Escribíamos a mano, yo sigo sin dejar de hacerlo pese a que fui reclutado también por el “Word” y así acompasar a los nuevos tiempos con sus exigencias, rapideces y, también hay que reconocerlo, algunas comodidades. Folios, cuartillas, bolígrafos (con los “bic” como rutina), lápiz de carboncillo y, por supuesto, la pluma creaban nuestros apuntes en el instituto y la inminente universidad, además de algunas “chuletas”, claro. También, las primeras cartas de amor. Solo alteraba el silencio de la tinta, la máquina de escribir, en redacciones, oficinas públicas, empresas o en el dominio de los más aventajados. Aquel repiqueteo de clic clac que verbalizaban sus teclas hasta el “ding” al llegar el “carro” al final y vuelta a empezar línea.
A quienes nos pilló fuera de casa ese 20 de noviembre de 1975 -cada cual tendrá el recuerdo de su vivencia- ese día fue, debido al incipiente luto, sobre todo de alegría, volvíamos a casa junto a la familia, los amigos, nuestra vida e nuestra ciudad hogar. Tiempo hacía ya que, como ejemplo particular, junto a nuestra residencia temporal en la Plaza del Buen Suceso sevillana, a su espalda, en la Plaza de la Encarnación, se venían intensificando las manifestaciones reivindicativas de los obreros del metal. Aún los “grises”, que seguían siendo eso, grises, continuaban sin distinguir bien cabezas con maceteros.
Acudíamos, a menudo, por saber de la presencia de la genialidad singular de Paco Gandía a un bar en la cercana calle Imagen, subiendo por Álvarez Quintero, para intentar escuchar junto a la barra del establecimiento, donde siempre recalaba, algunos de sus “casos verídicos” junto al apetitivo en la barra. Disertaciones en clave humorística de lo cotidiano, que bien hubiesen venido hoy en día frente a tanto rostro torcido e hierático disfrazado de falsa excelencia. Aquel día lo verídico, y no en clave de comicidad, fue que 40 años del Régimen iniciaban su fin.
Alumnos procedentes de reválidas que ya menguaban, de aquel llamado COU, hoy inexistente tras todo un aluvión de reformas en el sistema educativo que tanto ha mudado de piel, vivimos en un tránsito al que por entonces, no podíamos suficientemente valorar, no teníamos los recursos del conocimiento y entendimiento necesarios. Sabíamos que un líder supremo mandaba en el país y al que numerosas situaciones le rendían respeto y pleitesía, otras para infundir temor.
Y un frío día de noviembre, murió o al menos se certificó oficialmente en esa jornada su óbito. Aun así, su estela perduró un tiempo, tanto que hoy en día, en nuestra sociedad nuevamente polarizada, hay quienes expresan e intentan imponer su extraña nostalgia. Cabe recordar que aquel día sirvió así mismo para que lentamente se iniciara un camino hacia la igualdad real entre hombres y mujeres, camino aún para seguir recorriendo.
Inmersos en el 25N, “Día internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres”, que hasta aquellos años, en los que en la naciente democracia, cogida con alfileres pero comprometida con la decisión de la mayoría, ellas solo eran prácticamente el gran soporte del hogar, comenzaron a ser también más iguales por derecho.
Aceptando como injusto afirmar que todo lo que antecedió a nuestra actual democracia en el periodo del régimen franquista fue malo, no se debe olvidar que mucho malo sucedió. El viento del tiempo y las razones de un presente bronco lo han traído en su recuerdo y aniversario como referencia indeleble que no hay que perder rumbo porque lo conseguido desde el fin de la dictadura, aun siendo firme no es imperecedero. Sobre todo porque los bulos siguen ganando la partida, cobran ventaja, a la verdad. Todo en la vida es un préstamo, cuidemos lo que la voluntad decidida de la gran mayoría nos dejó.







