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Fe y sacrificio en el rito de compartir del Eid al-Adha

Melilla celebró este miércoles la Pascua Grande entre rito, control sanitario y el sentido de compartir que define esta festividad musulmana

Las calles de Melilla amanecieron este miércoles 27 de mayo con una calma poco habitual, entre persianas aún bajadas, aceras despejadas y un silencio que parecía envolver buena parte de la ciudad. Sin embargo, en distintos puntos habilitados para la celebración del Eid al-Adha, ese sosiego se transformaba desde primera hora en movimiento, conversaciones familiares, saludos entre vecinos y una actividad constante alrededor de una de las festividades más importantes para la comunidad musulmana. En el campo deportivo del Tiro Nacional, uno de esos espacios preparados para el sacrificio del cordero, la mañana avanzaba entre carpas, cubos sellados, chorros de agua, controles veterinarios y familias que llegaban con sus animales para cumplir con un rito cargado de significado religioso y comunitario.

El Eid al-Adha, celebrado tras el mes sagrado de Ramadán, reúne a las familias en torno a una tradición que recuerda la fe y la entrega de Abraham y su hijo a Allah. En Melilla, esa dimensión espiritual convive con una organización práctica que, desde hace años, busca facilitar el desarrollo del sacrificio en condiciones higiénicas y ordenadas. En el Tiro Nacional, la disposición del espacio hablaba por sí sola: tres carpas instaladas junto a zonas de alcantarillado, personal de limpieza trabajando de forma continua, seguridad en la entrada para repartir números y mantener el turno de llegada, y veterinarios encargados de registrar, observar y asesorar en todo el proceso.

La mañana era laboriosa, pero también serena. Las familias acudían poco a poco con sus borregos, esperaban su turno y se dirigían a una de las carpas cuando les correspondía. Allí, el sacrificio se realizaba bajo una dinámica ya conocida por muchos vecinos, con gestos aprendidos de generación en generación y una atención especial a que el animal estuviera sano, limpio y en condiciones adecuadas. A pocos metros, los operarios de limpieza no dejaban que la sangre se secara. Tras cada sacrificio, el suelo era lavado para que el siguiente pudiera realizarse en las mejores condiciones posibles. Las escobas y los chorros de agua mediante mangueras dibujaban la escena.

Ese trabajo silencioso, pero imprescindible, recaía en seis personas distribuidas por el recinto. Rachid, uno de los operarios encargados de la limpieza, resumía su función sosteniendo que su trabajo tiene que ser continuo, fluido y sin pausa, para evitar que la sangre se secase en el hormigón. Su labor no terminaba hasta que el campo quedara exactamente como lo habían encontrado. En cada puesto trabajaban dos personas y, según explicó, después de cada sacrificio debían dejarlo todo limpio para el siguiente. Las vísceras y restos no consumidos se depositaban en cubos sellados preparados para ello, que posteriormente eran entregados a los servicios especializados.

La higiene era una palabra repetida durante toda la mañana. No solo por quienes trabajaban en los servicios de limpieza, sino también por los veterinarios que acompañaban el dispositivo. Rocío Mora y Luis Jiménez formaban parte del equipo asesor veterinario presente en el Tiro Nacional, donde se encargaban de apuntar y monitorizar la procedencia de los animales, registrar a los propietarios y anotar cualquier posible incidencia. Cada borrego cuenta con un crotal, una identificación individual colocada en la oreja, que permite conocer su origen y vincularlo con la explotación ganadera correspondiente.

Rocío Mora explicó que su labor consistía en “apuntar y monitorizar de dónde vienen los animales, de qué ganadería” y llevar también un registro de los dueños. Para ello se tomaban los datos del DNI y se anotaban posibles incidencias, como heridas o problemas relacionados con la identificación del animal. Ese control, según detalló, permite contactar con la ganadería o explotación de origen si fuera necesario. La figura del veterinario, en este contexto, funciona como asesoría y apoyo para que el sacrificio se desarrolle “lo más controlado posible”, especialmente desde el punto de vista de la salud pública y la seguridad alimentaria.

La procedencia de los animales es uno de los aspectos centrales del dispositivo. Los borregos no llegan desde Marruecos. Según explicaron los veterinarios, debido a la situación epidémica en el país vecino y al riesgo de fiebre aftosa, no se permite el paso de animales por la frontera terrestre. Melilla, regida por la normativa de la Unión Europea, tiene prohibida la entrada de este tipo de ganado por esa vía. Por ello, los animales vienen de la península, generalmente en barco, y pasan por ganaderías locales registradas, que funcionan como centros de cebo antes de que las familias los compren o recojan para la celebración.

Luis Jiménez, veterinario con años de experiencia en este tipo de dispositivos, recordó que la Ciudad Autónoma habilita estos espacios para que las familias puedan realizar el sacrificio fuera del ámbito doméstico, en condiciones más higiénicas y con servicios de apoyo. “Les facilita a las personas que puedan venir aquí con el borrego, faenarlo, y luego también hay servicios de limpieza”, señaló. Aunque la tradición se mantiene, la organización ha ido consolidándose con el paso del tiempo mediante carpas, ganchos, controles y zonas concretas para evitar que el sacrificio se realice sin garantías.

