Mar Ample descubrió el arte como un camino. Su formación comenzó en la Facultad de Bellas Artes de Valencia, donde se especializó en escultura, una disciplina que, aún hoy, sigue influyendo en su manera de entender y abordar el proceso creativo. Pero fue años después, y lejos del entorno académico, donde esa inclinación artística se transformó en forma de vida. Un viaje a Formentera cambió su rumbo. Fue un encuentro inesperado con la isla y, a la vez, con su vocación. Allí encontró un pequeño mercado artístico en San Ferrán, con apenas ocho puestos. Decidió probar suerte, se presentó, y consiguió un espacio. A partir de ahí, comenzó a vivir exclusivamente del arte. Sin certezas, pero con la convicción de que crear era lo que quería hacer.
Desde entonces, Mar Ample mantiene su actividad artística en el Mercado de La Mola, un espacio que combina arte y artesanía en un entorno vivo y diverso. En su puesto, presenta obras pensadas para el visitante, sin renunciar a su sello personal. “Me resisto a hacer souvenir”, dice. Aunque el entorno la lleva a crear piezas más pequeñas o accesibles, mantiene el principio de que cada obra sea única, evitando la reproducción seriada.
Pero más allá del mercado, su trabajo se expande hacia otros territorios: el de las exposiciones, los proyectos personales, las obras que no buscan ser vendidas, sino expresadas. Obras que surgen desde un lugar más interno, más libre. Una muestra de ese universo más íntimo y experimental es Pensar l’aire, la colección que Mar Ample presenta en la exposición colectiva Miradas de Mujer, organizada por la Fundación Baleària, y que, tras su paso por Melilla, la muestra continúa su viaje itinerante hacia Ceuta, donde permanecerá abierta al público del 12 de diciembre al 25 de enero.
Las piezas que conforman Pensar l’aire nacen de un gesto impreciso; jugar con los restos. Durante años, Mar Ample fue acumulando pequeños fragmentos de papel que sobraban de otras obras. Papeles pintados, rotos, algunos de ellos apenas del tamaño de una uña. No los desechaba. Había algo en ellos —una textura, un color, una forma— que la llevaba a guardarlos. Sin saber para qué. Hasta que un día, en su taller, abrió la caja donde dormían todos esos retazos y comenzó a jugar. Sin intención, sin planificación. Solo jugar en un momento de escabullida. De ese juego, nació una serie de tres collages abstractos que revelan un proceso de construcción emocional y simbólico.
“No trabajo con ideas premeditadas”, explica. Su forma de crear no se construye desde el pensamiento racional, sino desde la intuición, desde la necesidad de sentir para hacer, para crear. Necesita el material delante. Necesita tocarlo, moverlo, experimentar con él. Es a través de esa dinámica lúdica y sensorial con la materia como surgen las formas y las composiciones. “Mi manera de trabajar es como la de un niño cuando juega. No hay un plan. Haces y deshaces. Vas viendo lo que pasa”, cuenta. Y sin embargo, de ese aparente caos, emerge una composición precisa. “Ese papelito tenía que ir ahí. No podía ir en otro sitio”, dice. Como si, en el fondo, cada pieza supiera desde el principio cuál es su lugar para potenciar un lenguaje, un significado.
En ese proceso hay una suerte de magia: lo que nace del subconsciente va tomando forma. Y el pensamiento, inevitablemente, aparece después. “Al final todo se compone, se conforma como un todo. Primero es la intuición, el impulso. Luego llega el razonamiento", describe. En ese diálogo entre lo impulsivo y lo consciente, lo emocional y lo material, se construyen obras que expresan sin necesidad de explicar.
Técnicamente, las obras de Pensar l’aire son collages elaborados con esos fragmentos reciclados. Pero están lejos de la simple superposición. Hay en ellas un trabajo con el espacio, con el fondo, con la composición y el equilibrio que remite a su formación escultórica. Aunque se presentan en formato bidimensional, muchas de sus piezas juegan con volúmenes sutiles, con pliegues, con sombras. El papel está pintado previamente, y luego rasgado a mano. Apenas hay cortes limpios, ni simetrías exactas. Hay vetas, bordes imprecisos, texturas que evocan más de lo que muestran.
El fondo blanco no es un vacío pasivo, sino una parte activa de la obra. En él se sitúan las formas, pero también cobra protagonismo por sí mismo. “A veces observas la forma, y a veces observas el vacío. El fondo también dice”, explica. Ese fondo, ese espacio silencioso, es una metáfora del aire. Un aire que, aunque invisible, permite que las cosas estén. “Quise dar presencia al aire. Un espacio que no se ve, pero que lo sostiene todo”, dice la artista. De ahí el título de la serie: Pensar l’aire. Un intento de dar forma a lo intangible. De situar lo invisible como parte de la narrativa y la expresividad.
El simbolismo que impregna estas obras nace de una experiencia íntima de pérdida cercana. Sin nombrarla directamente, la artista alude a ese proceso de duelo como detonante de una transformación creativa. “Encontré que todo este proceso tenía mucho paralelismo con lo que yo estaba viviendo. Trozos rotos que vuelven a formar algo. Darle otro sentido a lo que ya fue”, afirma. En sus obras hay presencia y ausencia. Hay huecos que no se llenan, pero se reconocen. Fragmentos que, al unirse, no borran el pasado, sino que lo reescriben con otro lenguaje.
Como artista, Mar Ample no busca imponer una interpretación. Al contrario, invita a la contemplación libre, a la intuición del espectador. “No quiero que se entienda. Quiero que se sienta”, afirma. En su visión, tanto una obra figurativa como una abstracta pueden emocionar, siempre que quien las observe esté dispuesto a dejarse llevar. “Invito a que no se piense tanto, sino que se sienta. A que quien mire la obra no trate de descifrarla, sino que se permita intuir”, dice. Y eso es precisamente lo que Pensar l’aire propone: no una lectura cerrada, sino una experiencia.
Participar en la exposición Miradas de Mujer le permite, además, compartir espacio con otras creadoras. Un hecho que, para ella, es valioso en sí mismo. “Me parece precioso poder compartir espacio con otras artistas, conocer otras miradas. Siempre se aprende, siempre hay un enriquecimiento cuando compartimos desde el arte”, destaca.
La obra de Mar Ample es delicada, silenciosa, profundamente sensorial. Nace del juego, pero no es superficial. Nace de la emoción, pero no necesita explicarse. En Pensar l’aire, lo pequeño se vuelve esencial, lo roto se vuelve parte de algo nuevo, y el vacío se convierte en presencia. Como si cada trozo, cada papelito, encontrara su lugar exacto no solo en la obra, sino también en el tiempo y en el mundo de quien lo contempla.








