“Sabes tanto de mí, que yo mismo quisiera repetir con tus labios mi propia poesía…” Con ese verso despedía Manuel Francisco Reina el cierre del primer acto del ciclo que la UNED de Melilla dedica a Rafael Alberti. Un encuentro que no fue solemne, ni meramente literario, sino cálido, humano y lleno de vida. Un acto que mezcló risas y emoción, anécdotas y memoria, para recordar no solo al poeta de la Generación del 27, sino también al hombre que compartía comidas, que escribía tarjetas con sellos urgentes, y vivía una vida sencilla.
La protagonista de este relato fue María Asunción Mateo, profesora, escritora, crítica y última compañera de Alberti, con quien compartió los últimos veinte años de su vida. Lo que trajo a Melilla no fue un relato académico ni una lectura de memorias, sino una conversación cercana y llena de humanidad de su tiempo compartido, de su historia vivida. Con humor, con alguna que otra carcajada, y también con los ojos brillantes de emoción, Mateo fue desgranando su historia de amor y de vida con el poeta gaditano.
Todo empezó en 1983, en Baeza, durante un homenaje a Antonio Machado. Mateo, entonces profesora de literatura, asistía al evento junto a una amiga, también profesora. Allí, entre paseos, esperando encontrar a Dámaso Alonoso, se cruzó con una figura de cabellos blancos. Era Rafael Alberti. Lo demás fue casi un juego del destino: un autógrafo, una dedicatoria, una invitación a un encuentro en Valencia, una visita al Prado. Y entre tarjetas ilustradas, exposiciones y visitas guiadas, nació una amistad y una relación literaria que con el tiempo se convirtió en amor.
“Rafael nunca me escribió una carta normal… solo un poema y tarjetitas urgentes”, contaba ella entre risas. “Era muy sencillo, y no necesitaba grandes cosas materiales”. Con esa naturalidad fue repasando detalles íntimos y cotidianos: su amor por los animales, su forma de mirar el arte, su pasión por la pintura y su cariño por los hijos de ella.

Durante años, Mateo se resistió a escribir sus memorias. Pero todo cambió el 5 de abril de 2025, cuando al ordenar su biblioteca encontró una carpeta llena de recortes, fotos y notas manuscritas. Entre ellas, una que citaba a Juan Ramón Jiménez: “Yo me iré antes que ella”. Fue esa nota la que, según confesó, le dio el empujón definitivo para escribir el libro que tantos le habían pedido tiempo atrás y, que desde lo alto de una estantería Alberti le invitaba a hacer.
Desde el aula 10 de la UNED, María Asunción Mateo no solo habló del poeta, sino del hombre cotidiano. Del que le enseñó a mirar los cuadros del Prado con otros ojos, del que improvisaba comidas en su casa a base de latas, del que convertía una tarjeta en un recuerdo y una señal de amor dedicado con pequeños dibujos y dedicatorias. “Él era un mito, sí, pero era mi marido”, relata Mateo, al poder mirar a la figura del poeta desde la intimidad de la cotidianeidad compartida con la persona que transita tus días.
En su intervención en la UNED, Mateo no leyó fragmentos de ese libro, pero sí compartió su tono: honesto, humano, sin solemnidades. Habló del Rafael Alberti que llamaba a deshora a casas ajenas para contactar con ella, que no se preocupaba por lo material, que era feliz con poco: sus acuarelas, sus bolígrafos, sus libros. Habló de un hombre que fue poeta, pero también marido, compañero. Del que tuvo dos grandes amores: María Teresa León —“la persona más importante de su vida”, dijo sin titubeos— y ella misma, a quien él llamaba “mi altier, mi estrella”.
El público que asistió al acto escuchó en silencio, y el humor también se apoderó de la sala a través de una interlocutora cercana. Fue un viaje al interior de una historia que podría parecer de novela, pero que sucedió entre libros, viajes, experiencias y versos. Una historia donde el amor no fue decorado, sino centro de dos personas que se encontraron en un momento por casualidad, y "que solo queríamos ser felices".
Este homenaje a Rafael Alberti, que conmemora el centenario de la publicación de Marinero en tierra, ha querido empezar por dos historias, la de su obra y la de su vida. Y continuará este jueves con el concierto de Clara Montes, que pondrá música a sus versos con su repertorio Marinera en tierra, una propuesta que mezcla flamenco, jazz y sonoridades de ultramar. La cita será este jueves a las 20:00 en el salón de actos de la UNED.
El ciclo, no solo recupera la voz del poeta, sino también su risa, su humanidad, su forma de vivir, su influencia, legado e historia. Porque si algo quedó claro en el encuentro inaugural, es que Rafael Alberti fue mucho más que sus versos: fue alguien que vivió intensamente, que amó con dulzura, y que dejó en quienes lo conocieron no solo recuerdos, sino alegría. En Melilla, durante esta semana, su estrella sigue brillando. No como mito lejano, sino como esa presencia cercana que, entre una tarjeta urgente y una broma cariñosa, sigue diciendo que la poesía también se escribe con la vida.









Es una pena que al acto asistiéramos a penas un par de docenas de personas cuando en esta ciudad no se prodigan eventos culturales de este nivel.Gracias a la UNED.Por cierto no asistió ningún político .Ni falta que hacian.Estas actividades no les interesa,no hay fotos,no hay lucimiento,solo para los merecidos protagonistas