En una ciudad que ha vestido a varias generaciones con las manos expertas de sastres y modistas, la tradición de la costura artesanal se desvanece sin apenas hacer ruido.
Donde antes había calles con talleres abiertos desde primera hora de la mañana, ahora quedan locales cerrados, escaparates vacíos o rótulos descoloridos. En Melilla, como en otras tantas ciudades, la sastrería y la confección a medida parecen condenadas al recuerdo.
La tendencia no es nueva, pero se agrava con el paso de los años. Jubilaciones, falta de relevo generacional, bajada de clientela y el empuje de la moda rápida dibujan un panorama sombrío. Algunos veteranos del gremio reconocen que hace años que no paraban: tenían encargos diarios, listas de espera para vestidos a medida, arreglos que no daban a basto. Hoy, sin embargo, confiesan que si entra un cliente es casi un milagro.
El Faro de Melilla ha recorrido algunos de los últimos talleres abiertos para conocer de cerca la situación del sector y recoger el testimonio de quienes aún sostienen, aguja en mano, una tradición que se deshilacha con el tiempo.
Cuatro décadas cosiendo solo
Enfrente del Mercado Central, en pleno corazón de la ciudad, aún sobrevive una pequeña sastrería llamada 'Mar Chica'. Dentro trabaja Mohamed, un sastre con casi cuarenta años de experiencia. Entre hilos, tijeras y patrones, cuenta que empezó muy joven, de la mano de otros profesionales, trabajando con locales, aprendiendo el oficio poco a poco.
Dice que lleva ya casi cuatro décadas en este mundo y que, aunque los tiempos han cambiado, él sigue siendo sastre. Asegura que la profesión en esencia no ha variado, que un sastre siempre es un sastre. Lo que sí ha cambiado, y mucho, es la clientela. Con los años, la afluencia ha disminuido notablemente. Ya no entra tanta gente, y los encargos son escasos.
Lo que más hace ahora son arreglos. Todo tipo de trabajos: bajos, cremalleras, ajustes, composturas. También puede confeccionar prendas desde cero pero está solo. No tiene ayudante, ni aprendices, ni nadie que continúe el legado. Reconoce que cada vez es más difícil mantenerse. Aun así, abre cada día, por oficio, por costumbre y por los pocos clientes fieles que aún valoran la ropa bien hecha.
En el mercado, la costura de una vida
En uno de los locales del Mercado Central trabaja una modista con larga trayectoria. Empezó a coser a los 13 años y desde entonces no ha dejado la aguja. En su pequeño taller improvisado aún se oyen las máquinas el repiqueteo de los dedales. Lleva más de treinta años dedicada a la costura, y afirma que la clientela ha bajado un 50%.
Comenta que ahora la gente viene principalmente a hacerse arreglos básicos: subir bajos, ajustar una cintura, cambiar una cremallera. Pero ya no es como antes. Ya no hay encargos de vestidos de fiesta, ni trajes de novia, ni ropa a medida. Eso, asegura con pesar, se ha perdido.
Recuerda que antes la gente valoraba más el trabajo. Encargar una prenda era un proceso especial, personalizado.
Hoy, sin embargo, las franquicias han cambiado los hábitos. La ropa se compra barata, se usa poco y se tira. Pocas personas están dispuestas a pagar por una prenda bien hecha. Y lo que es peor, muchas ni siquiera lo consideran.
Ella, que es modista titular, ya no confecciona a medida. Explica que la confección artesanal ha dejado de ser rentable. Las horas de trabajo, el coste de los materiales, la dedicación que requiere... no se ven reflejados en lo que el cliente está dispuesto a pagar. Afirma que se ha perdido la cultura de valorar lo hecho a mano.
Una caída que no se detiene
La historia de Mohamed y de dicha modista no son casos aislados. Reflejan un proceso más amplio: el de la desaparición de la costura tradicional en Melilla. La moda rápida ha transformado por completo la relación con la ropa. Ahora prima lo inmediato, lo económico, lo fácil de reponer.
Hace apenas unas décadas, cada bario de Melilla contaba con varios talleres.
La gente se hacía sus trajes, encargaba la ropa para las grandes ocasiones, llevaba sus prendas a ajustar. Los sastres y modistas eran figuras respetadas, con clientela fiel y trabajo constante. Hoy, los pocos que quedan tienen que conformarse con sobrevivir.
La mayoría de quienes siguen activos superan los cincuenta y largos años. No hay relevo generacional. Ningún joven parece interesado en aprender el oficio. Nadie se sienta a su lado para escuchar, para mirar, para heredar la técnica. La profesión envejece sin transmisión, sin apoyo, sin futuro.
Mucho más que un trabajo
La desaparición de los talleres no solo supone una pérdida económica.
También implica la desaparición de una parte del alma de la ciudad. La costura no solo era un oficio. Era también una forma de vida, una red de relaciones, una manera de sociabilizar.
Muchas mujeres en Melilla salieron adelante gracias a la aguja y al dedal. Desde sus casas o en pequeños negocios cosían para sacar adelante a sus familias.
Algunas lo hacían como complemento económico, otras como única fuente de ingresos. Eran autosuficientes, independientes, emprendedoras.
Los talleres eran también lugares de conversación, de confianza. Los clientes venían no solo a encargar ropa, sino también a contar anécdotas, a compartir. Se generaba un vínculo emocional entre quien confeccionaba y quien vestía la prenda. Eso también se ha perdido.
Y se pierde, además, una conexión con la historia de la ciudad. Con las fiestas, las bodas, las primeras comuniones, los uniformes escolares hechos a medida. Cada prenda hablaba de una época, de una familia, de un momento importante.
En definitiva, la costura tradicional en Melilla se va apagando sin grandes titulares. Sin protestas, sin homenajes, sin despedidas. Se va cerrando poco a poco, taller a taller, mientras las calles pierden su identidad, su memoria, su hilo.
Aún quedan algunos que cosen en silencio. Que siguen midiendo con precisión, cortando con destreza y rematando con orgullo. Cada puntada que dan es un gesto de resistencia frente al paso del tiempo. Mientras sus manos sigan hilando memoria, la tradición aún tendrá hilo del que tirar.








