Dentro de la programación navideña de Melilla hay un rincón muy especial donde la magia no se imagina, sino que se vive y se participa. En un container instalado en el Parque Hernández, cada día se abren las puertas a una experiencia teatral diferente: íntima, cálida y sobre todo interactiva. Allí se representa la obra ¡Elfos, a trabajar!, escrita, dirigida e interpretada por Marina Borreguero, junto al actor Pablo Alemany, que convierte a niños y familias en auténticos protagonistas de la historia.
La trama es sencilla pero llena de encanto. Nuba y Brío son dos elfos que aún no han conseguido graduarse. Para convertirse en oficiales de reparto de regalos, deben superar el examen final que les plantea el Elfo Supremo. Pero no pueden hacerlo solos, necesitan la ayuda de los niños que asisten a cada función. Según sus creadores, este es precisamente el mensaje central de la obra. La importancia del compañerismo, la cooperación y la idea de que “cuando nos ayudamos unos a otros, somos más felices y aprendemos más”. Todo esto se enmarca en un espíritu navideño donde los personajes, todavía sin orejas de elfo oficiales, dependen de los pequeños para superar sus pruebas.
El formato de la obra rompe con lo convencional. El container se transforma en una especie de habitación mágica. Una chimenea encendida, luces cálidas y una escenografía detallada crean un ambiente acogedor y cercano. El público se sienta muy cerca de los actores y, desde el primer minuto, es parte activa de la historia. No existe la cuarta pared. Las palabras y las reacciones de los niños se incorporan al guion, que está ensayado pero abierto a improvisaciones espontáneas de cada pase.
Marina Borreguero explica que su objetivo era que los niños comprendieran que sin ellos la obra no tendría sentido. “Quería que participasen, que saliesen de aquí con algo en su cabeza, con ese run-run de decir ‘he aprendido tal’ o ‘les he ayudado y ellos van a conseguir su objetivo’”, señala. Porque los protagonistas de la historia son los encargados de preparar y envolver los regalos, y si no aprueban el examen, no hay regalos ni para Papá Noel ni para los Reyes Magos.
La experiencia de trabajar en un container no es nueva para ellos. En años anteriores representaron obras como El Cascanueces en este mismo formato. Pablo Alemany reconoce que “el primer año fue un pedazo de reto”, pero ahora “ya venimos entrenados de fábrica” y saben adaptarse al espacio y a sus posibilidades. Lo que más disfrutan es la cercanía con el público. “No es un escenario grande donde estás lejos de los niños. Esto es más íntimo, puedes hablar directamente con ellos, y ellos ven la ilusión en tus ojos”.
Esa cercanía permite que los niños se suelten y participen sin filtros. “Es un lenguaje muy sincero, porque los niños son uno de los públicos más críticos. Si no les ha gustado algo, te lo pueden decir”, comenta Marina. Esa honestidad infantil define el tono de la obra, que busca ser sencilla pero acogedora, grupal pero abierta a la intervención individual.
El entorno navideño refuerza el mensaje de la obra. Para Pablo, esta época del año permite trabajar con la ilusión pura, sin necesidad de plantearlo como un esfuerzo. “No hay un ‘tengo que hacerlo’, sino un ‘creo que puedo’. Esa ilusión es magia pura”, asegura. La participación de los niños es tan activa que muchas veces condiciona el desarrollo del espectáculo. Algunos grupos son tímidos y otros no paran de hablar, lo que obliga a improvisar y, en ocasiones, a modificar partes del guion según lo que los pequeños proponen en escena. Marina comenta que incluso dejan que los niños digan ciertas frases, porque “suena mejor cuando lo dicen ellos que cuando lo decimos nosotros”.
La metodología entre los actores también permite esta flexibilidad. Pablo destaca la profesionalidad de Marina. “Es muy metódica, todo está medido pero matemático, y a la vez abierta a improvisar. Trabajar con ella es increíble”. Marina confirma que, aunque tiene todo bajo control, le gusta “dejar paso a la improvisación” y aceptar nuevas ideas que surjan durante las funciones si encajan en la historia.
Cada función es única, porque los actores deben leer al público, observar y adaptar el ritmo. “Hay una parte del espectáculo dedicada a improvisar con los niños y ver qué surge”, explican. Esto permite que los pequeños sientan que realmente están escuchados, algo que no siempre ocurre en la vida cotidiana. “Muchos escriben a los Reyes o a otros adultos, pero aquí es como ‘estoy con vosotros, y vosotros me vais a escuchar’”, reflexiona Pablo.
En cuanto a su trayectoria, Pablo lleva cinco años en teatro, tres de ellos trabajando con Marina en la Navidad, mientras que Marina lleva más tiempo en escena y disfruta cada función como un reto nuevo. Ambos coinciden en que la experiencia navideña es muy especial, porque la ilusión y la participación de los niños transforman cada pase.
Los propios elfos destacan la energía de los niños y la importancia de la magia que aportan. “Mucha magia, se ven muy alegres los niños, siempre dispuestos a darlo todo. Nosotros nos entregamos en Navidad a hacer obras, nos encanta estar rodeados de niños y de gente. Siempre hay momentos de risa y de ver la ilusión en sus ojos. Esa parte que creen que es posible nos da mucha alegría”, explican. Añaden que convertirse en elfos oficiales de la Navidad no es fácil. “Hay mucha responsabilidad, no es sencillo aprobar este examen ni esta carrera, y esta época del año también tiene sus retos. Mucha magia, ilusión y ganas”.
La obra se representa hasta el 4 de enero con pases por la tarde. Las funciones son gratuitas y las entradas se recogen en la puerta del container, a la altura de la heladería California. Allí, además, se puede disfrutar de otra propuesta teatral navideña: La fábrica de chuches, que completa la programación familiar del Parque Hernández.
En este pequeño espacio donde la Navidad cabe en un container, la magia se enciende dos veces al día. Solo hace falta que alguien entre, participe y ayude a que Nuba y Brío se gradúen y puedan repartir los regalos. Y así, entre risas, ilusión y colaboración, más de 700 niños melillenses han aprendido que la Navidad no solo se vive, sino que también se comparte, se construye y se aprende.







