La política también se mide en los gestos, en los silencios, en la capacidad de parar cuando el país se detiene para llorar a sus muertos. En eso, Vox ha fallado estrepitosamente. Mientras España entera guardaba tres días de luto oficial por el trágico accidente ferroviario ocurrido en Adamuz, Córdoba —que ha dejado 45 víctimas mortales y decenas de heridos— la formación de Santiago Abascal decidió mantener intacta su agenda de campaña en Aragón. Fue el único partido político que no interrumpió sus actos durante esos días de duelo nacional.
No se trataba de un trámite burocrático ni de una petición simbólica. Era una decisión de Estado, de esas que deberían trascender cualquier cálculo electoral. Sin embargo, Vox eligió el camino de la indiferencia. No hubo suspensión de actos, ni discursos cancelados, ni un solo gesto que evidenciara el más mínimo respeto institucional por la magnitud de la tragedia. Esa actitud, profundamente desafortunada, dice mucho —y nada bueno— sobre su concepción de lo público, lo institucional y, sobre todo, de lo humano.
En momentos de conmoción nacional, se espera de los representantes políticos altura, contención, empatía. No es mucho pedir. Es lo mínimo. Hasta las organizaciones más críticas con el Gobierno supieron estar a la altura. El Partido Popular, principal oposición al Ejecutivo de Pedro Sánchez, suspendió sus actos de campaña sin necesidad de que nadie se lo reclamara. La diferencia no es menor: revela un compromiso con el dolor colectivo, una conciencia clara de que hay momentos que exigen unidad, respeto y silencio.
Vox, por el contrario, optó por distinguirse. Y lo hizo de la peor forma posible: ignorando el dolor de las familias de los fallecidos, de los heridos, de una sociedad que todavía intenta comprender cómo pudo ocurrir una catástrofe así. Porque hay algo profundamente simbólico en la decisión de seguir con la campaña como si nada hubiera pasado. Transmite que nada es más importante que sus propios objetivos. Ni siquiera 45 vidas segadas de golpe en una vía ferroviaria.
Habrá tiempo para pedir responsabilidades. De hecho, las primeras investigaciones apuntan a una rotura en la vía como posible causa del descarrilamiento del tren Iryo, que acabó estrellándose contra otro convoy Avia que venía en sentido contrario. Nadie sugiere que se guarde silencio sobre ello. Pero hay un tiempo para la exigencia y otro para el respeto. Vox confundió uno con el otro. Y eso es imperdonable.
Lo más grave es que no parece tratarse de un desliz. Su negativa a respetar el luto nacional obedece, aparentemente, a una estrategia deliberada: la de diferenciarse del PP a toda costa, incluso cuando el precio sea aparecer como una fuerza ajena al dolor ciudadano. Santiago Abascal parece dispuesto a sacrificar cualquier principio con tal de presentarse como “el único que no se pliega”. Lo ha hecho antes. Pero esta vez el coste humano y simbólico es demasiado alto.
Porque no es solo una cuestión de forma. Es una cuestión de fondo. ¿Qué clase de país seríamos si todos los partidos actuaran así? ¿Qué clase de líderes políticos queremos si, ante una tragedia de semejante magnitud, no son capaces ni siquiera de parar un mitin, guardar un minuto de silencio y aplazar una foto?
A Vox le ha podido la soberbia. Ha creído que mostrarse inflexible le sumaría puntos, que mantenerse en campaña mientras los demás callaban era una señal de fortaleza. Pero lo que ha transmitido es frialdad, oportunismo y desprecio por lo común. Por eso, hoy la nota discordante no es un matiz político. Es un símbolo de lo que Vox representa: un partido que, incluso en el luto, elige el conflicto antes que la compasión.








