La brisa salada, el dorado del atardecer y el sonido de las olas rompiendo suavemente en la Ensenada de los Galápagos fueron el telón de fondo para una cita que promete quedarse en la memoria cultural de Melilla. La primera edición del Festival Música y Mar abrió anoche sus puertas –o mejor dicho, sus orillas– con un mensaje claro: el talento melillense no solo existe, sino que merece brillar en grande.
La Consejera de Cultura, Fadela Mohatar, inauguró el evento con unas palabras que destilaban orgullo y complicidad con la escena local: “Mezclamos el encanto del patrimonio y del mar con la fuerza de nuestras artistas, creando una explosión de arte y cultura tremenda”, declaró. “Queríamos darles un espacio propio, en marcos incomparables, y qué mejor que este rincón único de Melilla para empezar”.
El festival, que se extenderá hasta finales de septiembre, contará con conciertos semanales y una programación que combina la diversidad de géneros con la belleza de enclaves como la Alcazaba o la propia ensenada. “Es la primera edición, pero queremos que se consolide año tras año, siempre en estas fechas, siempre cerca del mar y del atardecer”, añadió Mohatar.
La magia de la primera jornada del Festival Música y Mar tuvo nombre propio: Lola Padial y Ángela Hernández, dos artistas melillenses que llenaron de emoción la Ensenada de los Galápagos con sus voces. Entre rocas, historia y brisa marina, ambas se mostraron profundamente agradecidas por esta oportunidad.
Lola, con la energía de quien ama su ciudad y su oficio, no escondió su emoción: “Es un sueño cantar aquí, entre estas rocas y con nuestro mar detrás. Durante años, los grupos locales quedábamos relegados a tocar solo en la feria, y esto nos hace sentir que importamos. Es un reconocimiento que nos llena de orgullo”.
También aprovechó para reivindicar más espacios para la música local durante el resto del año: “Ojalá esta iniciativa inspire también a la hostelería local a contratarnos. Aquí hay talento de sobra y solo necesitamos más oportunidades”.
Ángela, por su parte, puso el acento en la magia del enclave: “Este sitio te obliga a cantar con el alma. Es un concierto especial, diferente. Estamos muy agradecidas por esta oportunidad mágica”.
Ambas coincidieron en que la normativa municipal que regula la música en locales es un freno para el desarrollo de la escena local. “En otros lugares se puede tocar más fácilmente; aquí hay que darle una vuelta”, apuntaron, sin perder el entusiasmo por el estreno del festival.
Con un público entregado, la primera noche de Música y Mar fue más que un concierto: fue una declaración de intenciones. La música local dejó claro que puede llenar plazas, playas y corazones cuando se le da la oportunidad. El murmullo de la gente al marcharse, entre sonrisas y comentarios entusiastas, era el mejor indicador de que este festival tiene futuro.
La agenda promete seguir creciendo. Desde el 15 de agosto, los conciertos se trasladarán a la explanada de la Alcazaba, donde la combinación de historia y vistas al mar servirá de nuevo escenario para más grupos locales. Y si la primera jornada ya dejó huella, todo apunta a que cada cita será un nuevo capítulo de este romance entre Melilla, su mar y su música.
Como resumió Fadela Mohatar antes de despedirse: “Hoy hemos sembrado algo muy bonito. Estoy segura de que año tras año este festival irá a más. Porque cuando el arte se encuentra con el mar… solo puede salir algo mágico”.
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