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El cine empezó atrapando instantes, y el cortometraje hace de la brevedad una forma propia de crear

La 18 Semana de Cine de Melilla proyecta este miércoles, a las 18:30 horas en el Teatro Kursaal Fernando Arrabal, los diez cortometrajes finalistas del Premio Manuel Carmona Mir

por Alejandra Gutiérrez
06/05/2026 11:59 CEST
El cine empezó atrapando instantes, y el cortometraje hace de la brevedad una forma propia de crear

Hermanos Louis y Auguste Lumière. -Internet-


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El cortometraje ocupa un lugar singular dentro del cine porque su historia está ligada al nacimiento mismo del séptimo arte. Antes de que el largometraje se impusiera como formato dominante, el cine fue, en esencia, una sucesión de piezas breves. Las primeras películas de los hermanos Auguste y Louis Lumière, a finales del siglo XIX, eran escenas de corta duración que registraban instantes de la vida cotidiana: la llegada de un tren, la salida de unos obreros de una fábrica, una acción doméstica o un pequeño gesto cómico. Aquellas obras no solo respondían a una forma inicial de mirar el mundo a través de la cámara, sino también a las limitaciones técnicas del momento.

Como explica Alejandro de Vega en La percepción del cortometraje por los profesionales del cine español, con la invención del cinematógrafo y su posterior popularización comenzó la producción y exhibición pública de películas, pero ese primer cine estuvo condicionado por la capacidad de los chasis de las cámaras, que solo podían albergar un número muy limitado de metros de película. Esa restricción hacía posible grabar apenas unos segundos de imagen, de modo que, en sus orígenes, el cine solo podía ser breve. El propio autor recuerda que, hasta la generalización del largometraje en los años veinte, “todo el cine que se hace es corto”.

La evolución técnica modificó ese horizonte. A medida que las bobinas pudieron contener más metros de película, las obras comenzaron a ampliar su duración. Ese aumento del metraje permitió contar historias más extensas, desarrollar personajes con mayor profundidad y construir relatos de estructura más compleja. El cortometraje, que había sido la forma natural del cine primitivo, empezó entonces a convivir con películas cada vez más largas hasta quedar progresivamente desplazado por el largometraje, que acabó ocupando el centro de la industria cinematográfica.

Ese tránsito también es señalado por Arsenio Muñoz-Romero y Adrià Naranjo en El cortometraje español contemporáneo: identidad audiovisual y estructura narrativa. Los autores recuerdan que los inicios del cine estuvieron determinados por obras de escasa duración, como Arrivée d’un train à La Ciotat, Démolition d’un mur o L’arroseur arrosé, y explican que, con el paso del llamado “cine primitivo” al periodo mudo, las películas aumentaron su duración, su complejidad y su grado de estandarización como medio.

Sin embargo, esa evolución no convirtió al cortometraje en una simple versión reducida del largometraje. Al contrario, el formato breve fue consolidando una narrativa propia, marcada por la concentración, la elipsis, la intensidad y la necesidad de construir sentido en poco tiempo. En un corto, cada plano, cada diálogo y cada silencio suelen tener una función precisa. La falta de minutos obliga a depurar la historia y a trabajar desde lo esencial, lo que ha hecho de este formato un territorio especialmente fértil para la experimentación formal, el descubrimiento de nuevas voces y la exploración de conflictos íntimos o sociales desde una mirada directa.

Con el paso de los años, el cortometraje también fue cambiando de espacios. Si en determinados momentos tuvo presencia en las salas como complemento de las películas principales, esa ventana fue desapareciendo de forma progresiva. La programación comercial dejó cada vez menos hueco a estas piezas, desplazadas por la publicidad, los tráilers y las exigencias del mercado. La televisión tampoco llegó a consolidar una presencia estable para el formato, por lo que los festivales, los circuitos especializados y, más recientemente, las plataformas digitales se han convertido en sus principales lugares de exhibición y encuentro con el público.

