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"Voces Silenciadas": cuando el teatro se convierte en grito

Fran Antón dirige y escribe una obra de teatro que retrata la violencia de género

por Alejandra Gutiérrez
21/11/2025 09:00 CET
"Voces Silenciadas": cuando el teatro se convierte en grito

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Durante los días 19 y 20 de noviembre, la sala de exposiciones de la UNED de Melilla dejó de ser un espacio expositivo para convertirse en un cuerpo vivo, palpitante, atravesado por el dolor, la resiliencia y la memoria. Allí tuvo lugar Voces Silenciadas, una experiencia teatral performática e inmersiva dirigida y escrita por Fran Antón e interpretada por Alejandra Acedo, Maribel Rabaneda, Paco Dato y José Luis Sendarrubia. No fue una obra al uso. Fue una herida abierta. Un recorrido emocional que envolvió, golpeó y estremeció a quienes se atrevieron a entrar.

El escenario no tenía límites: era el aire, los rincones, las sombras. Todo el espacio se volvió escena. Las actrices y los actores emergían entre el público, se deslizaban entre sus pasos, obligándolos a moverse, a hacerse a un lado, a convivir con la incomodidad de una violencia que interpela, que sacude desde dentro. El espectador ya no era espectador, sino testigo. La atmósfera era también personaje, su respiración, su llanto, su voz. Cada rincón, cada columna, cada fragmento de suelo servía de plataforma para una interpretación que se movía, que fluía, que rozaba. El público caminaba entre las escenas, se hacía a un lado, aceleraba, buscaba su sitio. Todo para dejar paso a una historia que no se cuenta, sino que se siente.

Sobre ese suelo compartido, la poesía tomó cuerpo en forma de guión. Un texto tejido con testimonios, con cicatrices, con silencios que pesan más que los gritos. En escena, dos mujeres y un niño vestidos de blanco. Frente a ellos, un hombre de negro. No necesita palabras: su sola presencia basta para oprimir, aislar, marcar cada gesto, cada decisión, cada avance de las protagonistas. Él está sin estar. Es sombra que domina, que impide, que vigila, que acompaña.

 

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Cada golpe es una cicatriz, a veces visible, a veces no. “El dolor no desaparece, se transforma”, pronuncian ellas. Y ese dolor no es solo de una, es de todas. Aparecen entonces los susurros que invitan a alzarse. Se acallan. Aparecen los porqués. ¿Por qué no se va si no me quiere? ¿Por qué me sigue? ¿Por qué me acusa? ¿Por qué sigo aquí? ¿Hasta cuándo? ¿Cómo? No son preguntas que llegan desde fuera. Nacen dentro. Se enquistan. Dudas que se repiten como mantras crueles. Palabras que resuenan una y otra vez en la cabeza, tras haber sobrepasado los oídos de quien las escucha cada día. Mala madre. Mala hija. La culpa. Los hijos. Aguantar. Implorar. Sumirse. Llorar. Callar.

Y mientras tanto, el tiempo pasa. Un niño observa, un niño crece. No quiere tristeza. No quiere habitar un lugar donde solo hay pedacitos de mamá. Un niño que resiste. Que guarda el miedo. Una mujer que ya no sabe quién es. Grietas en la piel. Susurros. Silencios y preguntas ¿Hasta cuándo? ¿Pero cómo?

La obra no da respiro. Cada palabra es un eco. Cada gesto, una cicatriz. Cada mirada, un espejo. Se habla del control, del aislamiento, del desgaste. De cómo se esfuma la risa, la identidad, la esperanza. Pero también se alza el basta. Se nombra la fuerza, la resiliencia, la posibilidad. Porque hay salida. Porque incluso en el abismo, los susurros de esperanza permiten transitar un camino diferente para una mujer desdibujada.

La escenografía, simbólica y austera, se alía con una iluminación que punza y una ambientación sonora que respira junto a los cuerpos en escena. Palos clavados como aquellos que han atravesado tantas biografías. Juegos de luces que acarician o hieren, que retratan cada escena, cada parte de las emociones y las acciones que interpretan. Oscuridad que atrapa, verde que interpela, morado que resiste y enfrenta. Una música que acompaña y enmarca cada tránsito. Al finalizar, el silencio contenido estalla en aplausos. Entre abrazos, palabras, lágrimas, público e intérpretes se funden en un mismo mensaje compartido: esto no puede seguir siendo invisible.

Voces Silenciadas no solo representó la violencia de género: la encarnó. Y lo hizo para remover conciencias, para acompañar a quienes han vivido en carne propia ese horror cotidiano, y para recordar, en la antesala del 25 de noviembre, que aún quedan muchas voces por escuchar, muchas heridas por cerrar, muchas vidas por salvar.

Tags: Fran AntónUNED MelillaVoces silenciadas

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