Alicia Merino, joven cofrade vinculada desde su nacimiento a la Venerable y Muy Piadosa Cofradía del Santísimo Cristo de la Paz y de la Soledad de Nuestra Señora, será este Viernes Santo la encargada de protagonizar el acto de desagravio frente a la Tribuna, en plena carrera oficial. Un momento de profundo simbolismo dentro de la Semana Santa que, en su caso, adquiere un matiz singular al estar encarnado por una voz joven que representa, al mismo tiempo, la continuidad de la tradición y su proyección hacia el futuro.
Su designación supone una excepción dentro de la práctica habitual de la cofradía, donde este acto ha recaído tradicionalmente en personas con una larga trayectoria. Por ello, la joven reconoce haber recibido la noticia con una mezcla de vértigo, emoción y sentido de la responsabilidad. “No me veía preparada, pero sabía que era un privilegio y que tenía que hacerlo”, explica. Aquella primera impresión ha ido transformándose con el paso de los días en una vivencia más profunda, marcada por la reflexión, la preparación interior y el descubrimiento personal.
El desagravio, difícil de encerrar en una definición precisa, se construye desde la emoción y la espiritualidad. Tal y como lo describe Merino, es un acto de recogimiento en el que el cofrade se sitúa frente a la Virgen en su soledad, representando el dolor de una madre tras la muerte de su hijo. “Es estar frente a una madre a la que le han reventado a su hijo, que está sola, que está triste; y, como pecadores, le pedimos perdón y la acompañamos”, expresa con sinceridad. La escena, aunque se desarrollará este Viernes Santo ante la mirada de numerosos fieles, se convierte en un diálogo íntimo entre quien pronuncia las palabras y la imagen a la que se dirige.
En ese sentido, la joven insiste en que la dimensión pública del acto no diluye su carácter personal, sino que lo refuerza. “Aunque esté rodeada de personas, al final estamos ella y yo”, afirma, anticipando un instante que se vivirá desde la intimidad, desde la fe y desde una conexión emocional.
La preparación para ese momento ha supuesto para Merino un proceso que trasciende lo estrictamente cofrade. A través de visitas a la capilla, momentos de recogimiento en soledad y una inmersión en textos y referencias religiosas, ha ido profundizando en su fe de una forma que, según reconoce, ha marcado un antes y un después. “Me he adentrado tanto en la fe que me ha cambiado la vida”, asegura, destacando que este camino le ha permitido comprender aspectos que hasta ahora le resultaban lejanos.
Este crecimiento espiritual ha reforzado también su vivencia como creyente y practicante, llevándola a experimentar con mayor intensidad aquello que antes daba por conocido. La experiencia, más allá del acto que protagonizará, se ha convertido en un proceso continuo de aprendizaje y redescubrimiento.
El mensaje que pretende trasladar durante el desagravio mantiene el núcleo tradicional del acto —pedir perdón como representación de los pecados y de la injusticia sufrida por Cristo—, pero incorpora también una mirada dirigida al presente y al futuro de la Semana Santa, con especial atención a los jóvenes. Merino quiere que su intervención sirva como punto de conexión para quienes, como ella, buscan comprender el sentido de estas tradiciones. “Quiero que, a través de mi desagravio, les pase a todos como a mí, que se quieran interesar y saber de lo que hablo”, señala .

Su juventud, lejos de ser un elemento circunstancial, se convierte en una herramienta para acercar el mensaje a nuevas generaciones. Consciente de ello, plantea su participación como una llamada directa a los jóvenes, invitándolos a implicarse y a sentirse parte activa de la cofradía. Su intención es que puedan verse reflejados en sus palabras y encontrar en ellas un motivo para acercarse y profundizar.
Ese vínculo con la cofradía no es reciente ni puntual, sino que forma parte de su propia historia personal. “Soy cofrade desde que nací”, afirma, evocando una relación construida desde la infancia y profundamente arraigada en su entorno familiar. Recuerda cómo, siendo apenas un bebé, ya formaba parte de la vida del templo, creciendo entre sus muros hasta llegar al momento actual, en el que asume uno de los actos más significativos de la hermandad.
La tradición familiar refuerza aún más ese compromiso. Su padre desempeña el papel de capataz de cola —una responsabilidad clave dentro del cortejo— y fue además desagraviador hace dos años, un antecedente que adquiere ahora un significado especial. Su hermano, por su parte, participa como portador, completando una implicación familiar que se vive como una forma de vida compartida. “Toda mi familia estamos aquí, todos somos una familia”, resume, subrayando la dimensión colectiva de su experiencia cofrade.
Dentro de ese universo, la juventud ocupa un espacio propio, especialmente visible en el Callejón de la Soledad. Allí, cada año, los jóvenes elaboran una alfombra por la que transita la imagen y entregan una carta en su honor, en un gesto cargado de cercanía, devoción y dedicación. Para Merino, ese lugar representa mucho más que un punto geográfico, se trata de un espacio de identidad y pertenencia. “Es nuestro sitio”, afirma, destacando el valor emocional que tiene para quienes forman parte de la Junta Joven.
A las puertas del Viernes Santo, Alicia Merino afronta el acto con emoción contenida, respeto y plena conciencia del momento que vivirá, y lo hará como un privilegio. Sabe que será observada por numerosos fieles, pero insiste en que la esencia del desagravio permanece intacta en su dimensión más íntima. En ese instante, todo se reduce a una conversación que, habitualmente, se produce en silencio.
“Yo siempre hablo en voz baja con ella -la Virgen de la Soledad-, y ese día me toca hacerlo en voz alta”, afirma, condensando en esa frase el recogimiento con el que realizará su acto de desagravio. Un gesto que, este año, llevará la voz de una joven cofrade que encarna, con naturalidad, la continuidad y el futuro de una tradición profundamente arraigada.






