Sarapín revive su experiencia en ‘Dibulandia 2’, un musical donde la magia se construye en equipo

El actor, Jesús Castejón, pone en valor el trabajo colectivo, el ambiente familiar que se creó en la compañía y el aprendizaje que surge al compartir escenario con los más pequeños

El payaso Sarapín, interpretado por el melillense Jesús Castejón, regresó hace unas semanas al escenario del Teatro Kursaal Fernando Arrabal dentro de Dibulandia 2: La rebelión del inframundo”, el musical escrito y dirigido por María Mendoza que los pasados 7 y 8 de marzo ofreció cuatro funciones que lograron llenar el teatro. La propuesta reunió a un amplio elenco artístico y técnico en un espectáculo coral que combinó interpretación, música y coreografía dentro de un universo inspirado en cuentos y personajes de animación. En esta segunda entrega, el proyecto —que suma ya tres años de recorridointrodujo además un nuevo matiz narrativo al situar a los villanos en el centro del relato, ampliando la mirada sobre ese mundo de historias fantásticas que da forma a Dibulandia.

En medio de ese universo aparece Sarapín, una figura profundamente reconocible para el público melillense que atraviesa la historia sin abandonar la esencia que lo ha acompañado durante más de dos décadas. El personaje de Castejón se integra en la trama manteniendo su identidad. “Sarapín sigue siendo el mismo, lo que pasa es que está metido dentro de una historia concreta”, explicaba el actor al recordar su participación en el espectáculo.

Para Castejón, formar parte de Dibulandia supone también situarse en una dinámica de trabajo distinta a la que acostumbra en sus espectáculos habituales. Acostumbrado a propuestas unipersonales, donde el artista lleva el peso de la función prácticamente en solitario, el musical le coloca en un espacio compartido donde cada escena se construye desde la interacción con el resto del elenco. Esa situación exige una escucha constante y una atención permanente a lo que ocurre en escena: a los tiempos de los compañeros, a las entradas y salidas de los personajes y a la manera en que cada intervención encaja dentro del ritmo colectivo.

Esa forma de trabajar, reconoce, termina siendo especialmente enriquecedora. Actuar en grupo implica aportar al conjunto, pero también nutrirse del trabajo de los demás y adaptarse a una energía escénica compartida. En ese intercambio, el personaje se mueve de un modo diferente y el propio actor descubre matices que quizá no aparecerían en un espectáculo individual.

La dimensión del proyecto refleja precisamente ese carácter colectivo. Entre 60 y 70 personas participaron en la producción entre actores, bailarines, músicos, técnicos y equipos responsables de vestuario, maquillaje, peluquería o escenografía. Coordinar a un grupo tan amplio es uno de los retos principales del montaje, una tarea que Castejón atribuye en gran parte al trabajo de María Mendoza, responsable del guion y la dirección del musical.

El actor destaca especialmente su capacidad para organizar un equipo tan numeroso, teniendo en cuenta que muchos de los participantes compaginan el espectáculo con otras actividades profesionales o formativas. Coordinar agendas, ensayos y responsabilidades dentro de un proyecto de estas dimensiones requiere planificación y una buena red de apoyo. Según explica Castejón, Mendoza ha sabido delegar funciones y apoyarse en distintas personas para que el trabajo avance, algo que él considera especialmente reseñable dentro del desarrollo del espectáculo.

Gran parte de ese esfuerzo se desarrolla lejos del escenario. Los ensayos implican largas jornadas de trabajo que se reparten entre el montaje de escenas, las coreografías o el trabajo con las canciones. Pero además existe una preparación previa que cada intérprete realiza en casa, estudiando y memorizando el guion antes de llegar a la sala de ensayo. De ese modo, el tiempo compartido puede dedicarse a ensamblar el espectáculo y ajustar los detalles que terminan dando forma a la representación.

A ese proceso se suma el trabajo paralelo de quienes construyen el universo visual de Dibulandia: el vestuario que define a cada personaje, el maquillaje, la peluquería o los elementos escenográficos que transforman el escenario en un espacio de fantasía.

Con el paso de los ensayos, ese trabajo colectivo termina generando algo más que un equipo artístico. Según explica Castejón, dentro de Dibulandia se ha creado una sensación de familiaridad entre quienes participan en el proyecto. Entre las horas de ensayo y la convivencia surgen momentos de risa, pequeños desacuerdos propios del proceso creativo y también reconciliaciones, pero sobre todo la sensación de estar construyendo algo juntos.

Una parte importante de esa experiencia tiene que ver con la presencia de niños y niñas dentro del reparto, entre ellos las ninfas o el personaje de Simba. Durante los ensayos, el trabajo con los más pequeños se desarrolla desde la cercanía y el juego, buscando que se sientan cómodos en el escenario. Para el actor, trabajar con ellos implica también estar pendiente de cualquier situación que pueda surgir durante las escenas, pero al mismo tiempo supone una fuente constante de aprendizaje.

Observar cómo los niños afrontan el escenario, muchas veces con una naturalidad sorprendente, permite redescubrir el espectáculo desde una mirada más espontánea. Esa manera de enfrentarse a la escena, explica, recuerda la importancia de mantener viva la ilusión dentro del trabajo artístico.

Después de tantos años interpretando al personaje, muchas de las reacciones de Sarapín surgen de manera casi automática. Los gestos, la voz o la forma de moverse forman parte de una identidad que el actor ha ido construyendo durante más de dos décadas, lo que le permite reaccionar con naturalidad si surge algún imprevisto durante la función.

Durante el espectáculo existen momentos en los que Sarapín conversa directamente con el público. Esas intervenciones están integradas dentro del guion, permitiendo que el personaje mantenga esa cercanía con los espectadores que forma parte de su identidad. En ocasiones, explica Castejón, puede surgir algún momento de improvisación para reconducir una escena o responder a lo que ocurre en el patio de butacas, algo que forma parte de esa relación directa con el público.

Esa interacción cambia también según el espacio en el que se presenta la magia. En la calle, el escenario es mucho más abierto y el público puede situarse prácticamente alrededor del artista, en un entorno cercano a los 360 grados, lo que obliga a adaptar los juegos para mantener el secreto de la magia. En cambio, el teatro ofrece otro tipo de posibilidades: el público permanece sentado, la atención se concentra en el escenario y los efectos pueden plantearse de forma más visual para que sean visibles desde la distancia.

Tras las cuatro funciones celebradas los días 7 y 8 de marzo, la sensación dentro de la compañía fue la de haber compartido con el público una experiencia que logró conectar con espectadores de distintas edades. El teatro lleno y la respuesta del público se viven con satisfacción, pero también con una cierta responsabilidad, explica Castejón, porque cada función implica el deseo de corresponder a esa acogida ofreciendo lo mejor del espectáculo.

En medio de ese universo de cuentos, Sarapín sigue ocupando su lugar dentro de la historia, preservando aquello que siempre ha definido al personaje: la magia, la ilusión y su vínculo con las historias que habitan ese imaginario. Como explica el propio Jesús Castejón, Sarapín necesita mantener viva esa chispa que lo acompaña. Ilusión no le falta y la magia continúa formando parte de su día a día, mientras sigue dejándose llevar por el encanto de los cuentos que tanto le gustan. En cuanto al libro que protege dentro de la historia, por ahora permanece a buen recaudo en sus manos: Sarapín lo sigue custodiando, dejando entrever que su aventura dentro de Dibulandia, al menos de momento, continúa.

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