Daniel Castillo “cogió el martillo” en 2019 y, desde entonces, guía el trono de la Virgen del Rocío por las calles de Melilla, llevando su fe a todos los rincones. “Yo he nacido en la cofradía”, asegura. Su vinculación a la Semana Santa le viene por tradición familiar. Su padre, Gregorio Castillo, es el hermano mayor de la Cofradía del Cautivo.
En la hermandad ha asumido todos los roles posibles. “Incienso, guardería, exterior, estandarte… Hasta que con la edad de 16 años, pues me metieron en el trono del Señor”. Ahora, tras estar 22 años portando a Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli, aceptó este papel que implica, desde su punto de vista, una gran responsabilidad.
La Junta de Gobierno de la hermandad lo propuso como capataz puesto que el anterior, “ya por edad y por circunstancias personales”, tuvo que retirarse. Para él, es un “privilegio” y un “honor” llevar a la Virgen.
Este ilusionante trabajo se extiende a todo el año, no solo a la Semana Santa. Entre sus prioridades está que los hombres y mujeres de trono hagan la estación de penitencia de la forma más cómoda posible. En cuanto a la cuadrilla, señala que la Virgen del Rocío es llevada con “mucha pasión”, de manera “muy visceral”. En cada marcha, los portadores “se dejan la piel”.
Después de la festividad religiosa, el equipo se reúne para hacer una valoración de la salida procesional; participan la cuadrilla y algunos miembros de la propia hermandad. Valoran aspectos de diversa índole; por ejemplo, cuestiones técnicas sobre el montaje de los tronos entre otras relativas al cortejo cofrade.
El equipo está compuesto por dos capataces de cola y varios responsables de varal que ayudan en el tallaje de los portadores. Una vez recogen la papeleta de sitio y están todos tallados, Daniel Castillo se encarga de decidir las posiciones. “Yo planifico el croquis del trono, es decir, el dibujo del trono, donde asigno a cada portador la medida de hombro”.
Para aprender el oficio de capataz solo hay un secreto: albergar el sentimiento y que te guste mucho. O, como dice Castillo, “haberlo mamado desde chiquitito”. “Lo más bonito de esto es tener el respaldo de la gente que va cargando. Que la gente que va cargando te respete, sabe que está contigo, que te dé su confianza, eso es lo más bonito”, ha resaltado.
Daniel Castillo cree que el momento más emocionante de la Semana Santa es “cuando pegan al portalón marrón unos minutos antes de salir”. “Esos momentos de oración, de nervios, de recogimiento entre los portadores de trono, el capataz, el padre haciendo una pequeña oración”.
En su estilo malagueño, la cofradía procesiona dos días en la Semana Grande. Primero, el Jueves Santo con un cariz más serio y sobrio. Después, la solemnidad se abre paso ante el aire festivo del Domingo de Resurrección, que transcurre en un contexto de gloria o Pascua.
A veces, los portadores hacen peticiones especiales para la salida procesional. De forma discreta, en el recorrido se hacen puntualmente estas plegarias colectivas. “Les digo, señores, esta levantada se la dedicamos a todos los familiares de ustedes que han fallecido o que lo están pasando mal en estos momentos”, comentaba el capataz.
Concluye afirmando que en Melilla la Semana Santa se vive con mucha devoción. “Hay un arraigo muy fuerte, hay muchos cofrades”. Cada año que pasa, la juventud parece que se está involucrando más en la vida de las cofradías.
En definitiva, los capataces ocupan un rol central en las procesiones, aunque su trabajo es posible gracias a la colaboración de todas las personas que se vuelcan movidas, precisamente, por el sentimiento de hermandad que comparten.








