Marruecos nunca quiso que se retomara el comercio fronterizo con Melilla. Su objetivo era la asfixia económica de la ciudad y en modo alguno Rabat ha estado dispuesta jamás, desde el cierre unilateral de agosto de 2018, a permitir de nuevo la apertura y funcionamiento normal de una aduana internacional como es la que existe en Beni-Enzar. Firmó en 2022 el acuerdo con España para hacer el paripé y no dejar en mal lugar a un Gobierno como el del PSOE, muy cuestionado entre los melillenses. El propio partido, entonces liderado por Gloria Rojas, consideró un triunfo de la diplomacia española lo que no ha sido más que un teatrillo, tal y como se ha demostrado en este 2025.
Dejando al margen el hecho de que se tardaron 3 años en hacer como una especie de reapertura, Marruecos nunca manifestó una voluntad cierta de retomar las relaciones comerciales con Melilla. Todo el mundo sabía que no volverían las porteadoras y que no se verían aquellas terribles imágenes de mujeres de todas las edades con grandes bultos a la espalda para pasar mercancía a territorio marroquí. Eso era algo que no sucedería más, pero sí se buscaba normalizar la aduana a través del tránsito de productos con toda la documentación pertinente.
Lo que se hizo desde Rabat es algo muy propio de los marroquíes: tener paciencia y esperar a que el fruto cayera por su propio peso. Dijeron que se reabría la aduana pero las condiciones impuestas por el vecino del sur eran leoninas. Un solo camión al día, un número reducido de productos y solo en jornadas no festivas. Aquello se interpretó por la Delegación del Gobierno como el avance del siglo. Su titular incluso se atrevió a decir que prácticamente habían acabado los problemas económicos de Melilla y que los empresarios iniciaban una nueva etapa que se regiría exclusivamente por las reglas del mercado y al mismo nivel que aduanas como la de Algeciras nada menos.
La realidad, en cambio, se ha impuesto con toda su crudeza. En cuanto a Marruecos le vino en ganas, cerró otra vez una aduana que ya de por sí era bastante inútil para el desarrollo económico que la Delegación daba por sentado. Después de dos meses, podrían estar pasando de nuevo mercancías, si bien con las imposiciones marroquíes de antes y en medio de una inseguridad jurídica que los empresarios locales no están dispuestos a asumir. En consecuencia, han optado por trasladar sus productos directamente desde los puertos nacionales y olvidarse de la aduana de Melilla, que era, en definitiva, lo que siempre quiso Mohamed VI.








