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Una jornada en la que cada flor y cada recuerdo volvieron a convertir la devoción en un homenaje

"Estamos honrando a nuestros antepasados, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a los familiares y a toda la gente de la mar", resumía José María Aznar durante los preparativos de la Virgen del Carmen

por Redacción El Faro
16/07/2026 20:08 CEST
Una jornada en la que cada flor y cada recuerdo volvieron a convertir la devoción en un homenaje

Colocación de las flores sobre la barca de la Virgen del Carmen.


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Al mirar a la Virgen del Carmen no solo se contemplaba una imagen. Se percibía un entorno, un barrio entero reunido alrededor de una devoción que ha sobrevivido al paso del tiempo y a los cambios de la ciudad. La imagen se alzaba sobre la barca, con sus bandoleras adornándola, el rosario cayendo sobre su mano derecha y el Niño Jesús sostenido en la izquierda. Se elevaba sobre una embarcación que también tenía nombre, recuerdo y memoria: Miguel Carmona, "Caruo", el hombre que la construyó con sus propias manos y cuyo nombre continúa escrito en la madera que, un año más, llevó a la patrona de los marineros hasta el mar.

Pero la procesión comenzó mucho antes de que la Virgen abandonara el barrio. Desde primera hora de la mañana, la Asociación de Vecinos del Hipódromo se convirtió en el corazón de los preparativos. Eran los últimos compases de diez días de actividades que desembocaban en la jornada más esperada del año. José María Aznar, presidente de la asociación, recorría el lugar saludando a unos y conversando con otros, pendiente de que ningún detalle quedara al azar y faenando como un capitán frente al timón.

Las flores fueron llegando poco a poco. Algunas habían sido adquiridas por la Asociación de Vecinos del Hipódromo gracias al apoyo del Ayuntamiento, pero muchas otras las entregaron vecinos y devotos que se acercaron desde distintos puntos de Melilla para dejar su ofrenda a la Virgen del Carmen. "Vienen vecinos, no solo del barrio, sino de toda la ciudad, a traernos flores porque esta Virgen tiene mucha devoción", explicaba el presidente mientras observaba el incesante ir y venir de personas que acudían con un ramo en las manos. Cada flor parecía contener una historia propia: un agradecimiento, una promesa, un recuerdo o, simplemente, el deseo de sentirse parte de una celebración que la ciudad siente como suya.

Los ramos se iban depositando junto a la barca y, poco a poco, el blanco comenzaba a imponerse. Claveles, gladiolos, margaritas y rosas se acumulaban a los pies de la imagen, esperando convertirse en el manto floral que acompañaría a la patrona de los marineros durante su procesión.

Entre quienes se encargaban de vestir la barca estaba Jesús. Con la paciencia de quien ha aprendido una tarea repetida durante años, tomaba un clavel, le realizaba un pequeño corte en el tallo y lo introducía en el corcho a los pies de la Imagen. La labor tenía su técnica y también su sentido estético. Se buscaba la simetría, el equilibrio y la elevación de las flores para que la composición mantuviera la armonía que caracteriza a la Virgen del Carmen. Los claveles iban formando una especie de cama blanca alrededor, ascendiendo y descendiendo de manera uniforme, mientras los gladiolos, más altos, se colocaban en la parte posterior para sobresalir por encima del manto de la Virgen y enmarcar su silueta. Margaritas y rosas completaban el conjunto.

 

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Junto a él trabajaba también Alejandro. El joven colaboraba en la colocación de las flores junto a su abuela, apoyando la labor de Jesús, y de su padre, en una tarea que conoce desde pequeño y que forma parte de la tradición familiar. "La verdad es que es una tradición y un orgullo también de seguir todos los años viniendo aquí todas las mañanas a vestirla, decorarla y la verdad es que es un día muy emotivo", afirmaba.

Mientras sus manos se ocupaban de las flores, su abuela aportaba el peso de la memoria. Recordaba que todo aquello venía "de hace ya muchísimos años", de cuando el barrio era conocido como Corea y muchas de las familias que vivían allí eran pescadoras. También rememoraba los inicios de la Asociación de Vecinos del Hipódromo, fundada a finales de los años setenta, cuando su primer presidente, Antonio Cereño, comenzó a dar forma a un proyecto vecinal en el que su marido ejerció como tesorero.

