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Valientes mujeres amazighíes: la dignidad que no pudieron silenciar

Por Abderrahim Mohamed Hammu
09/11/2025 17:50 CET
Valientes mujeres amazighíes: la dignidad que no pudieron silenciar
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En la historia reciente de Melilla hay fechas que no se deben olvidar, por incómodas que resulten. Una de ellas es la de aquella manifestación de 1986, cuando decenas de mujeres amazigh —madres, hermanas, hijas— salieron a la calle con la cabeza alta y el corazón lleno de dignidad para reclamar algo tan básico como el reconocimiento de sus derechos civiles como amazigh, que les habían sido negados durante demasiado tiempo: el derecho a existir, a ser escuchadas y a ser tratadas como ciudadanas de pleno derecho en su propia tierra. No pedían privilegios, pedían justicia. Pedían, sencillamente, vivir con dignidad.

Lo que recibieron fue represión. Aquellas mujeres fueron apaleadas en plena vía pública, víctimas de una violencia institucional que pretendía acallar sus voces. Pero lo que el poder no entendió entonces es que hay golpes que no rompen, sino que despiertan. Aquella brutalidad no borró su mensaje; al contrario, lo grabó con más fuerza en la memoria colectiva de Melilla.

No llevaban más armas que su voz ni más escudo que su coraje. Pedían justicia, igualdad y respeto en una ciudad donde, durante demasiado tiempo, muchas personas fueron tratadas como extranjeras en su propio hogar. Pero la respuesta que recibieron fue la violencia. Aquellas mujeres fueron golpeadas, insultadas y humilladas por atreverse a alzar la voz en nombre de la libertad y la dignidad colectiva. Aquel día quedó grabado en la memoria de Melilla como una herida, pero también como un símbolo de resistencia.

Cuarenta años después, su gesto sigue siendo un faro moral. Esas mujeres representaron lo mejor de nuestra sociedad: la valentía de enfrentarse a la injusticia con la sola fuerza de la verdad. En un contexto de discriminación documental, laboral y social hacia la comunidad amazigh, ellas fueron la voz de quienes no podían hablar, y el rostro de una dignidad que se negaba a desaparecer.

Recordarlas hoy no es mirar al pasado con melancolía, sino con compromiso. Nos corresponde a las generaciones posteriores reconocer su sacrificio y continuar su lucha desde la palabra, la memoria y la acción cívica. La igualdad real, la convivencia y el respeto a la identidad amazigh son metas que aún requieren vigilancia y voluntad.

Gracias a su determinación, muchas de las generaciones que vinimos después aprendimos a no resignarnos, a seguir reclamando un trato justo, una identidad respetada y una convivencia basada en la igualdad real.

Hoy, desde la distancia del tiempo, debemos recordar que ellas abrieron un camino que todavía estamos recorriendo. Su valor rompió silencios, su sufrimiento nos enseñó que la dignidad no se negocia, y su ejemplo nos sigue recordando que los derechos no se conceden: se conquistan.

No podemos construir un futuro justo si olvidamos el precio que otras ya pagaron por abrirnos el camino. Aquellas mujeres no solo reclamaban derechos para sí mismas: reclamaban el derecho de todos a pertenecer plenamente a esta ciudad. Y aunque fueron silenciadas a golpes, su ejemplo sigue hablando más alto que nunca.

Recordarlas no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de justicia. Es devolverles el lugar que la historia oficial les negó durante demasiado tiempo. Aquellas mujeres, apaleadas por exigir lo que hoy consideramos natural, fueron las verdaderas pioneras de la dignidad amazigh en Melilla.

Que sus nombres anónimos —aunque no figuren en los anales de la historia local- no se pierdan en el olvido y sigan vivos en nuestra memoria colectiva. Porque ellas no solo hicieron historia; ellas nos enseñaron lo que significa tenerla. Que cada aniversario nos sirva para renovar el compromiso con una sociedad más justa, donde nadie vuelva a ser golpeado por pedir derechos.

Porque la memoria es una forma de resistencia. Y ellas, nuestras mujeres valientes de 1986, siguen resistiendo en nosotros.

Tags: derechosidentidad

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