La Plaza de Toros despidió este domingo el Carnaval 2026 con una tarde pensada para quedarse: chocolatada, música festiva y un recorrido expositivo que, desde el jueves 19, ha permitido a melillenses acercarse a la esencia de la celebración a través de sus símbolos más reconocibles tras haber quedado anulada la Cabalgata principal el pasado fin de semana. Trajes de concurso, decorados, carrozas y la presencia llamativa de gigantes y cabezudos compartieron protagonismo en un cierre de telón que sustituyó el bullicio de la calle por un ambiente cercano, familiar y lúdico.
El espacio se articulaba en torno al pasillo central izquierdo que recorre la planta de la Plaza. Ese corredor funcionaba como una especie de columna vertebral por la que discurría todo: a ambos lados se alternaban las mesas con la comida y los distintos elementos del Carnaval, creando una sucesión continua de estímulos. Se avanzaba y, a pocos centímetros, aparecía un traje; más adelante, un decorado; después, una carroza; y, entre medias, la gente parándose, comentando y haciendo fotos. La muestra invitaba a mirar sin prisa, a descubrir detalles que en un desfile pasan volando: acabados, texturas, estructuras, pequeños adornos que cobran vida cuando se ven de cerca.
A esa estampa se sumó la chocolatada como broche final. Antonio Fernández, administrador jefe de la Plaza de Toros, explicó que el reparto arrancó finalmente a las 19:05 horas como “fin de fiesta”, con la Consejería de Festejos invitando al público a despedir el Carnaval con chocolate y dulces. El olor se extendía si te acercabas a la mesa y terminaba de redondear la escena: chocolate caliente, donuts y tartas como excusa perfecta para permanecer un rato más, sentarse, reencontrarse y conversar.
La tarde fue una crónica en movimiento. Los grupos de adultos recorrían el pasillo central izquierdo señalando trajes y comentando detalles; se formaban corros de amigos y familiares que alternaban la visita con la merienda y conversaciones distendidas. El ambiente era tranquilo y animado a la vez, con esa sensación de último día que invita a estirar el momento. Y, como contrapunto constante, la energía de los niños y niñas, pues eran ellos quienes más intensamente vivían la exposición, transformándola en un espacio de juego al uso.
Los pequeños cruzaban el pasillo una y otra vez como si fuese un circuito, deteniéndose ante cada novedad, introduciéndose en el interior de cada decorado. Se acercaban a los gigantes y cabezudos con esa mezcla de fascinación y atrevimiento, exploraban los decorados y, sobre todo, se sumergían en el vestuario y las carrozas. Fernández subrayó que se permitió que los más pequeños tocaran los elementos, jugaran y se pusieran trajes, algo posible gracias a la autorización de los propietarios del vestuario expuesto. La exposición, más que un escaparate estático, se convirtió en una experiencia viva: el Carnaval al alcance de la mano.
Las carrozas, por su parte, aportaban esa sensación de “detrás del telón” que rara vez se aprecia o se puede vivir. En el pasillo, su presencia adquiría una dimensión distinta: ya no eran solo estructuras que pasan rodando ante el público, sino piezas que podían contemplarse a pocos centímetros; tocar. Fernández explicó que algunas de las carrozas expuestas participan en el desfile junto a las grandes. Durante la exposición, los niños se subían y disfrutaban de ellas de cerca. La imagen se repetía: un niño encaramándose, otro asomándose, familias fotografiando el momento y risas que se mezclaban con la música.
La exposición tuvo además un sentido marcado en esta edición. Fernández situó el origen de la iniciativa en la suspensión de las cabalgatas por el mal tiempo, lo que llevó a trasladar a la Plaza de Toros trajes del concurso celebrado en el Kursaal y parte de la escenografía que llevaban carrozas que no pudieron salir. De este modo, lo preparado para lucirse en la calle encontró un espacio alternativo donde ser visto, valorado y disfrutado con calma, evitando que el trabajo quedara deslucido.
Esa intención de poner en valor el esfuerzo fue uno de los ejes del recorrido. Ver los trajes expuestos permitía detenerse en lo que normalmente se escapa: el trabajo paciente detrás de cada puntada y cada estructura, la creatividad convertida en volumen, brillo y color. Fernández remarcó precisamente esa idea de dar salida a lo realizado por quienes sostienen el Carnaval —artistas, carroceros y participantes— para que la ciudadanía pudiera apreciarlo pese a las circunstancias.
Durante estos días, la actividad en la Plaza fue más allá de la exposición. Fernández indicó que se aprovecharon las jornadas para promover visitas guiadas por el recinto y mostrar zonas que normalmente no se recorren en visitas convencionales en otras Plazas, algo que ellos realizan con asiduidad todos los días de la semana, más allá de la exposición. También se sumaron acciones de sensibilización vinculadas al reciclaje, con reparto de material didáctico para los niños y bolsas de separación de residuos para los adultos. Y el balance de público fue notable: Fernández señaló que han recibido muchas visitas, incluso de personas llegadas desde fuera, que dejaron constancia en el libro de visitas del recinto.
Cuando la tarde avanzaba y el pasillo central izquierdo seguía lleno, la escena resumía bien el cierre del Carnaval: vasos humeantes, mesas con dulces, música de fondo y una exposición que se recorría como quien repasa, por última vez, los símbolos de una fiesta hechos a partir del trabajo de artistas y vecinos. Sin grandes estridencias, pero con vida, la Plaza de Toros bajó el telón del Carnaval 2026 dejando una última imagen: la de una despedida cercana, compartida y con el sabor dulce de un final que, por unas horas, convirtió el recinto en casa común de la celebración.








