Este pasado miércoles, a las 08:54 horas, un AVE de Renfe colisionó por alcance con un tren de Iryo detenido en la vía a la altura de Urda (Toledo), en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla. El balance provisional, al menos 68 fallecidos y un centenar de heridos, convierte el siniestro en uno de los más graves de la historia ferroviaria española. Y Melilla, a cientos de kilómetros, lo ha sentido como propio.
A las ocho de la tarde, representantes políticos, de cuerpos y fuerzas de seguridad y decenas de ciudadanos se concentraron a las puertas del Palacio de la Asamblea, en la Plaza de España, para guardar un minuto de silencio y escuchar la lectura de un manifiesto como muestra de condolencia, respeto y solidaridad con todas las víctimas, afectados y sus familiares. La convocatoria fue impulsada por la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) en todos los ayuntamientos de España.
Al mediodía, por su parte, una convocatoria prácticamente improvisada reunió a representantes de la Ciudad Autónoma, la Delegación del Gobierno, la Guardia Civil, las policías Local y Nacional y la Unidad Militar de Emergencias para expresar su solidad con las víctimas. No hubo declaraciones. No hacían falta.
El duelo alteró también la agenda de la ciudad. Se suspendieron actos como la presentación oficial de la candidatura del PP para las elecciones del 29 de nioviembre, la constitución del Foro de la Educación prevista por la tarde y la apertura del curso de la UNED. Además, los trabajadores de la Consejería de Políticas Sociales y Salud Pública cambiaron su concentración por un minuto de silencio y los sindicatos de la Policía Nacional y las asociaciones de la Guardia Civil aparcaron sus protestas, entre otras cuestiones.
La tragedia llega cuando apenas han pasado nueve meses desde Adamuz, donde el choque entre un Iryo y un Alvia dejó 46 muertos y 292 heridos. Melilla vivió aquel dolor con especial cercanía por el testimonio de Salvador Jiménez, antiguo director de Radio Nacional de España en la ciudad y superviviente del accidente. Aquella herida no se había cerrado y hoy vuelve a abrirse.
Llegará el momento de las preguntas y deberán tener respuesta. Las víctimas y sus familias merecen una investigación rigurosa, independiente y transparente que aclare qué ha fallado. Pero no era día para el ruido ni para el uso partidista del dolor. Ahora toca acompañar, sostener y agradecer el trabajo de quienes, desde el primer minuto, auxilian a los heridos.
Melilla lo ha hecho como sabe hacerlo: en silencio, unida y sin distinciones. Desde El Faro nos sumamos a ese abrazo colectivo y trasladamos nuestras condolencias a todas las familias que hoy lloran a los suyos.








