La depresión es uno de los trastornos mentales más comunes y, al mismo tiempo, más invisibilizados. Aunque afecta a cientos de millones de personas en el mundo, aún sigue rodeada de estigmas, incomprensión, soledad y silencio. Cada 13 de enero se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Depresión, una fecha que busca precisamente romper ese muro y dar voz a quienes la sufren.
“La depresión no es simplemente estar triste”, explica Belén Sola, psicóloga de Feafes Melilla. Es un trastorno complejo que involucra diferentes niveles: afectivo, cognitivo, físico, comportamental y social. Entre los síntomas más comunes están una tristeza intensa y mantenida en el tiempo, la irritabilidad, pérdida de interés por actividades antes placenteras, trastornos del sueño, fatiga crónica, problemas de memoria o concentración, falta de apetito o incluso pérdida de peso. También se produce un aislamiento progresivo: la persona deja de relacionarse, evita el contacto y se encierra en sí misma.
Las causas que pueden provocar una depresión son múltiples y no siempre fáciles de detectar. Hay componentes genéticos que predisponen a algunas personas a padecer trastornos mentales, igual que ocurre con enfermedades orgánicas. También influyen factores de personalidad, como una tendencia al perfeccionismo o una visión melancólica de la vida, así como traumas no resueltos que pueden permanecer latentes durante años. A esto se suman los acontecimientos vitales —esperados o inesperados— que alteran el equilibrio emocional: una pérdida, una ruptura, una mudanza o incluso el fenómeno del “nido vacío”. El entorno social también desempeña un papel clave. Y hay casos en los que la depresión aparece sin que haya un desencadenante externo claro. “No siempre hay un motivo identificable. A veces es la combinación silenciosa de varios factores la que precipita el trastorno”, señala la psicóloga.
A nivel biológico, hay una alteración real en el equilibrio químico del cerebro. “Nuestro sistema tiene mecanismos para regular estados de ánimo bajos. Pero en la depresión, esas sustancias están descompensadas. Por eso, muchas veces es necesario un tratamiento farmacológico que ayude a restablecer ese equilibrio”, explica Sola.
Sin embargo, la medicación no es la única solución. Sola insiste en que el tratamiento debe atender varios pilares: atención médica, psicoterapia, apoyo social y comprensión del entorno. “Hay personas que delegan toda la responsabilidad en la pastilla, y otras que se resisten completamente a tomarla. En ambos extremos hay riesgos. Es un proceso en el que hacen falta varias herramientas”, señala.
Uno de los puntos clave para iniciar ese proceso es reconocer el problema. Pero ahí es donde muchas personas se estancan. Por vergüenza, por miedo, por desconocimiento o porque los síntomas no se identifican como parte de un trastorno. “Muchas veces se confunde con una mala época. Se tiende a aguantar, a seguir tirando, aunque todo dentro te diga que no puedes más”, comenta.
Los manuales de diagnóstico indican que para hablar de depresión deben cumplirse ciertos criterios durante un periodo determinado. Pero incluso quienes cumplen esos criterios, a veces no llegan a las consultas. Eso hace que las cifras reales estén muy por encima de las registradas oficialmente. Según la OMS, más de 300 millones de personas en el mundo padecen depresión. En España, la cifra se aproxima a los tres millones, asegura Sola. Pero detrás de esos datos, hay muchas más personas que conviven con síntomas sin diagnóstico ni tratamiento, por lo que la incidencia sería mayor que la que reflejan los datos.
Este trastorno tampoco afecta a todos por igual. Las mujeres duplican los datos de los varones. Además, hay otros colectivos especialmente vulnerables a padecer este trastorno mental, que vive y convive con otros trastornos como la ansiedad. Hablamos de personas migrantes, personal sanitario, cuerpos de seguridad, y también niños, niñas y adolescentes. “Nos cuesta pensar que alguien que se dedica a cuidar a otros —como médicos, enfermeros o agentes— también pueda estar sufriendo. Pero ocurre. Nadie está libre de padecer un problema de salud mental”, subraya Sola, quien expresa la complejidad en situaciones muy graves que pueden derivar en suicidio.
En el caso de la infancia y la adolescencia, la psicóloga destaca que, aunque pueda sorprender, los menores tienen a veces más capacidad que los adultos para identificar y verbalizar lo que les ocurre. “Los niños lo expresan de forma más visible, tanto física como emocionalmente. En cambio, los adultos tienden a ocultar, a restarle importancia o a no entender del todo qué les está pasando”, explica.
Frente a esta complejidad, una de las herramientas más poderosas. Quien sufre depresión no necesita consejos ni frases hechas. Necesita sentir que no está solo. “Frases como ‘tú puedes con todo’ o ‘verás como mañana estás mejor’ pueden parecer bienintencionadas, pero no ayudan. Incluso pueden hacer sentir culpable a quien las escucha”, advierte Sola.
Por eso, la clave está en estar presente, escuchar, validar el dolor y no juzgar. Acompañar no significa resolver. Significa sostener, incluso sin saber exactamente qué decir. “Mostrar apoyo incondicional, sin paternalismos ni imposiciones, es uno de los mayores regalos que podemos hacerle a una persona que está atravesando una depresión”, añade. Al tiempo que sostiene la necesidad de acompañar, pero también redirigir a la persona al ámbito sanitario, a especialistas.
Otro de los mitos más dañinos es el que asegura que la depresión es para toda la vida. No siempre es así. Hay casos crónicos, pero muchos otros son temporales y tienen buen pronóstico si se tratan adecuadamente. “Depende de la gravedad, del momento vital, del apoyo que tenga la persona y de las decisiones que pueda ir tomando en su proceso de recuperación”, apunta.
También hay que entender que hay diferentes formas de depresión. Algunas, como la distimia, son más moderadas pero persistentes. Otras, como la ciclotimia, se relacionan con variaciones del estado de ánimo más suaves pero prolongadas. Cada caso es único, y por eso es tan importante el abordaje profesional personalizado.
Hablar de depresión no solo ayuda a quienes la padecen, sino también a quienes podrían estar atravesándola sin saberlo. En los últimos años, el lenguaje y el enfoque social hacia la salud mental han ido evolucionando. Se ha pasado de hablar de “locos” o “enfermos mentales” a usar términos como “trastornos de salud mental” o “personas con experiencia propia”. Más allá del nombre, lo que importa es cambiar la mirada: entender que tener un problema de salud mental no te define, no te invalida y no te excluye.
Como sociedad, aún queda mucho camino por recorrer. La depresión no siempre se ve. No se lleva en la frente. No siempre tiene una causa concreta. Pero está. Y puede afectar a cualquier persona, en cualquier momento. Por eso es necesario seguir hablando, informando y rompiendo estigmas.
El Día Mundial de Lucha contra la Depresión, que se celebra cada 13 de enero, es una oportunidad para eso: para dar visibilidad, generar conciencia, honrar a quienes la padecen y también a quienes acompañan. Es un día para recordar que la salud mental es parte inseparable del bienestar y que nadie debería atravesar esta enfermedad en soledad. Desde Feafes Melilla, Sola y su equipo trabajan a diario para atender, orientar y apoyar a quienes atraviesan problemas de salud mental.








