El documentalista y cineasta melillense Moisés Salama continúa cosechando reconocimiento con No sea tu falta, un proyecto profundamente íntimo que indaga en su memoria familiar, en el peso del duelo y en el vínculo emocional con Melilla. La película, presentada recientemente en el Festival de Sevilla dentro del Panorama Andaluz, obtuvo allí una Mención Especial del Jurado, un impulso inesperado para una obra que él mismo define como “pequeña y modesta”, pero que ha conectado con públicos de distintas generaciones.
“Estoy muy agradecido. Estos documentales más íntimos suelen tener poca visibilidad, y que un festival grande los recoja siempre es una maravilla”, explica Salama. El director asistió al primer primer pase en Sevilla, donde la sala se llenó, incluyendo asistentes de la Casa de Melilla que acudieron tras enterarse de la proyección. “Fue un pase muy agradable, con mucha gente emocionada”, recuerda.
La noticia del premio le llegó de la forma más cotidiana: “Me enteré por un WhatsApp. Alguien me escribió dándome la enhorabuena. Me hizo ilusión, claro, pero ya está”. Aun así, celebra este reconocimiento como un impulso adicional para el viaje del documental, que continúa su recorrido en otros certámenes. La película competirá próximamente en la Semana de Cine de Córdoba, dentro de una selección de solo cinco títulos de ficción y no ficción, y el día 26 será proyectada también en la Filmoteca de Zaragoza, dentro de las actividades del Festival de Zaragoza.
Un documental surgido del desasosiego
No sea tu falta recibe su título de una expresión sefardí profundamente arraigada en las familias judías del norte de África, muy presente en el hogar de los Salama. “Mi madre lo repetía mucho. Es una frase que expresa echar de menos a alguien que debería estar y no está”, explica el director. Encontró en esas palabras un título que simbolizaba tanto el duelo por los ausentes como el propio proceso emocional que estaba viviendo.
El origen del documental está estrechamente ligado a su regreso periódico a Melilla en los últimos años. Cada visita se convertía en una experiencia inquietante. “Volvía a la oficina —la empresa familiar fundada a finales del siglo XIX— y la encontraba vacía. La frontera cerrada, la ciudad deprimida. Mi madre había muerto, mi hermano Falo también… y de pronto regresaba a un espacio sin la vida que tuvo antes. Tampoco reconocía la ciudad”, relata.
Esa sensación se convirtió en un motor creativo. “Había duelos pendientes y yo, que me expreso mejor en lo audiovisual que en la escritura, quise contar ese desasosiego”. Al comenzar a trabajar, entre archivos familiares encontró grabaciones en Super 8 de finales de los sesenta y principios de los setenta: los primeros tefilín de su hermano, escenas de la avenida desde el propio edificio familiar, desfiles militares, fragmentos cotidianos de una Melilla muy distinta. “Ni recordaba que tenía esas filmaciones. Y cuando las mostramos en el estreno en Melilla, mucha gente se emocionó. Era una memoria colectiva de la ciudad”.
El documental combina esos materiales históricos con una reflexión íntima sobre la identidad judía, la familia, el paso del tiempo y la relación con la vejez. Aunque Salama asegura que no lo buscó deliberadamente, la película termina siendo también un homenaje al legado emocional de su madre. “He recuperado con la madurez el calor de la identidad judía desde un punto de vista cultural y gastronómico, pero lo que realmente me legó mi madre fue el amor y la comprensión hacia el otro, pensara como pensara”, afirma.
Ese mensaje aparece con fuerza en la segunda mitad del filme. “Vivimos tiempos convulsos, de mucha crispación. Mi madre me enseñó que si alguien piensa distinto a ti, no hay que enfadarse ni discutir tanto. Intenta comprenderlo, intenta hablar amorosamente. Desarma con el amor”. Para Salama, este es uno de los aprendizajes más valiosos que la creación del documental le dejó.
Del duelo a la reconciliación emocional
El proceso no fue sencillo. El director trabajó con imágenes y audios muy sensibles: palabras de su madre enferma, recuerdos familiares, escenas especialmente dolorosas vinculadas a la muerte de su hermano Falo, “un terremoto” para la familia. “Sumergirme en ese material era difícil. Hubo quien me advirtió de que me estaba metiendo en terreno demasiado sensible”, reconoce. Sin embargo, considera que el trabajo le sirvió para “estar más preparado para relacionarme con la gente que quiero y para relacionarme con el mundo”.
El documental también es un ejercicio de aceptación de la edad y de reflexión sobre el paso del tiempo. Observa en él un aprendizaje que vio en su propio padre, quien “luchaba mucho con la vejez”. Para Salama, aceptar esa etapa —sus limitaciones físicas, sus posibilidades de sabiduría— forma parte inevitable del proceso humano.
Una película íntima que trasciende generaciones
Pese a su carácter personal, la recepción del público ha sido sorprendentemente diversa. “Me están llegando comentarios muy tiernos. Hay mucha gente que se emociona, gente de distintas edades. A quienes les llega, se acercan y te lo dicen”, cuenta. Reconoce que habrá espectadores a quienes les resulte menos significativo, pero destaca que quienes conectan con el documental lo hacen de manera profunda.
La coincidencia temporal entre el recorrido del filme y la entrevista emitida recientemente en el programa Shalom de RTVE ha contribuido a reforzar el eco público de la obra. “Ha sido bonito que ambos momentos coincidan”, afirma.
Melilla, coprotagonista de la historia
Aunque la cinta parte de una historia familiar, el otro gran protagonista es Melilla. El edificio donde nació Salama y donde se desarrolla gran parte del documental se convierte en un espacio simbólico desde el que entender la ciudad. “Melilla es una ciudad especial, muy desconocida fuera. El documental es también un recorrido emocional por esa Melilla que recuerdo y por la Melilla actual, más cerrada sobre sí misma tras el cierre de fronteras”, sostiene.
No sea tu falta es, en definitiva, un viaje íntimo que crece hacia lo universal: un retrato de la identidad, el duelo, los vínculos familiares, la memoria colectiva y el amor como herencia perdurable. Un documental que se construye desde la fragilidad, pero que está encontrando su lugar en los festivales por su autenticidad y su capacidad para emocionar.







