Hoy, 20 de marzo, ha tenido lugar la celebración del Eid al-Fitr, la Pascua que pone fin al Ramadán. Es una experiencia que se vive con los cinco sentidos. Desde el silencio recogido del rezo hasta el bullicio de las casas abiertas, pasando por el aroma dulce del desayuno que rompe el ayuno tras un mes entero de disciplina espiritual.
La jornada comenzó antes incluso de que Melilla despertase del todo. Ha sido día de estreno: ropa nueva, perfumes, detalles cuidados. Se trata de presentarse ante Dios y ante la comunidad en el mejor estado posible, como culminación de un mes que, para los musulmanes, ha servido para purificar cuerpo y alma.
El primer gran momento del día ha sido el rezo del Eid. Tradicionalmente, en Melilla se celebra de forma multitudinaria en la Musal-la, un espacio abierto que permite reunir a miles de fieles. Este año, sin embargo, la imagen ha sido distinta.
La explanada de San Lorenzo, donde estaba previsto el rezo colectivo, ha quedado vacía. La Comisión Islámica de Melilla decidió suspender este acto debido a las previsiones de lluvia para el viernes y el sábado, priorizando la seguridad y el normal desarrollo de la jornada.
En su lugar, la oración se ha trasladado a las mezquitas de la ciudad, donde los fieles se han distribuido para cumplir con este rito fundamental.
Así, la Mezquita Central de Melilla y otros templos han acogido a cientos de personas. Dentro y fuera de los recintos, alineados, hombro con hombro, los fieles han rezado en comunidad. Porque si algo define este momento es precisamente eso: la colectividad. El Islam recomienda especialmente el rezo conjunto en fechas señaladas como esta.
Tras la oración ha llegado el jutba, el sermón. Es el momento de recordar el sentido profundo del Ramadán. No solo ayunar, sino mejorar como persona, ser más solidario, más consciente, más espiritual.
El Eid al-Fitr no es una ruptura brusca, sino una transición. El Ramadán ha sido un tiempo de autocontrol, de generosidad y de introspección. De hecho, antes incluso de acudir al rezo, muchos fieles han cumplido con la zakat al-fitr, una limosna obligatoria destinada a quienes más lo necesitan. Es una forma de garantizar que todos puedan celebrar la Pascua con dignidad. Es una festividad que no se entiende en soledad.
Después del rezo, la ciudad ha cambiado de ritmo. Las calles se han vaciado y la vida se ha trasladado al interior de los hogares. Es entonces cuando ha sido momento del desayuno, uno de los rituales más esperados.
Y aquí es donde realmente empieza la celebración en su versión más cercana. Si alguien tiene la suerte de ser invitado a una casa ese día, entenderá por qué esta fiesta se vive tanto desde dentro.
En las mesas aparece el cus cus con leche y calabaza, acompañado de una auténtica explosión de dulces: pastas, pañuelos, jeringos… Todo regado con té moruno. No es una comida cualquiera, es el primer alimento que se toma de día tras un mes entero de ayuno desde el alba hasta el ocaso.
Las cocinas se convierten en espacios vivos, donde varias generaciones colaboran, prueban, corrigen y comparten. No hay prisa. Es un momento para estar.
Si hay protagonistas indiscutibles en el Eid al-Fitr, son los niños. Reciben regalos, dinero, golosinas. Corren de casa en casa, estrenan ropa, enseñan lo que han recibido. La fiesta, para ellos, tiene una dimensión casi mágica.
Pero no solo ellos. A lo largo del día, las familias inician un recorrido que forma parte esencial de la tradición: visitar a familiares, amigos y vecinos. Las puertas están abiertas. Se entra, se saluda, se felicita —“Eid Mubarak”— y se comparte algo dulce.
Es un día de tránsito constante, de encuentros breves pero intensos y de abrazos repetidos.
Este año, la borrasca Therese no ha permitido la gran imagen del rezo masivo al aire libre. Pero no ha cambiado lo esencial.
A pesar de la lluvia, el ambiente no se ha visto empañado. “Al mal tiempo, buena cara”, comentaba Yusef, mientras compartía sonrisas con otros fieles a las puertas de la mezquita.
Porque, como repiten muchos fieles, lo importante no es el lugar, sino el significado. La comunidad se adapta. Si no hay explanada, hay mezquita; si no hay sol, hay igualmente celebración. El Eid al-Fitr se vive igual.
Otros jóvenes, como Tarek, incidían en la misma idea. Lo importante es rezar juntos y compartir el día con la familia.
En una ciudad como Melilla, donde esta festividad es además oficial en el calendario, el Eid al-Fitr trasciende lo religioso. Es una expresión de identidad, de convivencia y de cultura compartida.
Es, en definitiva, un día que empieza en silencio, en fila para rezar, y termina entre risas, visitas y mesas llenas.
El Eid al-Fitr se consolida así como una jornada de “unión y alegría”, en palabras de los propios protagonistas. Un día en el que, si te invitan a entrar en una casa, no solo pruebas su comida. Entiendes su forma de celebrar la vida.
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