Esta mañana, el salón de actos de la Consejería de Cultura fue el escenario elegido para transformarlo en un jardín de memoria y dignidad. De esta forma, todos los allí presentes, mujeres y niñas, padres, tías, abuelos y vecinos han rendido un tributo al alma resiliente del pueblo gitano. El acto, marcado por el respeto, la emoción y la esperanza, fue una auténtica ceremonia de flores, de palabras, de verdad, y sobre todo de vida.
Desde la primera fila hasta la última, cada asistente fue invitado a pasar al centro del recinto para recoger una flor. Una flor por cada amistad rota por la intolerancia. Una flor por cada infancia truncada. Una flor por cada historia que el tiempo y la represión trataron de silenciar. Las tías de la segunda fila, con su caminar sereno, y los niños con la mirada limpia, tejieron un mosaico de colores que habló más alto que cualquier discurso.
Presidía el acto la bandera del pueblo gitano, símbolo de ese largo camino desde la India hasta Europa, que aún continúa. “Es la rueda de la historia, del viaje, de la vida nómada, de la libertad que nadie puede quitarnos”, comentan desde la organización del encuentro.
El acto culminó con la proyección del documental “La Gran Redada”, dirigido por Pilar Távora, guionista y productora gitana que ha llevado al cine los oscuros episodios de discriminación institucional que sufrió su pueblo. Una pieza necesaria y potente, que pone luz donde antes hubo silencio. Y es que tal y como alegan: “No solo sabemos cantar y bailar. También sabemos contar nuestra historia, y queremos que se sepa”.
Las mujeres tuvieron un papel central en la jornada. No solo por su presencia activa, sino por el legado que representan. Las madres que escondieron sus lágrimas para cuidar a sus hijos. Las abuelas que cantaron nanas bajo las estrellas para ahuyentar el miedo. Las jóvenes que hoy levantan la voz por un futuro más justo. En sus rostros se veía la belleza y la fuerza de quienes han resistido siglos de exclusión sin perder el alma.
Una frase que ha resonado al final del acto: “Nos necesitamos como personas, como familias, como colectivos”. Porque la historia de España también es la historia gitana. Y solo desde el reconocimiento mutuo podremos construir una sociedad donde el respeto no sea la excepción, sino la norma.
Hoy no se conmemoró solo el pasado. Hoy se tejió comunidad. Se abrazaron generaciones. Se cantaron verdades. Y sobre todo, se sembró esperanza. Que el Samuradipen no sea solo un recuerdo, sino una semilla. Que la flor entregada no sea solo un gesto, sino un compromiso.
Y que “cada mujer gitana siga siendo raíz, ala y fuego”.








