Este lunes fue enterrado Ángel Castro, el carismático director del centro asociado de la UNED en Melilla, quien falleció súbitamente el fin de semana, víctima de un infarto.
La iglesia del Sagrado Corazón se llenó de gente para asistir a la despedida de un hombre que combinaba su sabiduría y su gusto por la cultura con un modo campechano de tratar a las personas. Él siempre estaba dispuesto a difundir todo su conocimiento y a ayudar al de al lado en cualquier cosa que estuviera a su alcance, pero nunca miraba por encima del hombro a nadie, sin importar su formación o su clase social, a pesar de todo el bagaje cultural que atesoraba.
Para ver cuánto se lamenta su ausencia, no hay más que ver la cantidad de reacciones que se han producido desde el sábado de personas e instituciones lamentando su pérdida, incluidas las condolencias de El Faro de mano de Salomón Serfaty.
Todo eso da cuenta de su talla como persona. Sin duda, además de sabio, era bueno.
Y, al final, está el legado que uno deja cuando muere, uno que, en el caso de Ángel Castro, será inolvidable en Melilla, de modo que no sería extraño que, en un momento dado, la Ciudad Autónoma -que ya ha adelantado que concederá la Medalla de Oro de Melilla a la UNED- acuerde poner su nombre a alguna calle o, mejor aún, un centro cultural. El Palacio de Exposiciones y Congresos podría ser un buen lugar.
Otra opción que no habría que descartar es que la Universidad Nacional de Educación a Distancia -de cuyo centro asociado fue director tantos años- decidiera, por ejemplo, ponerle su nombre a alguna de sus aulas, singularmente la 10, donde tantos libros, conferencias y películas presentó.
En cualquier caso, allá donde esté, Ángel Castro puede estar tranquilo. La vida de una persona se resume en el recuerdo que deja al marcharse y en cómo los demás muestran por quien se va respeto y amor. En su caso, no cabe duda, vistas las muestras de cariño, de que ha sido así.
Y es que bien podría haber hecho suyos los versos de Antonio Machado en su poema ‘Autorretrato’: “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, / pero mi verso brota de manantial sereno; / y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Eso se lleva; eso nos deja, además de un inabarcable legado.








