Roberto Carlos Reyes creció rodeado de música antes incluso de entender que la música podía convertirse en un camino propio. En su casa, ese entorno familiar estaba condicionado por distintos géneros, canciones y referencias que formaban parte de la vida cotidiana. Entre todos esos estímulos, encontró en su tía violinista un referente destacado, una figura que le acercó a la idea del conservatorio y que hizo que aquel mundo no le resultara ajeno. Hoy, Roberto es alumno de tercero de ESO y cursa quinto de Profesional en la especialidad de Piano en el Conservatorio de Melilla, una etapa exigente que compagina con sus estudios académicos y que acaba de sumar una experiencia especialmente significativa: su participación, junto a otros siete compañeros de distintas especialidades, en el programa Erasmus desarrollado en el Conservatorio Superior “Giuseppe Verdi” de Milán.
Su vínculo con la música no nació de una decisión repentina, sino de esa atmósfera familiar que le acompañó desde pequeño. Roberto recuerda que siempre estuvo rodeado de música y que en casa era habitual escucharla en diferentes momentos del día. Esa presencia constante terminó influyendo en su interés por estudiar en el Conservatorio de Melilla. La figura de su tía, violinista, fue especialmente importante porque le permitió conocer de cerca ese camino. Gracias a ella y al conocimiento que su familia tenía del funcionamiento del conservatorio, la posibilidad de presentarse a las pruebas de acceso empezó a tomar forma con naturalidad.
Roberto llegó al Conservatorio con apenas siete años, un año antes de la edad habitual. No había pasado antes por una escuela musical ni contaba con una formación previa estructurada. Él mismo lo resume como una llegada “de lleno”. Se presentó a la prueba, logró entrar pese a hacerlo de forma prematura y, desde entonces, comenzó un camino que todavía hoy continúa. Aquel primer paso, marcado por la intuición y por el impulso familiar, terminó convirtiéndose en una parte central de su vida cotidiana.
La elección del piano tampoco estuvo precedida por una larga búsqueda. No hubo un vínculo anterior con el instrumento ni una experiencia concreta que marcara la decisión. Fue verlo y sentir que ese era el instrumento que quería tocar. Le atrajo su carácter solista, la posibilidad de enfrentarse a una pieza desde un espacio propio y de construir, con las manos, una forma de expresión que con el tiempo ha ido entendiendo de otra manera. De niño, reconoce, no era plenamente consciente de que la música era un lenguaje distinto. Esa idea llegó más tarde, conforme fue madurando y comprendiendo que el estudio musical permite expresar con precisión aquello que muchas veces las palabras no alcanzan a ordenar.
El aprendizaje, sin embargo, no siempre fue sencillo. Roberto admite que al principio costaba sentarse a estudiar. Como cualquier niño de siete años, tenía energía y ganas de hacer otras cosas, y la disciplina musical exige concentración, repetición y constancia. Con el paso de los años, esa relación fue cambiando. La madurez le permitió encontrar sentido al estudio y comprender que detrás de cada pieza no solo hay técnica, sino también interpretación, intención y una forma personal de acercarse al instrumento.
En casa, su rutina tiene una imagen muy concreta: un piano eléctrico colocado en el salón y unos auriculares que le permiten estudiar sin que necesariamente se escuche lo que toca. El salón es un espacio concurrido, compartido, familiar. A veces practica en silencio para los demás; otras, cuando en casa le piden escucharlo, se quita los auriculares y deja que el estudio salga al ambiente doméstico. Esa escena resume bien la relación de Roberto con la música: íntima, pero también acompañada; personal, pero sostenida por una familia que ha estado cerca desde el principio.
La exigencia aumenta al compaginar el instituto con el conservatorio. Roberto cursa tercero de ESO y, al mismo tiempo, acude al Conservatorio de Melilla cuatro días a la semana: martes, miércoles, jueves y viernes. Algunos días pasa allí varias horas seguidas. Los jueves, por ejemplo, entra a las cuatro de la tarde, cuando abre el centro, y sale cerca de las nueve. Calcula que son unas nueve horas semanales de conservatorio, sin contar el tiempo de estudio en casa. A ello se suman las tareas académicas y las responsabilidades domésticas. La organización, reconoce, es difícil, pero posible. “Siempre hay tiempo”, afirma al explicar cómo ha aprendido a encajar sus obligaciones.
Dentro del conservatorio, el aprendizaje no depende únicamente del profesor de piano. Roberto destaca que los alumnos están acompañados también por docentes de otras especialidades, que aportan consejos y miradas distintas. Cada indicación recibida en clase debe después trasladarse al estudio individual, donde el alumno tiene que trabajar, entender y encontrar su propia forma de aplicar lo aprendido. Ese proceso, señala, es complejo, porque no basta con escuchar una corrección: hay que convertirla en práctica, en sonido y en criterio propio.
En esa evolución aparece también la improvisación y la composición. Roberto todavía siente que está desarrollando esa capacidad de utilizar la música como un lenguaje completamente propio, pero entiende que forma parte del camino. El conservatorio no solo enseña a interpretar piezas ya escritas, también abre la puerta a salirse del molde, a crear y a empezar a construir una voz musical personal. Para él, esa dimensión expresiva todavía está en proceso, pero forma parte de una madurez que se alcanza gradualmente.
La reciente experiencia en Milán ha reforzado esa relación con la música y con el propio Conservatorio de Melilla. Roberto viajó junto a otros siete compañeros de distintas especialidades al Conservatorio Superior “Giuseppe Verdi”, donde pasaron cuatro días integrándose en las aulas, recorriendo la ciudad y participando en clases individuales con profesores del centro italiano. La experiencia les permitió acercarse a otro entorno académico y musical, conocer nuevas dinámicas de aprendizaje y compartir tiempo con docentes y estudiantes en un espacio de referencia.
Más allá de las clases, Roberto se queda con el ambiente. Habla del conservatorio como un lugar del que no quería irse, un espacio donde se siente feliz y acompañado por personas con intereses similares. Ese vínculo, que ya existía en Melilla, se hizo más fuerte durante el viaje. La convivencia con sus compañeros, el contacto con otros profesores y la inmersión en una ciudad musicalmente intensa reforzaron su pertenencia a ese mundo.
Roberto todavía no tiene claro si la música ocupará en el futuro el centro de su vida profesional o si será una compañera esencial en otro camino. Por ahora, quiere seguir avanzando, terminar sus estudios profesionales e intentar compaginar sus intereses académicos con el conservatorio. Lo que sí parece claro es que el piano ya forma parte de su presente. Desde aquel niño que entró con siete años “de lleno” en el Conservatorio hasta el alumno que acaba de regresar de Milán, su historia se escribe entre horas de estudio, auriculares en el salón, tardes enteras de clase y un vínculo cada vez más fuerte con el espacio que le está viendo crecer como músico.








