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Un cuento de Navidad

Llegó de noche, a hurtadillas, con esa alevosía propia de lo que no contiene muchas esperanzas en el efecto de su espíritu. Anduvo por rincones e instituciones, dejó su rastro, marcó su estela, impregnó con su fragancia.

Por el camino y ya en su destino, se encontró con la soberbia, la vanidad o el egoísmo; sorteó su ponzoña hasta hallar al sentimiento de bien. A él le recordó que nunca el mal prospera por el hecho de existir, y existe desde siempre, sino que es la indiferencia de los buenos lo que le hace llegar a su siniestro puerto.

Continuó su trasiego y allá donde se le quiso escuchar rememoró que su razón de ser, de la Navidad, no debe ser utilizada en disfrazar o adulterar para la creencia que al poner brillo y luz, los errabundos latigazos del ego pueden confundir bajo la apariencia de la bondad.

Conversó en silencio con el pueblo, hubo quienes quisieron escuchar y quienes solo se escucharon y se escuchan a sí mismos. A todos les dijo que no hace falta pensar igual para ir en la misma dirección, al mismo paso, bajo la misma esperanza, sobre todo cuando esta pierde peso en favor de la incertidumbre.

Pisando alfombras alcanzó esas estancias donde existe la magia y el desdén, también, y a sus responsables, ya sea en el poder o en su aspiración a él, les dejó el ánimo sobre que todo error es enmendable. Si existe, el error, es para repararlo, no para vivir en él. Aún no se hallado quien no lo cometa.

Que el poder no es más importante que las instituciones, sino por el contrario, lo único realmente importante es servir a la gente y lo primero es solo, o debe serlo, una buena herramienta para mejorar las segundas. Donde siempre debe haber preguntas y respuestas.

Que la diversidad, por si misma, no es un logro eterno, sino que hay que regarla y podarle las malas hierbas de la exclusión, la injusticia y la sinrazón que la mantengan sana. Que los problemas no son una excusa, sino el motivo de encontrar soluciones y que para ello, la generosidad actúa como transporte, el único transporte, porque ensimismarse en la verdad absoluta es el verdadero cepo.

Y así, la Navidad, entre fechas, celebraciones y apariencias, sin dejar la intolerancia, la ambición y la negación, pero sin abandonar su faz risueña y la compasión, fue dejando pistas, a recorrer, de su alma con la esperanza que la cordura y la responsabilidad ahogaran en lo posible ese eco, tan frecuente tras el ruido inútil del diálogo de espaldas que suena a cristales rotos.

Y marchó, pero más que nunca por lo que obliga, desde el anhelo que ese espíritu que tan recurrente acude a la llamada del calendario, no acabe cerca de los territorios de la utopía, o en ellos. Su espíritu es de luz, pero no de inmovilidad a quienes le llega. La luz sin el oxígeno del compromiso, podría apagarse.

La vida en sí misma es un cuento sin final, las personas pasan y ella continúa. Cada cual va dejando un rastro y de cada uno, de cada rastro se adoquina el camino perpetuo, aunque siempre con los riesgos del precipicio que acecha.

El alma de la Navidad llegó para recordarnos de nuestra fragilidad, pero también de nuestra capacidad de sobreponernos a ella con las fortalezas de humanidad y responsabilidad. Ojalá deje rastro y sobre todo se surja la necesaria luz en Belén, donde todo surgió, cercana a la sufriente Gaza y de la tenue esperanza llegue la certeza de los hechos.

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