Ignacio Aldecoa Vitoria 1969 murió a los 44 años, en un momento de excepcional madurez creadora. Su obra nos recuerda a un narrador que escribió sobre la vida que le tocó en una España difícil, que denunció las desigualdades y las injusticias con un comportamiento ético y estético con un estilo literario acorde con el realismo que describía en sus relatos. Entrevista a Luis Ramoneda (Cervera, Lérida), escritor, crítico literario y colaborador en diversas revistas literarias, para quien Ignacio Aldecoa es un escritor que merece la pena leer.
-Se cumplen cien años del nacimiento de Ignacio Aldecoa, ¿Piensa usted que este escritor es suficientemente reconocido y valorado en España?
-En 2025, se ha cumplido también el centenario del nacimiento de Carmen Martín Gaite y, el año que viene, se conmemorará el de Ana María Matute, el de Jesús Fernández-Santos y el de Alfonso Sastre, escritores que compartieron amistad y andanzas literarias con Aldecoa. Para 1927, será el de Rafael Sánchez Ferlosio, otro de los integrantes del grupo, al que algunos califican como el de “los niños de la guerra”. Aunque se han reeditado sus cuentos completos, me parece que el centenario de Aldecoa (Vitoria, 24 de julio de 1925) ha pasado más inadvertido que el de Martín Gaite, gran escritora sin duda. Quizá se deba a la temprana edad en que fallece (Madrid, 15 de noviembre de 1969). Sin embargo, opino que es uno de los mejores prosistas del siglo pasado.
-Se les llamó la Generación del medio siglo, por coincidir las primeras publicaciones de todos ellos alrededor de la década de los cincuenta del XX. ¿Cómo escribe Ignacio Aldecoa?
-Su estilo es cuidadísimo, fruto sin duda de grandes dotes de observación, con una prosa llena de lirismo, de detalladas descripciones de lugares y de ambientes, de diálogos, de dramatismo, a veces. Para los amantes de la buena escritura es un placer leerlo. Copio de uno de sus relatos: “Con pan y vino se anda camino cuando se está hecho a andarlo. Con pan, vino y un cinturón ancho de cueras de becerra ahogada o una faja de estambre viejo, bien apretados, no hay hambre que rasque en el estómago. Con mala manta hay buen cobijo, hasta que la coz de un aire, entre medias cálido, tuerce el cuello y balda los riñones” (Seguir de pobres)
-¿El hecho de que fuera poeta ha influido en su escritura?
-En su juventud, escribe dos poemarios: Todavía la vida y El libro de las algas. Pienso que esto influyó en el ritmo, en el lirismo, en la precisión y riqueza semánticas de su estilo como narrador. Cuando alguien me pide un consejo para escribir bien, suelo recomendarle que lea poesía, porque es el modo de familiarizarse con lo más sublime del lenguaje y con su cadencia.
-Escribió varias novelas, pero lo más destacado son sus cuentos: háblenos de esta faceta de su obra literaria.
-Ignacio Aldecoa es autor de cuatro novelas excelentes: El fulgor y la sangre (1954, finalista del Premio Planeta), Con el viento solano (1956), Gran Sol (1963) y Parte de una historia (1967). Pero donde alcanza la plenitud es en los cuentos, algunos se publicaron en revistas, otros en diversas colecciones. Se puede destacar, entre otras, la edición de Cuentos Completos (1949-1969), en Alfaguara, con prólogo de Josefina Rodríguez, su mujer, escritora también y reconocida pedagoga; y la antología, con el título de Cuentos, preparada también por ella para la colección de Letras Hispánicas de Cátedra. Pienso que algunos de sus relatos, como Caballo de pica, Seguir de pobres, Santa Olaja de acero, En el kilómetro 400, Ave del paraíso, Young Sánchez o La despedida, entre otros, figuran entre los mejores de nuestra literatura.
-¿Cuáles fueron las temáticas de su obra?
-En un sentido amplio su obra se puede englobar en el realismo social y costumbrista, pero con matices. En su primera novela, narra la espera angustiosa de las esposas de unos guardias civiles que saben que uno de ellos (¿cuál?) ha muerto en una feria. La segunda novela, en cambio, narra la huida del agresor del guardia civil. En Gran Sol, trata sobre las trágicas peripecias de las tripulaciones del Ariel y del Uro, desde que salen de Gijón, para la pesca de bonito en aquella zona cercana a Irlanda, las tres están escritas en tercera persona. Ignacio Aldecoa, estuvo un año en Estados Unidos, donde pudo familiarizarse con la literatura norteamericana y viajó bastante por Europa, además, era un gran lector. Esto se nota en Parte de una historia, la cuarta novela, sobre la relación de unos náufragos extranjeros con los habitantes de una isla perdida del Atlántico, escrita en primera persona.
En los cuentos, trata sobre temas muy variados, siempre con conocimiento de causa, ya que era una persona vitalista, que se relacionaba con todo el mundo. Para escribir Gran Sol, consiguió un permiso para embarcarse con unos pescadores, por poner un ejemplo. Bastantes relatos están dedicados a oficios variadísimos (jornaleros, boxeadores, toreros, camioneros, ferroviarios, albañiles, artistas y un largo etcétera), en algunos se aprecian elementos biográficos. Se fija sobre todo en los estratos más necesitados de la sociedad y en la clase media. Los protagonistas son personas de carne y hueso, vivas, con sus luchas cotidianas, sus grandes o pequeñas penas y alegrías, en medio de una existencia más bien gris y difícil, pero sin caer en un pesimismo determinista, pues el trasfondo es de solidaridad. Tampoco faltan los toques de humor y de ironía. Los diálogos tienen su importancia también, para reflejar caracteres y ambientes sociales complejos.
-¿Hizo crítica social de la España que le tocó vivir?
-Ignacio Aldecoa observa y escribe sobre lo que ha experimentado, pero sin moralina, porque no hace falta, pues la calidad de sus relatos habla por sí sola y deja al lector que juzgue y opine sobre la sociedad de los años de la guerra y de la posguerra, que son los que ha vivido el escritor con intensidad. En los cuentos, se nota también la evolución de la sociedad española desde los años cuarenta a los sesenta. En esto, se aleja de un realismo social quizá más combativo, pero de muy inferior calidad literaria.
Además, en la obra de Ignacio Aldecoa, se da fe de costumbres y vivencias de aquellos años y esto siempre resulta enriquecedor para las generaciones posteriores. Ignacio Aldecoa deseaba que fuera recordado como un narrador de historias y así es, me parece, y, por lo tanto, pienso que vale la pena leer.








