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Un año después del apagón que dejó incomunicada a la ciudad

Un año después, los melillenses rememoran una jornada marcada por la incertidumbre, el fallo de internet y la necesidad de estar preparados ante nuevas crisis

por Tania Chocrón
28/04/2026 10:41 CEST
Un año después del apagón que dejó incomunicada a la ciudad

El 28 de abril de 2025 se produjo un apagón a nivel nacional.


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Hace ahora un año, mientras gran parte del territorio peninsular sufría las consecuencias de un apagón que paralizó servicios, infraestructuras y comunicaciones, Melilla vivió aquella jornada desde una posición singular. Su condición de sistema energético aislado la convirtió en una excepción dentro del mapa nacional: la luz no se fue. Pero eso no significó que la tranquilidad fuera absoluta.

Durante las primeras horas del día, la rutina en la ciudad transcurrió con relativa normalidad. Comercios abiertos, tráfico fluido y actividad administrativa sin sobresaltos. Sin embargo, conforme avanzaba la tarde, comenzaron a aparecer los primeros síntomas de una crisis distinta: la digital.

El fallo progresivo de las comunicaciones, especialmente de internet, fue generando una inquietud creciente entre los melillenses. Mensajes que no llegaban, aplicaciones que dejaban de funcionar y la imposibilidad de acceder a información actualizada provocaron una sensación inédita de aislamiento.

Fernando recuerda aquella jornada con claridad: “Se vivió con una mezcla de incertidumbre y relativa contención. La ciudad, por su condición de sistema energético aislado, logró mantener el suministro eléctrico, lo que evitó escenas más críticas. Sin embargo, el progresivo fallo de las comunicaciones —especialmente de internet a partir de la tarde— generó inquietud entre la población. La sensación de desconexión, en una sociedad tan dependiente de la información inmediata, evidenció que la vulnerabilidad no siempre está en la electricidad, sino también en las redes que sostienen la vida cotidiana”.

La paradoja fue evidente: había luz, pero faltaba conexión. Y en pleno siglo XXI, eso bastó para alterar la percepción de seguridad.

El silencio digital: cuando la incertidumbre se cuela en casa

Uno de los aspectos más recordados por quienes vivieron aquel episodio es el silencio informativo que se instaló durante varias horas. Sin acceso a redes sociales, medios digitales o servicios de mensajería, muchos ciudadanos recurrieron a métodos tradicionales para intentar comprender lo que estaba ocurriendo.

“Recuerdo mirar el móvil constantemente y ver que nada cargaba. No sabías si era un problema local o algo mucho más grande. Esa falta de información generaba bastante ansiedad”, explica Laura, que vivió la jornada desde su domicilio.

En ausencia de datos oficiales inmediatos, los rumores comenzaron a circular de boca en boca. Algunos hablaban de un fallo técnico generalizado; otros, de posibles ciberataques o colapsos estructurales. La incertidumbre creció no por la falta de electricidad, sino por la falta de certezas.

En muchos hogares, la radio volvió a ocupar un papel protagonista. Aquellos que disponían de dispositivos analógicos pudieron seguir la evolución de los acontecimientos, mientras que otros quedaron completamente desconectados.

Alejandra lo resume con una reflexión sencilla pero contundente: “Te das cuenta de lo dependientes que somos de internet cuando deja de funcionar. No es solo ocio, es información, trabajo, comunicación… sin eso, todo se complica mucho más”.

La jornada dejó al descubierto una realidad que hasta entonces parecía lejana: la fragilidad de las redes que sostienen la vida moderna.

La gestión institucional: correcta, pero con margen de mejora

En términos generales, la actuación de las autoridades fue percibida como adecuada por gran parte de la ciudadanía. No hubo incidentes graves, los servicios esenciales continuaron funcionando y la ciudad evitó situaciones de caos. Sin embargo, el episodio también evidenció carencias importantes, especialmente en el ámbito de la comunicación.

Fernando lo expresa con claridad: “En cuanto a la actuación de las autoridades, fue en líneas generales correcta, aunque mejorable en aspectos clave como la comunicación. Hubo momentos en los que la falta de información clara y continua contribuyó a aumentar la incertidumbre entre los ciudadanos. En situaciones de este tipo, no basta con gestionar técnicamente la crisis; es fundamental acompañar esa gestión con mensajes transparentes, frecuentes y accesibles que transmitan seguridad y orientación. La coordinación entre administraciones y operadores también es un punto que debería reforzarse de cara al futuro”.

Esa percepción es compartida por otros vecinos, que echan en falta una mayor anticipación en los protocolos informativos.

“Entiendo que no es fácil gestionar algo así, pero creo que faltó comunicación directa con la gente. Un mensaje claro, aunque fuera para decir que se estaba investigando, habría ayudado mucho”, señala José.

La experiencia puso sobre la mesa una lección clave: en una crisis moderna, la información es tan importante como la propia gestión técnica. Sin ella, la incertidumbre se convierte en el principal problema.

Prepararse para lo improbable

Más allá del análisis institucional, el apagón dejó una huella en la conciencia colectiva de los melillenses. Muchos comenzaron a replantearse su nivel de preparación ante posibles situaciones similares en el futuro.

Fernando es uno de ellos: “A raíz de aquella experiencia, he tomado mayor conciencia de la importancia de la preparación individual. Dispongo de un pequeño kit de emergencia con elementos básicos: linterna, pilas, agua, alimentos no perecederos y una radio portátil, entre otros. No se trata de alarmismo, sino de prudencia. Episodios como el del apagón recuerdan que, aunque infrecuentes, estas situaciones pueden repetirse, y estar mínimamente preparado marca la diferencia entre la vulnerabilidad y la resiliencia”.

Su testimonio refleja un cambio de mentalidad que se ha extendido entre parte de la población. Sin caer en el alarmismo, cada vez más ciudadanos consideran necesario contar con recursos básicos para afrontar imprevistos.

“Después de aquello, compré una linterna y siempre tengo el móvil cargado por si tengo que usar la "linternita" que viene  y siempre tengo pilas en casa. Son cosas simples, pero te dan tranquilidad”, comenta Marta.

Este tipo de medidas, habituales en otros países, comienzan a ganar terreno en España tras experiencias como la vivida hace un año.

Una lección sobre dependencia y resiliencia

El apagón no dejó imágenes de calles a oscuras en Melilla, pero sí una reflexión profunda sobre la dependencia tecnológica de la sociedad actual. La electricidad resistió, pero las comunicaciones fallaron, y eso bastó para generar inquietud.

La experiencia demostró que la resiliencia de una ciudad no depende únicamente de su infraestructura energética, sino también de la robustez de sus sistemas de información y de la capacidad de sus ciudadanos para adaptarse a situaciones inesperadas.

“Fue un aviso”, concluye Alejandra. “No pasó nada grave, pero te hace pensar en lo que podría pasar si se juntan varios problemas a la vez”.

Un año después, Melilla recuerda aquel episodio como una anomalía que no llegó a convertirse en crisis, pero que dejó enseñanzas importantes. Entre ellas, la necesidad de mejorar la comunicación institucional, reforzar la coordinación entre sistemas y fomentar una cultura de preparación individual.

Porque, como demostró aquella jornada, la vulnerabilidad no siempre se apaga con la luz. A veces, basta con perder la conexión.

Tags: Noticias de Melilla

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