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El Gordo sale, pero la ilusión se queda en Melilla un año más

Del 79.432 a la pedrea: los melillenses convierten el sorteo de la Navidad en una mañana de humor, esperanza y planes compartidos y con la ilusión de que el año que viene, toque en la ciudad autónoma

por Tania Chocrón
22/12/2025 14:11 CET

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El 22 de diciembre no es un día cualquiera en Melilla. Aunque el lunes avance con su ritmo habitual, el Sorteo Extraordinario de la Lotería de Navidad introduce una banda sonora distinta: números cantados, llamadas para comprobar décimos, comentarios cruzados en la calle y televisores encendidos en bares o casas. El sorteo no solo reparte premios; reparte conversación. Y en esa conversación aparecen los mismos ingredientes de cada año: la ilusión, la resignación, el “a ver si cae algo” y el “el año que viene”.

El Gordo ya ha salido. El 79.432. Y a partir de ahí, la ciudad reacciona como siempre: comprobando, preguntando, compartiendo impresiones. En la práctica, para la mayoría, el día se resuelve entre devoluciones, pedreas pequeñas o nada. Pero la jornada no se mide únicamente por números, sino por escenas: grupos que se reúnen para desayunar, vecinos que se enteran de los resultados sobre la marcha, jóvenes que mantienen la esperanza hasta el final del sorteo y personas que, aunque no ganen, desean que el premio haya ido “a quien lo necesite”.

El día del sorteo

En la mañana del sorteo, la lotería se cuela en lo cotidiano. Hay quien sigue las tablas desde primera hora y quien, sencillamente, se entera por comentarios. La pregunta se repite con naturalidad en cada esquina: “¿Te ha tocado algo?”. Y la respuesta, casi siempre, llega acompañada de un gesto de hombros, una risa o una frase de ánimo.

Rocío lo resume de forma directa: “Pues bueno, el gordo ya ha salido. Ha sido el 79.432”. Esa cifra se convierte, por un rato, en la palabra más repetida del día. Para algunos, es una decepción. Para otros, un cierre: ya se sabe lo principal, y el resto del sorteo se sigue con una mezcla de esperanza y aceptación.

En Melilla, como en tantas ciudades, el sorteo se vive también como un ritual social. No solo se trata de ganar: se trata de mirar juntos, de comentar juntos, de bromear juntos. Incluso cuando el resultado no acompaña, queda la sensación de haber compartido un momento colectivo.

"Las californianas"

La imagen más viva de la mañana la protagoniza un grupo de mujeres que se reúne con frecuencia, se organiza y se acompaña. Mari Carmen explica el origen con la espontaneidad de quien habla de algo profundamente integrado en su vida.

A la pregunta de cómo nace la iniciativa y desde cuándo se reúnen, lo cuenta así: “La verdad es que la cabecilla del grupo es Tere. Ella nos reunió… fuimos poco a poco juntándonos unas pocas”. No se definen como asociación propia, aunque estén apuntadas en una entidad: “No somos una asociación porque estamos apuntadas así, en la asociación del tesorillo, pero nosotros, por nuestra cuenta, pues llevamos distintas cosas”.

La lista de esas “distintas cosas” suena a agenda de amistad y apoyo cotidiano: “Nos juntamos para ir a tomar café, para venir a desayunar, para tomar una copa”. Y en ese “nos juntamos todas” hay algo más que ocio: hay pertenencia.

Mari Carmen añade una capa personal a la historia: “Yo, precisamente, soy de las últimas porque he venido de Granada. Soy de aquí, pero viví allí y me he venido de aquí definitivamente cuando me quedé viuda”. Y desde entonces se unió al grupo: “Yo me uno a todo lo que hacen ellas”.
El grupo tiene incluso una identidad: “las californianas”. Y ese apodo viene de un sitio concreto. Mari Carmen lo explica con detalle: “Ya lo empezamos a hacer en el California de arriba, por eso nos llamamos las californianas, porque allí era donde íbamos normalmente a desayunar”.

Con el tiempo, el lugar cambió, pero no la rutina: “Después ya cuando lo han puesto de otra manera… nos hemos venido aquí, entonces venimos aquí todos los días a desayunar, celebramos aquí nuestras cosas”. Es decir: el espacio se adapta, pero la tradición permanece.

Ese vínculo con el desayuno diario, con la reunión, con la costumbre, encaja perfectamente con la Lotería de Navidad: no es solo un sorteo, es una excusa para encontrarse, para comentar, para reírse un rato. La lotería actúa como hilo conductor.

Panderetas y anís

En el grupo, el ambiente navideño se refuerza con música y humor. “Un día dijeron, oye, pues ¿por qué no nos traemos las panderetas?”, recuerda Mari Carmen. Y esa decisión, aparentemente pequeña, transforma la reunión en una escena de Navidad reconocible: cánticos, palmadas, complicidad.

Este año, sin embargo, ha habido un despiste que se cuenta entre risas: “Este año se nos ha olvidado traer la botella de anís o de coña”. Y lo remata con una frase que suena a copla improvisada: “Este año estamos en seco, por eso cantamos que no veo venir la copa del aguardiente”.

Entre broma y broma, Mari Carmen señala lo esencial: “Lo pasamos muy bien, ya lo ves, y además estamos muy unidas”. La unión no es solo presencial. También es digital: “Tenemos un grupo en el Facebook y en Whatsapp”, explica, y ahí organizan planes y decisiones.

