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José Luis Melero: la biblioteca como proyecto de vida

El Premio de las Letras Aragonesas 2024 aborda la construcción de una biblioteca personal desde la experiencia de toda una vida dedicada a los libros en el cierre de las jornadas de la Uned

por Alejandra Gutiérrez
16/04/2026 12:01 CEST
José Luis Melero: la biblioteca como proyecto de vida

José Luis Melero, escritor y bibliófilo. -JCF-


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El escritor y bibliófilo José Luis Melero (Zaragoza, 1956), Premio de las Letras Aragonesas 2024, será el encargado de clausurar este jueves las jornadas organizadas por la Uned con una ponencia titulada “La creación de una biblioteca privada”, prevista a las 19:00 horas en el aula 10. La sesión comenzará a las 18:00 con una mesa de diálogo en la que participarán Carmen Parra del Pino, directora general de Cultura de la Comunidad de Madrid; Sonia Gil, directora de la Biblioteca Pública de Melilla; y Alicia Sellés, presidenta de la Fundació pel Llibre i la Lectura y especialista en gestión de la información y bibliotecas.

José Luis Melero ha desarrollado una amplia trayectoria en el ámbito cultural aragonés desde su participación en 1977 en la fundación del Rolde de Estudios Aragoneses y de la revista Rolde, manteniendo desde entonces una presencia constante como articulista y divulgador. Miembro de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, su labor ha sido reconocida con el Premio de las Letras Aragonesas 2024, distinción que consolida una trayectoria dedicada a la difusión de la cultura a través de una relación directa y continuada con los libros, entendidos como parte esencial de su vida.

La intervención de Melero se sostiene sobre una experiencia que no puede separarse de su propia biografía. Su biblioteca no responde a un modelo teórico ni a una acumulación sistemática, sino a una construcción prolongada en el tiempo, hecha de decisiones sucesivas, de hallazgos y de lecturas que han ido sedimentando hasta configurar un espacio propio. En ella se condensa una forma de estar en el mundo, una manera de relacionarse con el conocimiento y con la literatura que atraviesa toda su trayectoria. Su obra escrita, alejada de la ficción, se articula precisamente a partir de ese fondo, como una prolongación natural de lo que ha leído, consultado y conservado.

El origen de esa biblioteca remite a un momento temprano, casi fundacional, en el que el libro comienza a ocupar un lugar central en su vida. La adolescencia aparece como ese punto de partida en el que la lectura deja de ser una actividad ocasional para convertirse en una práctica consciente, sostenida por el interés y por una voluntad de aprendizaje que se traduce en la compra de los primeros ejemplares. Aquellos libros, adquiridos con una asignación semanal limitada, no solo representan el inicio de una colección, sino también el germen de un criterio que irá definiéndose con el tiempo.

Ese proceso adquiere una nueva dimensión con la irrupción del Rastro, un espacio que introduce la posibilidad de acceder a libros fuera de los circuitos habituales. En ese entorno, donde los volúmenes llegan con trayectorias diversas, aparece el hallazgo como elemento central. La búsqueda deja de ser lineal y se convierte en una experiencia abierta, en la que cada libro encontrado incorpora no solo su contenido, sino también una historia inmaterial que lo acompaña. Las primeras ediciones, los ejemplares antiguos, los libros que han pasado por otras manos, introducen una forma distinta de leer, en la que el objeto adquiere un peso específico y singular.

A partir de ahí, la biblioteca comienza a crecer con una lógica propia, en la que conviven libros contemporáneos y antiguos, novedades editoriales y hallazgos imprevistos. Ese crecimiento no responde a una acumulación indiscriminada, sino a un proceso selectivo que se mantiene a lo largo de los años. El resultado es una colección que reúne entre 40.000 y 45.000 volúmenes, completamente integrada en el espacio cotidiano del escritor. Los libros no ocupan un lugar aislado, sino que forman parte del entorno diario, se despliegan en habitaciones, pasillos y estancias, acompañando la vida en su transcurso habitual.

