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Pilar Escobar (actriz de 'Fuente Ovejuna'): "Al final la revolución es del pueblo"

Pilar Escobar, Andrea Vargas e Ignacio Rengel, parte del elenco de 'Fuente Ovejuna', reflexionan sobre la vigencia del clásico de Lope de Vega y su acercamiento a los personajes que interpretan en la adaptación de Sibila Teatro

por Alejandra Gutiérrez
16/07/2026 20:47 CEST
Pilar Escobar (actriz de 'Fuente Ovejuna'): "Al final la revolución es del pueblo"

Pilar Escobar, Andrea Vargas e Ignacio Rengel. -AGC-


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¿Qué ocurre cuando el abuso se convierte en costumbre? ¿Cuánto tiempo puede soportar una comunidad la violencia antes de decidir que ha llegado el momento de levantarse? Y, sobre todo, ¿por qué hay determinadas injusticias que solo provocan una respuesta colectiva cuando alcanzan a quienes ocupan una posición de mayor relevancia dentro de la propia estructura social? Cuatro siglos después de que Lope de Vega escribiera Fuente Ovejuna, las preguntas que atraviesan el texto siguen encontrando eco en el presente.

La propuesta dirigida y codramaturgizada por Ceres Machado para el Ciclo de Microteatro del Hospital del Rey no plantea la obra como una pieza histórica encerrada en el Siglo de Oro, sino como un espejo incómodo que interroga las relaciones de poder contemporáneas. En ella conviven el abuso de poder y la tiranía, las desigualdades sociales, la violencia contra las mujeres y las complejas dinámicas de una comunidad que, aun sufriendo la opresión, tarda en encontrar la fuerza necesaria para rebelarse.

Para la actriz Andrea Vargas, encargada de interpretar a Laurencia, la vigencia del texto reside precisamente en esa capacidad de hablar de conflictos que siguen atravesando la sociedad actual. La obra, explica, aborda "cosas del poder, del abuso de poder, de la represión que sufren siempre los de abajo desde los de arriba, de la mujer y de la posición de la mujer". Por ello, considera que se trata de un texto extraordinariamente moderno, capaz de seguir interpelando al público porque las estructuras de desigualdad que denuncia permanecen, de una forma u otra, vigentes.

La actualidad de la obra también atraviesa el trabajo de Ignacio Rengel, que se enfrenta al reto de dar vida al comendador Fernán Gómez de Guzmán, uno de los grandes villanos del teatro clásico. Sin embargo, el actor se resiste a concebirlo como un monstruo excepcional y atrapado en otro siglo. Al contrario, entiende que su peligrosidad reside precisamente en su cercanía. "Mi personaje es un personaje bastante más común de lo que pensamos", afirma. El comendador reúne en sí mismo todos los ingredientes de un poder ejercido sin límites ni cuestionamientos, pero esos ingredientes, asegura, siguen presentes en muchos comportamientos contemporáneos. Por ello, convertirse en el comendador también ha sido buscar esos referentes cercanos, reales o ficcionados, que conviven con nosotros en la actualidad.

Rengel insiste en que la monstruosidad del personaje no nace de una maldad fantástica, sino de la certeza de su propia impunidad. El comendador sabe que nadie puede enfrentarse a él porque ocupa el escalón más alto de la jerarquía y porque el sistema le permite ejercer su autoridad sin consecuencias. Esa concentración de poder, señala el actor, no solo oprime a las mujeres, principales víctimas de su violencia, sino que termina sometiendo a toda la comunidad. "El poder es un tumor que no puede dejar de crecer", reflexiona, subrayando que incluso aquellos hombres que aparentemente ocupan una posición de privilegio dentro del pueblo acaban siendo víctimas de una estructura que los supera.

La obra evidencia esta realidad a través de la figura del alcalde. Aunque representa la autoridad de Fuenteovejuna, su poder resulta insignificante frente al del comendador. Ni siquiera puede proteger a su propia hija. Esa incapacidad para actuar cuestiona la propia idea de autoridad y de masculinidad que plantea el texto. "¿Cómo podemos llamarnos hombres si nosotros no nos comportamos como seres humanos?", se pregunta Rengel. La hombría, la paternidad o la autoridad quedan vaciadas de significado cuando no se traducen en responsabilidad y protección hacia los demás.

En el centro de ese conflicto se encuentra Laurencia, uno de los personajes más poderosos del teatro español. Su denuncia no se limita a señalar la violencia sufrida, sino que interpela directamente a quienes la han permitido. Para Andrea Vargas, ahí reside una de las grandes modernidades del texto. Laurencia no solo denuncia al agresor; también cuestiona el silencio, la pasividad y la inacción de una comunidad que, hasta ese momento, había convivido con la injusticia.

