Era un incipiente invierno de 1978. En aquel lejano diciembre de hace 47 años nos dimos la Constitución, no vino ni por dinastía ni por herencia alguna, si acaso un malo bagaje de división a tener en cuenta, nos la dimos. Fue un hecho de la voluntad decidida y necesaria, imprescindible. La Constitución Española, se recuerda, nació como una herramienta inclusiva que, amparada en derechos y deberes de todos los españoles, se convirtió bajo un acuerdo muy mayoritario (casi el 90 por ciento de los votantes) en su ajuste, de todos y por todos.
47 es el número de la calle que decidimos recorrer. Una calle donde ni faltaron ni faltan recodos oscuros pero, al fin y al cabo, la mejor dirección hacia ese futuro que nace cada día y no tiene fin.
Puede que ahora, cuando difícil es recordar un periodo en el que las emociones y la solidaridad hayan ido menos parejas entre la política y la sociedad, esta norma fundamental cobre más valor incluso.
Los juegos de poder de la política, sus exigencias y también algunos desvaríos a lo largo de los años, al tiempo que se le cite, venere y rinda homenaje a la Carta Magna, han ido erosionando esa inclusividad. Pero sigue siendo un documento primordial que nos hacía, como nos hace, más iguales y más responsables de nuestro propio destino. Responsables, también para decidir sin más lealtad primigenia que a las leyes y al respeto por el otro. Merecedores, así mismo, de derechos para elegir opciones dentro de una sociedad en orden; urdidores de un espacio común diverso y tolerante, abierto a las oportunidades pero guardián y dique frente a las iniquidades. Transcurrido este espacio de tiempo, en el que considerar su duración dependerá del prisma con el que se mire, la Constitución continua pidiendo la confianza del futuro y la aceptación del presente y todo lo que verdaderamente importa está sujeto a su encaje en ella; ser constitucional es garantía de legalidad, aunque a veces se retuerce.
Quizás su principal asignatura pendiente sea el conocimiento de ella, su trascendencia y alcance. Ello debiera ser y fortalecerse así desde edad temprana y no únicamente avanzado el Bachillerato y por exigencias del temario oficial. Impulsarlo con una pronta pedagogía que abunde en la perspectiva, no sólo en el hecho histórico de suma referencia, también el análisis y valoración de quienes en breve tomarán decisiones en su vida y además serán en el futuro electores.
La Constitución, aquella que nació de una necesidad y voluntad democráticas, podría ser aquella que alcance su mayor cenit, como una mejor versión de sí misma, en su espíritu y fuerza, cuando consiga en un grado óptimo que todos y cada uno valoren y comprendan la crucialidad y beneficio de pertenecer a una sola comunidad.
Una comunidad de ciudadanos libres y representados por gente con el mínimo exigido se honradez, una libertad acompañada y permeable con la de los demás.
Vivió la Carta Magna uno de sus momentos mas singulares durante la pandemia de Covid y sus imperativos. Hoy, en el presente, vive otro por la polarización de la sociedad y el arrecio de la posverdad.
No se trata tanto de airear símbolos y solemnidad ritos, que también, sino de afianzar valores comunes y no intereses particulares ni brotes mesiánicos. El mejor homenaje a la Constitución es, entre otras exigencias de protección, la organización y tutela de la salud pública, igualmente del derecho a la educación en todos sus niveles o el amparo a quienes sufren la pobreza y la exclusión social.







