Hay algo profundamente literario en los primeros años de la aviación. La mezcla de aventura, riesgo y descubrimiento recuerda inevitablemente a aquellos relatos de exploradores que convirtieron el cielo en la última gran frontera del siglo XX. No es casual que Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito, fuese piloto antes que escritor. Antes de imaginar desiertos, averías y conversaciones suspendidas en mitad de la nada, él mismo había atravesado rutas aéreas imposibles en una época en la que volar seguía siendo un acto casi temerario. Daniel Domenech menciona incluso que Saint-Exupéry llegó a coincidir con Ramón Franco, uno de los protagonistas del vuelo del Plus Ultra, en aquellos años de efervescencia aeronáutica en los que pilotos, mecánicos y navegantes iban abriendo rutas sobre territorios todavía desconocidos desde el aire. Esa dimensión humana, aventurera y casi épica de la aviación es precisamente una de las líneas que vertebran la conferencia que el arquitecto e investigador melillense ofrecerá este viernes en El Club Marítimo dentro de las XIII Jornadas Culturales de la entidad.
La actividad, titulada “100 años de las gestas del aire: Plus Ultra, Escuadrilla Elcano y Patrulla Atlántida”, se adentra en algunas de las expediciones más importantes de la aviación española durante los años veinte, cuando el avión todavía era una tecnología reciente y cruzar océanos o continentes suponía una combinación de improvisación, cálculo manual y enormes dosis de resistencia física y mental. Nacido en Melilla en 1991, Domenech desarrolla desde hace años una trayectoria ligada a la divulgación histórica y patrimonial a través de proyectos audiovisuales, museográficos y expositivos. Actualmente participa en distintos trabajos relacionados con el Centenario de los Grandes Vuelos (1926-1935) impulsado por el Ejército del Aire y del Espacio, para el que está elaborando contenidos documentales y audiovisuales centrados en aquellas expediciones pioneras.
La investigación nace, según explica, de un encargo práctico vinculado a la creación de vídeos museográficos sobre estos vuelos históricos. Sin embargo, el trabajo documental terminó creciendo hasta convertirse en una inmersión mucho más profunda en aquella época. Para reconstruir las rutas y comprender la experiencia de sus protagonistas, Domenech ha trabajado con publicaciones militares, archivos fotográficos inéditos del Ejército del Aire y testimonios escritos por los propios aviadores. El objetivo no era únicamente narrar un acontecimiento técnico, sino intentar comprender el contexto humano y político de aquellas expediciones que, cien años después, siguen conservando una enorme capacidad de fascinación.
Las tres rutas que protagonizan la conferencia condensan perfectamente el espíritu de aquellos años. El Plus Ultra logró unir España y Argentina cruzando el Atlántico Sur en hidroavión; la Escuadrilla Elcano alcanzó Filipinas tras atravesar Oriente Medio y Asia; y la Patrulla Atlántida descendió por la costa africana hasta Guinea Ecuatorial. Más allá de la espectacularidad de las distancias recorridas, aquellas expediciones representaban también una declaración tecnológica y política en plena aceleración de la aviación internacional. El desarrollo aeronáutico avanzaba a una velocidad vertiginosa. Apenas habían pasado unas décadas desde los primeros vuelos experimentales y muchos de los aparatos utilizados en 1926 eran prácticamente tecnología recién desarrollada.
Domenech insiste en que resulta difícil comprender hoy la dimensión real de aquellos viajes si se observan desde parámetros actuales. En aquel momento no existían sistemas modernos de navegación, ni radares, ni referencias precisas durante gran parte del trayecto. Los pilotos atravesaban miles de kilómetros guiándose mediante cálculos manuales, observación atmosférica e instrumentos muy básicos. Sobre el océano o el desierto podían desviarse cientos de kilómetros sin ser plenamente conscientes de ello. Para corregir la deriva utilizaban métodos rudimentarios, como observar el desplazamiento del humo sobre el aire o consultar tablas de navegación mientras intentaban mantener el rumbo. La complejidad técnica convivía constantemente con la necesidad de desarrollar nuevas herramientas a través de la práctica diaria.
