Darse una vuelta por los Pinares de Rostrogordo en pleno julio describe una estampa diferente a la de otros momentos del año. Sin embargo, bajo la sombra de sus árboles, algunas familias pasan el domingo. No son muchas, las barbacoas están vacías y las mesas de madera desocupadas. Apenas hay coches, sirviendo de sombra para los gatos. No se escucha bullicio. Cerca del parque infantil, aparecen algunos grupos de familias que aprovechan el viento para pasar el día en la zona arbolada y disfrutar de una comida reunidos, relajados. El espacio entre unas y otros es grande, permitiendo la intimidad y no molestando con sonidos a las otras. Incluso, algún que otro melillense aprovecha para echarse una siesta con el viento a su favor. Un fenómeno meteorológico que alivia la sequedad y el calor de la zona. En las inmediaciones de la zona del camping, Malika, Nayima y su hijo se sientan alrededor de una mesa de metal plegable. Sobre ella, piezas de fruta y ensalada. En la nevera, refrescos y agua fresca que rápidamente te ofrecen con la hospitalidad y la naturalidad propia de las personas que no tienen temor a compartir experiencias y hablar con desconocidos. Enseguida, te prestan una silla y te invitan a conversar, dejándote formar parte por un momento de sus vidas. Y es que ellas no están ahí por casualidad, ni porque hoy el viento favoreciera la presencia de algunas personas más en los Pinares de Rostrogordo. Malika, Nayima y su familia lo tienen como rutina. Todos los domingos y festivos, sea la época que sea, todos ellos que reúnen bajo la sombra de los Pinos, disfrutando del espacio abierto y la comida compartida. “Los doce meses del año, llueva, haga frío, haga calor; estamos aquí”, asegura Malika con una fuerte sonrisa y motivación en su voz. Esta vez, el resto de personas que suelen acompañar sus aventuras domingueras no están, pero las esperan para la merienda. Una costumbre que transciende lo meramente familiar y de disfrute. Para Malika es una terapia que empezó hace tres o cuatro años, cuando su cuñada Nayima se lo propuso. Ella se siente mejor viniendo a los Pinos y no falla en su asistencia. Antes de esta historia de unión a esta zona alta de Melilla, para ella los domingos se convertían en un una modificación de su estado de ánimo. ”Me daba por llorar, me agobiaba, me asfixiaba”, asegura recordándolo, pero ahora “todo es diferente”. Su cuñada no sabía que este sentimiento acompañaba a Malika hasta que le confesó: “¿sabes que ahora me gustan los domingos y antes no me gustaban?”. Nayima no sabía que esto sucedía. Aquí ellas echan el día. Comen, meriendan y cenan. “Nos quedamos hasta las diez de la noche”, aseguran. Y es este lugar, entre comida, cafés y tés, de donde ellas salen renovadas. “Hablamos de nuestras cosas, nos deshagamos”. Incluso cocinan. “Hemos hecho caracoles, churros amasando aquí con doce personas, paellas de todo tipo, patatas bravas, cuscús”, relatan mientras recuerdan algunas de las pericias gastronómicas que han llevado a cabo. Ellas van a la playa, pero prefieren el campo el cual tienen estudiado en función de la temporada del año, el calor o la falta de luz. Con la situación de la frontera y la aportación de la zona vegetal, prefieren disfrutar de Rostrogordo en familia y de las nuevas amistades que siempre se traen.








