Juan Manuel Fernández Millán nació en Melilla en 1963, psicólogo de profesión y autor de "El silencio es cómplice". -Cedida por el novelista-
“27 minutos”. La respuesta fue breve, casi lacónica, pero dejó una huella inmediata en la sala. Ocurrió durante la presentación de Llueve sobre Intxaurrondo, la obra que Juan Manuel Fernández Millán escribió junto a Francisco Hermida Bouzas. En el turno de palabra, una persona del público quiso saber cómo se vivía realmente en el País Vasco durante los años del terrorismo. Entre los asistentes, alguien tomó la palabra y respondió: "27 minutos".
No se trataba de una persona desvinculada a la novela. Él era el prologuista de la obra y su historia personal se recoge en el personaje 'Santos'. Sus palabras en ese momento respondían a una escena concreta: 27 minutos fue el tiempo que permaneció sonando el claxon de un coche tras un atentado, en plena noche, sin que nadie acudiera a comprobar qué estaba ocurriendo.
Aquella imagen, sencilla pero inquietante, se quedó grabada en la memoria del escritor. No solo por la crudeza del hecho, sino por lo que representaba: el silencio, el miedo y la normalización de una violencia que durante años formó parte de la vida cotidiana en determinados lugares. Con el tiempo, aquella escena terminó convirtiéndose en el detonante de su nueva novela, El silencio es cómplice, una obra que vuelve a mirar hacia los años de plomo en Euskadi, pero desde una perspectiva más íntima y humana.
Si en trabajos anteriores el autor se había aproximado a la historia desde el contexto o la reconstrucción de acontecimientos, en esta ocasión el propósito es otro. Fernández Millán busca humanizar los hechos, poner el foco en las emociones y en las consecuencias que la violencia deja en las personas. La novela no pretende únicamente narrar un suceso, sino explorar lo que ocurre después: el impacto en las familias, el peso de la memoria y las heridas que el paso del tiempo no siempre logra cerrar.
El relato se construye alrededor de la historia de Hortensia y Antonio, conocidos como “los novios de Cádiz”. Ambos tenían poco más de veinte años cuando sus vidas quedaron truncadas. Hortensia había llegado al País Vasco para vivir con su hermana, casada con un guardia civil. Allí conoció a Antonio, compañero de su cuñado. Entre ambos comenzó una relación como tantas otras: encuentros, proyectos compartidos y la ilusión de una vida en común que empezaba a tomar forma.
Sin embargo, la realidad en la que vivían obligaba a moverse con cautela. El País Vasco de aquellos años era un lugar donde determinadas profesiones implicaban convivir con una amenaza constante. Según explica el propio autor, ser guardia civil suponía medir gestos cotidianos que en cualquier otro lugar pasarían desapercibidos, incluso el acento con el que uno hablaba.
La noche de Reyes, después de salir con amigos a una discoteca, el coche de la pareja fue ametrallado. Uno de los proyectiles quedó incrustado en el claxon del vehículo, que comenzó a sonar sin descanso. Durante 27 minutos, aquel sonido permaneció en la noche sin que nadie acudiera a ver qué estaba pasando. Ese momento marca el inicio de la historia que el escritor decide contar.
En un primer momento, Fernández Millán pensó que la novela debía terminar precisamente ahí, en esos 27 minutos suspendidos entre el ruido del claxon y el silencio del entorno. Pero conforme avanzaba en la investigación descubrió que la verdadera historia comenzaba después. Porque el atentado no terminó aquella noche. Continuó en la vida de quienes quedaron atrás.
Por eso la obra se estructura en dos grandes partes. La primera reconstruye la historia de Hortensia y Antonio hasta el momento del ataque, permitiendo al lector conocer a los protagonistas y entender el contexto en el que se desarrollan sus vidas. La segunda se adentra en el impacto que el crimen tuvo en sus familiares, en las consecuencias emocionales que se extendieron durante años y en la forma en que el recuerdo del atentado siguió presente en la vida cotidiana de quienes lo vivieron de cerca.
En ese terreno aparece uno de los ejes fundamentales de la novela: el duelo. Fernández Millán intenta reflejar lo que describe como un duelo patológico o inacabado, una situación en la que el dolor permanece porque nunca llegan las respuestas que permitirían cerrar la historia. La ausencia de una explicación clara sobre lo ocurrido deja abiertas preguntas que acompañan a las familias durante décadas.
Ese duelo se mezcla además con otro sentimiento que aparece en el relato: la culpa. En la novela, el cuñado de Hortensia, guardia civil, arrastra la sensación de que haber llevado a su familia al País Vasco pudo desencadenar la tragedia. Una idea que refleja cómo, en muchas ocasiones, quienes sobreviven a una pérdida terminan reprochándose decisiones que en su momento parecían normales.