 

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En ese espacio, la biblioteca funciona como un organismo vivo, en constante relación con quien la habita y quien crece con ella. Los libros no permanecen inertes ni se reducen a su condición de objeto acumulado. Aunque no todos han sido leídos en su totalidad, cada uno de ellos forma parte de un sistema de uso que incluye la consulta, la anotación, la clasificación personal. La biblioteca se convierte así en una herramienta activa, en un archivo que se reorganiza continuamente en función de las necesidades del momento, incluso cuando coexiste con la intención de dotarla con un orden lógico, éste se ve alterado una y otra vez.

La escritura de Melero emerge directamente de ese entorno. No se trata de una producción desligada de su biblioteca, sino de una consecuencia de ella. Los libros que ha reunido, especialmente aquellos menos conocidos o alejados del canon, se convierten en materia de sus textos divulgativos. A través de artículos y publicaciones, ha ido dando forma a un relato que recupera autores olvidados, ediciones singulares y materiales que no suelen formar parte de los circuitos más visibles. Su biblioteca actúa, en este sentido, como un espacio de descubrimiento que se proyecta hacia el exterior mediante la escritura.

La relación con los libros se construye también desde una dimensión de acogida personal, en la que el valor de cada obra depende de la experiencia del lector y de los intereses que han ido configurando su mirada con el paso del tiempo. En ese recorrido, la biblioteca de Melero revela una inclinación clara hacia determinados territorios: la poesía —con un peso destacado dentro de su colección—, la literatura española, los libros del siglo XIX y XX y la historia contemporánea, especialmente la vinculada a la Guerra Civil.

Junto a estos géneros, adquieren un lugar significativo los llamados autores “raros” o marginales, escritores alejados del canon cuyas obras y trayectorias han despertado en él un interés constante. No existe para el escritor, en ese sentido, una jerarquía única que determine qué libros son mejores o peores de manera absoluta, sino una constelación de afinidades que orienta la selección y la lectura. Dentro de un conjunto de textos bien elaborados -formalmente hablando-, es la relación individual la que define el interés, sostiene Melero, configurando una experiencia lectora necesariamente diversa, atravesada por la curiosidad y por la búsqueda de aquello que permanece fuera de los circuitos más visibles.

En ese recorrido aparece una cuestión que atraviesa de manera constante la experiencia de quien ha construido una biblioteca de estas características: qué ocurrirá con ella cuando ya no esté quien le ha dado forma. No se trata únicamente de la conservación de los libros, sino de la continuidad de un proyecto que ha sido concebido como una unidad durante una vida. Su biblioteca, tal como ha sido organizada, responde a un criterio personal, a una lógica interna que solo se entiende en relación con la persona que la ha generado.

En esta vista al futuro, las opciones son diversas. Ninguna fácil. La fragmentación de ese conjunto supone, en ese sentido, algo más que una redistribución de volúmenes. Implica la desaparición de esa estructura, la pérdida de un orden que no puede reproducirse una vez deshecho. Cada libro, al separarse, queda desvinculado del sistema al que pertenecía, y lo que había sido una construcción coherente se convierte en una suma de elementos aislados o grupos acotados. La biblioteca de un bibliófilo deja de existir como tal, aunque sus partes continúen circulando de manera independiente.

Otra opción que ronda el camino incierto de las bibliotecas privadas es la posibilidad de preservar ese conjunto en una institución, pero esto introduce nuevas dificultades. La magnitud de la colección exige espacio, recursos y un trabajo técnico que no siempre resulta asumible por una fundación. La adaptación a sistemas externos de catalogación y organización puede alterar la estructura original, transformando el sentido con el que fue concebida, pero además, es un volumen de trabajo enorme para el personal y la necesidad de un espacio amplio donde abarcar esta cantidad de libros. En ese contexto, la continuidad de la biblioteca aparece como una cuestión compleja, sin una solución clara, que forma parte del propio proceso de haberla construido.

La ponencia que ofrecerá en la Uned se adentra en ese territorio en el que la biblioteca deja de ser un simple conjunto de libros para convertirse en una forma de conocimiento construida a lo largo del tiempo, donde lectura, memoria y experiencia personal se entrelazan en un mismo espacio. En ella se condensa una manera de entender la literatura desde la práctica, desde la relación directa y sostenida con los libros, como parte de una trayectoria vital que ha ido tomando forma con los años.

Tags: Bibliotecas públicas y bibliotecas privadas: espacios del libroJosé Luis MeleroLa creación de una biblioteca privadaUNED Melilla

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