Esa dificultad para encontrar pantallas ha sido una de las grandes tensiones históricas del cortometraje en España. Los estudios sobre el sector subrayan que el corto ha funcionado muchas veces como espacio de aprendizaje, carta de presentación o primer paso para nuevos cineastas, pero también como una forma expresiva autónoma, con reglas y posibilidades propias. Su menor coste frente al largometraje puede favorecer una mayor libertad creativa, aunque esa misma fragilidad económica ha limitado durante años su distribución, su financiación y su capacidad para llegar a públicos amplios.

En España, la Ley 55/2007, de 28 de diciembre, del Cine, establece una definición temporal del formato al considerar cortometraje toda película cinematográfica con una duración inferior a 60 minutos, salvo la excepción prevista para determinadas obras en formato de 70 milímetros. Sin embargo, esa frontera legal no funciona como una norma única para todos los circuitos: la Coordinadora del Cortometraje Español recuerda que cada festival puede escoger la definición que mejor se ajuste al estándar que desea ofrecer, de modo que la duración admitida puede variar según las bases de cada certamen.

Esa diversidad confirma que el corto no se define únicamente por el reloj, sino también por una forma narrativa propia, más concentrada, elíptica y abierta a la experimentación; una identidad que, según los estudios sobre el sector, lo diferencia del largometraje no solo por su duración, sino también por su estructura interna, sus formas de producción, distribución y exhibición.

Desde esa perspectiva, que la Semana de Cine de Melilla mantenga un lugar específico para el cortometraje no es un gesto menor. Supone reconocer la importancia de un formato que acompaña al cine desde sus orígenes y que, pese a las dificultades, sigue siendo una de las vías más vivas para detectar nuevas miradas, nuevos lenguajes y nuevas formas de contar.  El evento dedica este miércoles una sesión especial al formato corto, proyectando los 10 finalistas a las 18:30 horas en la sala grande del Teatro Kursaal Fernando Arrabal, con entrada libre, tras haber recibido cerca de 500 propuestas.

Será una cita decisiva para el certamen, ya que de la exhibición de las piezas finalistas saldrá el ganador o ganadora de esta edición del Premio de Cortometrajes Manuel Carmona Mir. La lista reúne historias de tono, género y mirada muy diversos, con dramas familiares, relatos de tensión íntima, propuestas de ciencia ficción, conflictos generacionales, música y reflexiones sobre la violencia, el cuerpo, la memoria o la pérdida.

Entre las obras seleccionadas figura: : Una vocal, dirigida por Polo Menárguez, con 14 minutos; El lago silante, de Varo López, también con 14 minutos; Angoixa, firmada por Daniel Ibáñez y Andreu Fullana, con 6 minutos; Epifanía, de Chiqui Carabante, con 23 minutos; Estrella negra, dirigida por Sara Martínez, con 19 minutos; Ilusión, de Jorge Centeno, con 7 minutos y 30 segundos; y Perpetua Navidad azul, de Marina Aparicio, con 12 minutos. A ellas se suman las tres obras con sello melillense, que cierran la selección: Bala, dirigida por Alejandra Acedo, con 7 minutos; Press Banca, de Ceres Machado, con 11 minutos; y Co-Do, firmada por Cucho L. Capilla, con 8 minutos.

Directores melillenses en formato corto

Ceres Machado: “Para mí el formato del cortometraje es un espacio de libertad y reivindicación. Un lugar en el que estoy cómoda y que conozco bien. Llevo muchos años haciendo cortometrajes y tengo de muchos tipos, lo que me permite seguir explorando.

Con este último cortometraje, Press Banca, me ha permitido adentrarme en el universo masculino, ya sabéis que me suelo mover en el femenino, y pasármelo bomba con un rodaje diferente. Uso nuevos códigos y llevo un montaje mucho más canalla que en otros cortometrajes. Obviamente me lo permite el guion, la historia y un equipo increíble. Con Press Banca hablo de la presión de los hombres con el físico, de lo gurús peligrosos que relacionan el éxito con el dinero, el físico y las mujeres. El peligro de los timos de los gurús y los riesgos de hacer deporte sin control y sin saber con exigencias a los que tu cuerpo no responde.

