumplirá diez años desde su creación, una permanencia poco habitual que habla de la eficacia de una propuesta nacida para las aulas y que ha pasado por campañas escolares en Madrid, Melilla y ahora Córdoba. Para La Vidriera, el teatro escolar forma parte de sus pilares de trabajo, con una o dos obras en movimiento cada curso y una apuesta continuada por llevar la escena a los centros educativos.
Salir de Melilla, sin embargo, no es solo una cuestión artística. Implica gestión, transporte, búsqueda de espacios, contactos y una logística que siempre parte con una dificultad añadida. Aun así, la compañía ha logrado mantener activos proyectos que se desplazan, se adaptan y encuentran nuevos públicos. En ese camino, Little Red Riding Hood ocupa el lugar de una pieza que funciona con los más pequeños, mientras Lorquianas representa otro tipo de viaje: el de una obra que empezó en el escenario y ha acabado entrando también en universidades, talleres y procesos formativos.
Lorquianas parece no agotarse. La obra ha recorrido circuitos escolares, volvió hace unos meses al circuito melillense con estudiantes de instituto y también ha viajado a países como Malasia e Indonesia. Este año, además, ha encontrado una nueva dimensión en el ámbito académico. Los días 28 y 29 de abril, Alejandra Nogales impartió un taller en la Escola Superior de Música e Artes do Espectáculo de Oporto, donde trabajó con alumnado de último curso de Arte Dramático en torno a las nuevas dramaturgias y la reinterpretación contemporánea del universo de Federico García Lorca. Entre el 18 y el 22 de mayo, esa línea de trabajo se trasladó a la Universidad de Bellas Artes de Venecia.
La estancia de Nogales en Venecia permitió mirar Lorquianas desde la escenografía. Allí, en una universidad situada a orillas del Gran Canal, la obra se convirtió en materia de estudio para alumnos acostumbrados a trabajar con materiales, objetos y disciplinas plásticas. No se trataba solo de explicar una puesta en escena, sino de mostrar cómo un objeto puede contener una dramaturgia completa; cómo un material, por humilde que parezca, puede levantar un espacio, construir una atmósfera y sostener una lectura simbólica del universo lorquiano.
Ese objeto es el esparto. En Lorquianas, su presencia no es decorativa ni accidental. Su olor remite a lo artesanal, a lo rural, a una memoria de pueblo. Su textura áspera, capaz de arañar, dialoga con la incomodidad, con la presión y con aquello que pesa sobre los cuerpos. Las cuerdas de esparto cuelgan en escena y construyen un imaginario de límites: pueden ser barrotes, cortinas, fronteras, marcas de encierro o espacios desde los que mirar sin ser visto. En ellas aparece también la idea de las conversaciones veladas, de las habladurías, de esa vigilancia cotidiana que atraviesa los entornos pequeños y que en Lorca adquiere una fuerza dramática esencial.
El material se trabaja además sobre el cuerpo. En la obra, una de las vecinas va tejiendo la cuerda en forma de anillos, pulseras o coronas que coloca sobre May Melero, generando una imagen de atadura progresiva. Son cuerdas que la sociedad crea y deposita, vínculos que limitan, retienen y condicionan el movimiento. A partir de ese gesto, la escenografía deja de ser fondo para convertirse en acción, símbolo y relato. No acompaña la obra: la atraviesa.
Con el paso de los años, esa escenografía ha crecido. La Vidriera comenzó con un número más reducido de cuerdas y ha ido ampliando el montaje hasta alcanzar las 250, aunque en algunas giras internacionales la compañía ha tenido que reducirlas por las dificultades del transporte. La cuerda pesa, ocupa, complica el viaje, pero también sostiene la identidad visual de la pieza. Incluso cuando su número se reduce, el sentido permanece: el esparto sigue siendo materia dramática, memoria rural y metáfora de opresión.
En Venecia, ese análisis permitió a los estudiantes partir del objeto para pensar sus propias propuestas. El taller no se cerró como una representación acabada, sino como un punto de partida creativo, una invitación a encontrar materiales capaces de configurar una escena y potenciar una narrativa. Lorquianas viajó así no solo como obra, sino como método de trabajo, como ejemplo de cómo la escena puede construirse desde lo simbólico, desde lo táctil y desde una relación profunda entre literatura, espacio y cuerpo.
En apenas unos días, la compañía ha vuelto a mostrar la amplitud de su recorrido. En Melilla, acompaña a la comunidad hindú en una celebración que quiere reencontrarse con su sentido cultural; en Córdoba, sigue llevando teatro bilingüe a los más pequeños; Venecia, convierte a Lorca y al esparto en materia de reflexión contemporánea. Todo parece distinto, pero todo responde a una misma manera de trabajar: crear desde lo cercano, cuidar el vínculo con la comunidad y permitir que cada proyecto encuentre nuevas vidas más allá del lugar donde nació.
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