Deseos individuales

La lotería aparece en el grupo como una mezcla de ilusión compartida y apuesta personal. Mari Carmen lo cuenta sin exageraciones: “Estamos esperando a ver si nos salga alguno, porque hemos comprado entre todas dos… luego cada una lleva la suya particularmente”.

La expectativa es realista y, a la vez, esperanzada. Porque no es un grupo de personas que “vayan sobradas”: “No somos ricas, somos todas trabajadoras”. Y por eso, aunque el premio no sea enorme, tocar algo ya sería un alivio, un respiro, una anécdota feliz para recordar.

De momento, la realidad manda: “De momento no ha salido nada, de momento no”. Y ahí entra el humor: “Tendríamos que tocar madera por algún lado, porque aquí tampoco hay madera”. Ese tipo de frases sostienen el espíritu del día: perder sin amargura, reírse, seguir.

La conversación con Mari Carmen termina derivando hacia un mensaje que funciona como cierre emocional del sorteo cuando la suerte no acompaña. “Y si no tocan, pues mira, la alegría”, dice. Reconoce el tópico habitual: “La gente dice la salud”. Pero ella añade un matiz que se queda flotando en el ambiente.

“Salud, todo el mundo tenemos algún pique, pero la alegría la podemos tener todo el mundo”. Y remata con una frase que podría servir de lema para todo el 22 de diciembre: “Alegría, alegría y buen humor y llevarnos bien y pasarlo bien”.

El sorteo, en su caso, se convierte en un pretexto para celebrar la compañía. Un premio que no depende del azar.

Los que no se enteraron

No todos viven el sorteo pegados a una pantalla. Reme representa a quienes mantienen la rutina y se enteran por la calle, por la conversación, por el encuentro. “Yo esta mañana he salido, como siempre, a desayunar, pero no lo había visto y me estoy enterando por vosotros”, explica.

Cuando se le pregunta en qué ciudad ha caído el Gordo, responde con honestidad: “Ni idea”. No hay pose: simplemente no lo estaba siguiendo. Y, aun así, participa del ambiente porque el ambiente la alcanza.

Sobre sus números, menciona detalles sueltos: “El 9, el 8 y el 0. Y además regalado, que me lo regalaron”. En esa frase hay otra tradición del 22 de diciembre: regalar décimos, compartirlos, entregarlos como gesto afectivo.

Y aparece, como tantas veces en Melilla, el deseo de que toque algo “aunque no sea el Gordo”: “A ver si tenemos suerte y nos toca un cuarto o quinto premio”. La esperanza se ajusta a la realidad, pero no desaparece. Reme añade una percepción repetida en el imaginario local: “En Melilla nunca ha tocado gordo”. Y lo dice con una mezcla de extrañeza y cariño: “Yo no sé por qué esta ciudad, con lo buena que es Melilla”.

Esperanza hasta el final

Miriam habla desde la ilusión, incluso cuando el balance todavía es negativo. “Con ilusión y con ganas de que a todos nos hubiesen tocado”, resume. Ella había jugado “tres” décimos y, por el momento, “nada”.

No hay dramatismo. Hay paciencia: “Veremos a ver si hay suerte hasta que finalice el sorteo”. En su tono se percibe algo muy del 22 de diciembre: aunque el Gordo ya esté cantado, muchas personas mantienen la atención por si aparece un premio menor que cambie el día.

Y cuando no aparece, Miriam recurre a la frase que cierra el año lotero: “Y si no, el año que viene… que nos toque el Gordo en Melilla”. No es solo un deseo individual; es un deseo colectivo, repetido como conjuro.

"Primero ayudar"

Rocío ofrece una mirada más reflexiva. Acepta que no le ha tocado el Gordo: “Por desgracia, a mí no me ha tocado el gordo. Una lástima”. Pero añade un pensamiento que cambia la interpretación del sorteo: “Si ese gordo ha salido en sitios donde se deba de tener y le ha tocado a gente que lo necesite, aquí todos contentos”.

Habla de “devoluciones”, ese resultado frecuente que deja el sorteo en una zona neutra: no se gana, pero tampoco se pierde del todo. Y explica que juega “compartido, compartido. Siempre”, porque compartir es casi la norma: con familia, amigos, compañeros.

Cuando se le pregunta qué haría si le tocara un premio importante, responde con claridad: “Primero ayudar”. Lo justifica en lo cotidiano: “En la familia siempre hay cositas”. Y cierra con una idea práctica: “si se tiene que ayudar… se hace”.

En Melilla, el sorteo deja un balance emocional más complejo que el de los números. Está la decepción de quien no ha rascado nada, sí. Pero también está el orgullo del grupo que se reúne, la risa de las panderetas sin anís, el comentario casual de quien se entera “por los demás”, la esperanza tranquila de quien aguanta hasta el final, y la reflexión de quien piensa en los demás incluso en un día de azar.

El Gordo es un número —79.432—, pero el 22 de diciembre es, sobre todo, una escena tradicional. Una ciudad que se pregunta y se responde. Una ciudad que comparte décimos y comparte frases. Y que, cuando no toca, se queda con lo que Mari Carmen resumió mejor que nadie: alegría, buen humor, y la decisión sencilla de “llevarnos bien y pasarlo bien”.

Tags: LoteríaNavidadNoticias de Melilla

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