El veterinario explicó también que, al finalizar, los crotales se recogen y se entregan a Sanidad para que exista constancia del número de animales sacrificados en Melilla. Ese registro forma parte del control general del dispositivo y permite conocer cuántos borregos han pasado por los puntos habilitados. La labor veterinaria no sustituye al conocimiento de las propias familias, acostumbradas a revisar el animal antes de comprarlo. De hecho, tanto Rocío Mora como Luis Jiménez destacaron que muchas personas observan con atención el estado del borrego y detectan cualquier posible anomalía antes de consumirlo. La práctica del sacrificio también recae en las familias íntegramente.

En medio del ir y venir de familias, Sanya Mohamed acudió al Tiro Nacional con su cordero y explicó la dimensión religiosa y familiar de la jornada. Para ella, la matanza del cordero consiste en realizar una sunna desde la confianza y la fe en Dios. Antes del sacrificio, recordó, cada familia debe pronunciar “Bismillah” y “Allahu Akbar”, una fórmula indispensable dentro del rito. También subrayó la importancia de evitar que un cordero vea el sacrificio de otro, una recomendación ligada al respeto con el que se vive el momento.

La celebración no termina en el sacrificio. A partir de ahí comienza otra parte de la jornada, igualmente significativa. Según explicaba Sanya, las familias extraen los callos, el hígado y preparan platos como callos en salsa o pinchitos al carbón. La carne del cuerpo del animal suele consumirse al día siguiente, en elaboraciones gastronómicas tradicionales como tajines con ciruelas y almendras, entre otros platos típicos. Durante la mañana, en las casas, mientras se trabaja con el cordero, también se colocan dulces, bizcochos, frutos secos, miel o msemen en las mesas, como parte de ese ambiente festivo que se extiende durante varios días.

El reparto de la carne ocupa un lugar central en la celebración. Sanya insistió en que el cordero no debe quedarse entero en casa. La tradición marca que debe dividirse en tres partes: una para la familia, otra para invitados, amigos o allegados, y otra para personas vulnerables o familias que no han podido permitirse un cordero. Esa dimensión solidaria convierte el Eid al-Adha en algo más que una reunión familiar. “Esta fiesta está hecha para compartir, para ayudar, para apoyar”, explicó. Las puertas de las casas, añadió, quedan abiertas para recibir a quien quiera acercarse, sea de la cultura que sea.

La jornada tiene también una fuerte dimensión familiar. En muchos hogares, el día comienza con las tareas vinculadas al sacrificio y continúa con visitas a padres, abuelos, tíos y otros familiares. Sanya Mohamed relató que en su familia son numerosos, con abuelos, nietos y bisnietos, por lo que un solo día no basta para cumplir con todas las visitas. Por eso, la celebración se extiende durante varios días, entre comidas, meriendas, cenas, regalos, ropa especial y dulces para los más pequeños.

En el Tiro Nacional, hombres y mujeres compartían tareas alrededor del animal. Sanya explicó que tradicionalmente el sacrificio lo realiza el hombre, salvo en casos en los que no haya varón en la casa, pero el resto del trabajo se reparte. La retirada de la piel, el despiece y la preparación posterior pueden ser realizados por mujeres y hombres, sin una separación estricta. “El hombre ayuda a la mujer, y la mujer ayuda al hombre”, resumió. Rocío Mora también había observado esa presencia femenina como una parte fundamental de la tradición, especialmente en labores como retirar la piel o eviscerar.

La piel del cordero, que antiguamente se aprovechaba para otros usos domésticos, también forma parte de la memoria de la fiesta. Sanya recordó que sus abuelos y bisabuelos la trataban con mantequilla y la dejaban al sol durante varios días para utilizarla después como alfombra, asiento o elemento del hogar. Hoy, explicó, esa práctica ya no es habitual por motivos de higiene y por los cambios en las normas y costumbres, por lo que las pieles se depositan en los cubos correspondientes con el resto de partes del animal desechables, que se sellan y se entregan a Sanidad.

A medida que avanzaba la mañana, el dispositivo seguía funcionando con una precisión discreta. La seguridad controlaba los turnos en la entrada, los veterinarios registraban animales y propietarios, los operarios limpiaban cada zona tras el sacrificio y las familias continuaban llegando con sus borregos. La escena reflejaba una convivencia entre tradición religiosa, organización institucional y responsabilidad sanitaria.

El Eid al-Adha volvió así a hacerse visible en Melilla no solo como una festividad religiosa, sino como una jornada de comunidad. En el Tiro Nacional, entre el sonido del agua limpiando el suelo, las sonversaciones de los vecinos y el movimiento constante bajo las carpas, la ciudad mostró una de sus expresiones más arraigadas: la de una celebración que empieza con un rito de fe, continúa en las cocinas y las casas, y encuentra su sentido último en compartir más allá de los muros familiares.

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