El impacto del atentado se extiende también a los pequeños gestos de la vida cotidiana. Algunas celebraciones dejan de vivirse como antes. Determinadas fechas, especialmente las vinculadas a la Navidad, quedan inevitablemente asociadas al recuerdo de lo ocurrido. Para algunos familiares, volver a celebrar esos momentos resulta imposible.
Desde el punto de vista narrativo, la obra está construida principalmente en tercera persona, aunque esa voz narrativa se entrelaza en determinados momentos con la primera persona. El libro comienza con la figura de un narrador que aparece como periodista o historiador interesado en reconstruir la historia, una voz que introduce al lector en el relato antes de que la narración avance hacia los hechos.
El proceso de documentación tampoco fue sencillo. Según explica el autor, existe muy poco material escrito sobre el caso y los archivos judiciales no están accesibles, lo que obligó a reconstruir parte de la historia a partir de referencias dispersas y testimonios.
La investigación judicial del atentado tampoco logró ofrecer respuestas definitivas. Hubo dos intentos de reabrir el caso. El primero se produjo cuando, tras la detención de un comando en Madrid, una de las armas incautadas coincidía con las balas recogidas en el escenario del crimen. Sin embargo, el proceso se cerró sin que se identificara a los responsables.
Años más tarde se produjo un segundo intento dentro de un programa denominado Dignidad, impulsado para esclarecer atentados de ETA que habían quedado sin resolver. Tampoco entonces se logró avanzar. Hoy, décadas después, sigue sin saberse quién disparó contra el coche de la pareja.
La novela cuenta además con un epílogo firmado por José Luis Rancaño, productor del cortometraje documental 27 minutos, una obra relacionada con el episodio que inspiró el libro; y el prólogo de un superviviente de uno de los atentados de la organización.
De la misma forma, el título de la novela procede de una frase escrita por Yoyes, antigua integrante de ETA que decidió romper con la organización y acogerse a la ley de amnistía durante la Transición. En una carta enviada desde el exilio antes de regresar a España, advertía de la necesidad de denunciar públicamente la violencia y afirmaba que “el silencio es cómplice”. Aquella reflexión, surgida en un momento en el que algunos sectores empezaban a cuestionar la continuidad de la violencia, es la que Fernández Millán rescata para dar nombre a su obra.
El tono general del libro es, en palabras del propio autor, inevitablemente pesimista. El lector termina la historia con una sensación amarga, algo que responde a la propia naturaleza de los hechos narrados. Hay historias que no pueden cerrarse con un final plenamente reparador porque la realidad tampoco lo tuvo.
Aun así, el proceso de escritura incorporó un pequeño matiz inesperado. Tras leer el manuscrito, la esposa del escritor le comentó que la historia no podía terminar de esa forma. A partir de esa conversación, Fernández Millán decidió añadir un último capítulo en el que el personaje del escritor imagina un final alternativo en el que el atentado no llega a producirse. Ese recurso no altera los hechos, pero introduce un momento de respiro dentro de una narración marcada por la tragedia.
Más allá de esta historia concreta, el autor explica que sus novelas responden también a una inquietud más amplia: recuperar relatos y figuras que han quedado en los márgenes de la historia. En obras anteriores ya había abordado episodios vinculados a Annual o a la trayectoria de miembros de la Guardia Civil, con la intención de rescatar vidas que el paso del tiempo ha ido difuminando.
Para Fernández Millán existe, además, una deuda con quienes vivieron aquellos años, con un sector de la población que durante décadas convivió con el miedo y cuyas historias, en muchos casos, apenas han sido contadas.
Esa mirada hacia los relatos olvidados tiene también un origen personal. El escritor recuerda una anécdota que su padre le contaba sobre una experiencia en la memoria de su abuelo en Zaragoza. Tras una corrida de toros, la multitud sacaba a hombros al torero mientras un anciano tenía que apartarse de la calle para dejar paso al gentío. Aquella figura casi invisible entre la multitud era Santiago Ramón y Cajal. La escena quedó grabada como una metáfora: a veces las figuras más importantes de la historia pasan desapercibidas en medio del ruido del momento.
Con El silencio es cómplice, Juan Manuel Fernández Millán vuelve a detenerse precisamente en ese territorio: el de las historias que permanecen en silencio y las vidas que aún esperan ser contadas. La obra se encuentra actualmente en imprenta y ya existen programadas algunas presentaciones, aunque Melilla todavía no tiene fecha.
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