La asociación pasó por distintos emplazamientos, desde la antigua Mina del Rif, donde hoy se levanta el parque de las palmeras, hasta su ubicación actual, al tiempo que el barrio iba transformándose y creciendo. También la imagen de la Virgen cambió con los años. "Esta Virgen no, era otra Imagen", recordaba, repasando la historia de una celebración que ha sabido mantenerse viva pese al paso del tiempo y las transformaciones del Hipódromo.

Había acudido acompañada de sus nieto y todavía esperaba la llegada de otro más pequeño, un bebé. Porque para muchas de las familias presentes la tradición solo tiene sentido si se transmite. Y en la imagen de Alejandro ayudando a colocar flores junto a su abuela se encontraba precisamente la mejor prueba de ello: la de un legado que continúa pasando de unas manos a otras, de una generación a la siguiente, cada 16 de julio.

A pocos metros de la barca, otro grupo de mujeres contemplaba los preparativos. Conversaban, sonreían y recordaban. En sus palabras aparecía constantemente la Virgen del Carmen, pronunciada con la cercanía con la que se habla de alguien de la familia. "Para mí es lo más grande del mundo", decía una de ellas. Otra encontraba una definición aún más íntima: "La Virgen del Carmen para mí es como mi madre".

La tenían en casa, en estampas y pequeñas imágenes que las acompañaban en su día a día. La llevaban consigo incluso cuando estaban lejos de Melilla. Porque muchas de ellas se habían marchado hacía décadas. Algunas vivían en Cataluña desde la adolescencia; otras habían construido su vida en diferentes puntos de la península. Sin embargo, todas compartían la misma necesidad de regresar.

"Vengo cada año", repetía una de ellas. Otra recordaba que había presenciado la celebración de la Virgen del Carmen en otros lugares, pero que ninguna le producía la misma emoción. "Hace tres años estuve en Torremolinos y no la sentí tanto como aquí en Melilla. Porque esto es más nuestro".

En aquellas conversaciones también aparecía la nostalgia por la ciudad que habían dejado atrás, por los barrios de antes y por la Melilla que permanece intacta en su memoria. Pero, sobre todo, era un día para el recuerdo de quienes ya no están. Hablaban de sus padres y abuelos, muchos de ellos pescadores; de los hermanos que salían en la procesión y de los maridos que habían vivido esta celebración con la misma intensidad que ellas.

La emoción se convertía en duelo también. Una de las mujeres recordaba que aquel era el primer año que acudía sin su marido. Durante años él había participado en todo lo relacionado con la Virgen del Carmen y había acompañado cada una de sus procesiones. "Hoy ya no lo tengo".

Un sentimiento y un recuerdo compartido también por la familia de Miguel Carmona, "Caruo". Su viuda recordaba emocionada al hombre que realizó la barca sobre la que se sostiene la Virgen. Han pasado siete años desde su fallecimiento, pero su nombre continúa allí, formando parte de la propia historia de la celebración. Sus hijos, sus nietos y otros familiares seguían presentes, participando un año más en ese homenaje silencioso que también forma parte de la celebración.

Este año, la barca llevaba un crespón negro. La procesión se celebró también con la ausencia reciente de Antonio Basqueridero, más conocido como "Viejolobos", el costalero más longevo de la Virgen del Carmen. Durante décadas acudió fielmente a la cita. Ni la edad ni la enfermedad pudieron apartarlo de una tradición que sentía como propia. Con 86 años todavía había llevado la barca de la Virgen y solo dejó de hacerlo cuando la enfermedad ya no se lo permitió. Nunca faltó a su encuentro con la patrona de los marineros. "Estamos honrando a nuestros antepasados, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a los familiares y a toda la gente de la mar", explicaba José María Aznar.

Tras los preparativos, la Virgen del Carmen salió en procesión luciendo la Imagen que durante toda la mañana habían construido las manos de quienes siguen haciendo de esta jornada una cita ineludible, manteniendo vivo un ritual que se repite año tras año. Porque la procesión de la Virgen del Carmen nunca habla solo de fe y devoción. Habla de memoria, de pertenencia y de un barrio que, cada verano, vuelve a reunirse alrededor de su patrona para recordar quién fue y quién sigue siendo.

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