A ello se sumaban las propias limitaciones mecánicas de los aviones. Los motores sufrían averías frecuentes y cualquier fallo podía convertirse en una situación crítica. Domenech recuerda, por ejemplo, que durante la expedición de la Escuadrilla Elcano uno de los aviones cayó en el desierto jordano y sus tripulantes permanecieron desaparecidos durante seis días hasta ser localizados por tropas británicas. En otros trayectos, especialmente en las rutas africanas de la Patrulla Atlántida, las altas temperaturas dificultaban incluso el despegue de los hidroaviones. Cuanto más se acercaban al ecuador, más distancia necesitaban recorrer sobre el agua antes de conseguir elevarse. Eran vuelos extremadamente vulnerables a las condiciones meteorológicas, a la fatiga y a cualquier fallo técnico.
Esa fragilidad explica también por qué muchos de aquellos aviadores terminaron muriendo pocos años después. La aviación seguía siendo un territorio experimental y peligroso. Algunos de los pilotos protagonistas de las grandes rutas fallecieron en exhibiciones aéreas o accidentes posteriores apenas meses después de alcanzar fama internacional. Sin embargo, esa conciencia permanente del riesgo convivía con una enorme fascinación pública hacia la figura del aviador. Domenech describe cómo los pilotos se convirtieron en auténticas celebridades internacionales, comparables a los astronautas de décadas posteriores. Las llegadas del Plus Ultra a América Latina provocaron recepciones multitudinarias y una atención mediática extraordinaria. En ciudades como Buenos Aires o Montevideo las multitudes se agolpaban para recibir a los tripulantes como símbolos del progreso y de una nueva modernidad tecnológica.
Pero aquellas expediciones no respondían únicamente al deseo de batir récords o demostrar avances técnicos. También existía una clara dimensión política y simbólica. España buscaba reforzar vínculos con antiguos territorios ultramarinos y proyectar una imagen de capacidad tecnológica en un momento en el que las grandes potencias competían por dominar el desarrollo aeronáutico internacional. El Plus Ultra viajó hasta Argentina; la Escuadrilla Elcano llegó a Filipinas; y la Patrulla Atlántida alcanzó Guinea Ecuatorial, entonces todavía colonia española. En todos los casos, la aviación funcionaba también como una herramienta de competición internacional y de prestigio nacional.
Dentro de ese contexto, Melilla desempeñó un papel estratégico importante. La ciudad era uno de los principales enclaves de la aviación española en el norte de África y la base de hidroaviones del Atalayón, situada en la zona de la Mar Chica, sirvió como punto de apoyo fundamental para algunas de aquellas expediciones. Desde allí se prepararon aparatos y tripulaciones antes de iniciar varios de los grandes vuelos. Muchos de aquellos pilotos habían aprendido prácticamente sobre la marcha, con cursos previos en mecánico, piloto o navegante, combinando formación básica con experiencia real en operaciones militares.
Uno de los aspectos más interesantes de la investigación desarrollada por Domenech es precisamente la recuperación de la dimensión cotidiana y humana de aquellas rutas. Los diarios y memorias de los aviadores muestran no solo la tensión técnica de los vuelos, sino también los encuentros culturales y las experiencias personales que surgían durante el recorrido. Entre las anécdotas recuperadas aparecen recepciones oficiales organizadas por autoridades italianas en Libia, dificultades logísticas con las tropas británicas en Egipto o encuentros inesperados con comunidades sefardíes en Irak donde todavía se conservaba el castellano antiguo. Son relatos que ayudan a comprender aquellas expediciones no solo como hazañas aeronáuticas, sino también como viajes en una época e interacciones humanas marcadas por la transformación acelerada del mundo.
La conferencia que ofrece este viernes en El Club Marítimo combinará toda esa investigación histórica con un importante despliegue visual. Domenech prepara una presentación apoyada en cientos de fotografías restauradas, mapas, infografías y material documental procedente de archivos militares y colecciones históricas. El objetivo es reconstruir visualmente aquellas rutas y acercar al público a una época en la que el cielo todavía era una frontera incierta.
Cien años después, aquellas gestas siguen despertando interés porque condensan una idea de aventura difícil de encontrar en el presente. Los pilotos de 1926 cruzaban océanos prácticamente guiándose por herramientas rudimentarias, atravesaban desiertos sin apenas referencias y dependían de motores todavía inestables mientras abrían rutas que transformarían para siempre la movilidad internacional. En medio de aquella aceleración tecnológica que terminó definiendo buena parte del siglo XX, Melilla formó parte de una de las páginas más singulares y desconocidas de la historia de la aviación española.