Un Largometraje está mucho más blindado, es menos político y a veces con poco riesgo. Es muy difícil levantar películas, y muy arriesgado no poder venderlas. Eso hace que tengas que pensarte mucho las cosas antes de hacerla, y para mí mina creatividad y la libertad. El cortometraje es mucho más autoral y pertenece mucho más a la dirección”.

Cucho L. Capilla:  “Sacar adelante un cortometraje dentro de la industria es muy difícil y muy trabajoso. Es un formato que muchas veces se hace con pocos recursos, pero que exige muchísimo a nivel creativo y técnico.

En mi caso, siempre he tendido a trabajar de una forma muy personal, con mi propia producción, buscando tener el control creativo del proyecto. Es mi manera de hacerlo. Me permite contar las historias como las siento, sin depender de estructuras más grandes. Para mí, el cortometraje es una forma muy directa de lanzar una idea o una emoción al espectador, sin rodeos. Es un formato muy sincero: o funciona o no funciona. En CO-DO, por ejemplo, utilizo el humor y el formato de falso NO-DO para contar una historia divertida sobre la llegada de unos supuestos alienígenas a Melilla, jugando con ese lenguaje clásico y llevándolo a algo más cercano y reconocible”.

Alejandra Acedo: “Enfrentarme a la dirección de un cortometraje ha supuesto, para mí, cruzar un umbral que solo había llevado a cabo desde el punto de vista actoral. Vengo del mundo de la interpretación, sobre todo en teatro, territorio que conozco y que siento como propio pero el lenguaje audiovisual tiene sus propias reglas, su propia respiración, y ponerme por primera vez detrás de la cámara ha sido uno de los retos más exigentes y, a la vez, más reveladores de mi carrera. Hacer un cortometraje es hacer cine. Así de simple y así de rotundo. El formato no le resta ni un gramo de rigor ni de compromiso al proceso creativo. Las decisiones de dirección, la narrativa, la puesta en escena, el trabajo con el equipo y el guion, todo exige exactamente la misma entrega que requeriría un largometraje. La diferencia está en el tiempo que tienes para contar, no en la profundidad de lo que puedes decir.

Y sin embargo, el cortometraje sigue siendo un formato infravalorado dentro de la industria. No se le da el lugar que merece, cuando en realidad es una escuela imprescindible y, muchas veces, el punto de partida de grandes películas. No son pocos los largometrajes que nacieron de un corto previo. Es el preámbulo, el lugar donde una directora o un director encuentra su voz, prueba su mirada y demuestra de qué está hecha su visión del mundo.

Además, vivimos en un momento en el que la inmediatez lo impregna todo. Una sociedad acelerada, que quiere consumir rápido y bien. El cortometraje encaja de manera natural en este contexto porque permite contar mucho en muy poco tiempo, con la misma complejidad emocional y la misma potencia narrativa que cualquier otra obra cinematográfica. La brevedad no es poner límites es hacer un ejercicio de precisión. En mi caso, esa precisión ha estado al servicio de una historia sobre violencia de género, un tema que exige responsabilidad, cuidado y valentía. El corto me ha obligado a ser quirúrgica con cada decisión, a no desperdiciar ni un segundo del metraje, a confiar en que con el tiempo justo y las palabras necesarias se puede remover algo en el espectador. Por eso creo firmemente en la importancia de apostar por este formato, de fomentarlo y de reconocerlo como lo que es: cine completo, verdadero, y en muchas ocasiones, el primer paso de una carrera que comienza a desplegarse”.

Tags: Alejandra AcedoCeres MachadocortometrajesCucho L. CapillaXVIII Semana de Cine

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