La actriz reconoce que enfrentarse a las escenas de violencia física y sexual supone una experiencia especialmente intensa. Sin pretender erigirse en portavoz de ninguna lucha colectiva, admite que existe una conexión inevitable con una realidad que muchas mujeres han experimentado. "Todas hemos vivido situaciones desagradables", señala. Esa experiencia compartida le permite comprender el miedo, la impotencia y la vulnerabilidad de su personaje, pero también su fuerza y su determinación.

Precisamente por ello, Vargas considera especialmente significativo que Lope de Vega otorgara el impulso de la rebelión a una mujer. Es Laurencia quien rompe el silencio y quien obliga al pueblo a enfrentarse a sí mismo. Su célebre discurso no solo denuncia al comendador; también pone en evidencia las contradicciones de la propia comunidad y de unas estructuras sociales que han permitido que la violencia se perpetúe.

Sin embargo, la obra también deja al descubierto una realidad incómoda: la sublevación no comienza cuando Jacinta es violentada. El pueblo conoce los abusos del comendador, sabe de las mujeres que han sufrido su violencia y, aun así, permanece inmóvil. Solo cuando la víctima es la hija del alcalde la comunidad reacciona. Andrea Vargas encuentra en ello una lectura profundamente contemporánea. Existen situaciones de abuso que solo alcanzan visibilidad cuando afectan a personas con una determinada posición social o con la capacidad de hacer pública su experiencia, mientras otras muchas continúan produciéndose en silencio.

Esa reflexión conecta directamente con la mirada de Pilar Escobar, que interpreta a la hija de Jacinta y forma parte del pueblo llano. La actriz entiende Fuente Ovejuna como la historia de una transformación colectiva. Los habitantes de la villa conocen perfectamente los abusos del comendador; no son una comunidad ingenua ni desconocen la violencia que se ejerce sobre ellos. Sin embargo, el miedo y la sensación de impotencia han terminado por convertir el sometimiento en algo cotidiano.

"Ni siquiera se nos ocurría que debíamos hacer algo o que estábamos en posición de hacerlo", explica. El proceso del pueblo consiste precisamente en descubrir que existe otra posibilidad y en comprender que la unión puede convertirse en una herramienta capaz de enfrentarse al poder.

La actriz insiste, además, en que el pueblo no funciona como una masa uniforme ni como una conciencia colectiva única. Cada personaje posee sus propias razones para rebelarse, sus propios temores y sus propias heridas. Algunos actúan por rabia, otros por amor, otros por cansancio o por la necesidad de proteger a quienes tienen cerca. La fuerza del levantamiento surge precisamente de esa diversidad de motivaciones que terminan encontrando un objetivo común. "Porque al final la revolución es del pueblo. Aunque estén los personajes que sean principales, si todo el pueblo no se hubiese levantado y hubiese decidido luchar, no hubiese habido un cambio real en Fuente Ovejuna", asegura.

Esa complejidad también se traslada al trabajo físico y coral del elenco. Los cuerpos se buscan, se refugian unos en otros, se observan y se sostienen. Según explica Escobar, muchos de los movimientos nacen de una reacción humana: la necesidad de sentirse acompañado ante el miedo. Cuando la comunidad presencia el sufrimiento o se prepara para la rebelión, busca el contacto, la aprobación y la seguridad del grupo.

Para la joven actriz, además, formar parte de este montaje ha supuesto una experiencia especialmente significativa y un gran aprendizaje al trabajar con el resto del elenco. Hace apenas unos meses estudiaba Fuente Ovejuna en el aula; ahora la vive desde dentro. "Pasar de estudiarlo en papel a vivirlo es un cambio muy grande", reconoce. El texto deja de ser una lección de literatura para convertirse en una experiencia emocional y colectiva.

Y es precisamente esa idea de colectividad la que atraviesa toda la conversación con los intérpretes. Tanto Ignacio Rengel como Andrea Vargas destacan el carácter coral de la propuesta y la manera en la que el proceso de trabajo ha generado un verdadero sentimiento de compañía y escucha entre los miembros del elenco. Una circunstancia que consideran especialmente valiosa en un oficio donde no siempre resulta sencillo construir espacios de trabajo tan horizontales, resaltando la forma de trabajar y la propuesta de Ceres Machado.

Porque, al final, Fuente Ovejuna habla precisamente de eso: de la imposibilidad de cambiar las cosas en solitario. Ningún personaje, por valiente que sea, tiene la fuerza suficiente para enfrentarse por sí mismo a una estructura de poder tan arraigada. Solo cuando las voces dispersas se convierten en un "todos a una" la historia puede transformarse.

Quizá por eso la obra continúa conmoviendo siglos después. Porque recuerda que las relaciones de poder no se sostienen únicamente por la fuerza de quienes mandan, sino también por el miedo, la resignación y el silencio de quienes obedecen. Y porque, al mismo tiempo, deja una certeza  política: toda revolución comienza cuando alguien se atreve a alzar la voz y encuentra a otros dispuestos a hacerlo a su lado, su refugio y apoyo, como describía la joven actriz.

Tags: Andrea VargasIgnacio RengelPilar EscobarSibila Teatro

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