Melilla en Danza salió este viernes a escena porque así fue. No era escenario; era escena. Era temperamento, era apropiación del espacio. Era incertidumbre destilando en cada movimiento. Un recorrido donde la danza contemporánea abrió un sendero posible para esta disciplina en la ciudad. Arropada por el público, entre murallas y cañones, con el mar de fondo; atrapada en un cuadrilátero sostenido por cintas y cables, allí se desplegaba el movimiento. El cuerpo se convirtió así en algo más distópico y menos material.
Transcurría el espacio del tiempo contemplado en movimientos encajados, definidos y matizados. Transcurría también en lo contemplativo, en lo inverosímil, en la observación y la búsqueda del paso siguiente, preguntándose uno al observar hacia dónde va esa transición. Qué lugar va a ocupar. Transcurría el movimiento en la mezcla de los cuerpos combinados que de pronto se empujaban y se arrebataban la capacidad de permanecer unidos.
Transcurría también la construcción de una historia, tal vez sin entenderla del todo, porque cada respiro y ruptura del movimiento estaba ahí, donde también se vislumbraban la fuerza y la delicadeza. El sostenimiento del equilibrio de las extremidades parecía elevarse sin saber hasta dónde lo hacía, porque lo hacía despacio, muy despacio, manteniendo el eje del cuerpo sin que este pareciera advertir la ausencia de apoyo natural de las dos piernas. Y sobre ello, el cuerpo giraba y se retorcía, se dilataba y retrocedía, conservando ese punto de equilibrio.
Y las manos danzaban: lo hacían con movimientos veloces, con impactos, con distorsión de la vibración. También la cabeza, que giraba, se recogía en el regazo, volvía a girar, se quedaba rezagada respecto al cuerpo o buscaba otra mirada o se distanciaba al mismo tiempo.
La música encontraba casi un vacío para la dispersión del cuerpo en cada una de las tres coreografías interpretadas por Marina, Ana y Úrsula. Parecía estar, pero se deshacían con él. Se distorsionaba. Se vinculaba con la sensación prematura de la identificación de las palabras, que también recorrían el universo de esta danza. Conversaciones en distintos idiomas en la primera; o palabras breves y robóticas en la última, que también se fragmentaban e integraban en el lenguaje de la danza contemporánea, sobre melodías electrónicas.
Nacida para estimular, para liberar, pero también para catapultar la visión natural con la que observa el público la disciplina, la danza se desplegaba en el escenario. El suelo de Melilla la Vieja no rendía cuentas; era parte y apretaba los cuerpos contra él. Todo parecía tener guion, un hilo conductor que permitía a las bailarinas solidificarse, al tiempo que estallaban y caían. Ellas se expresaban con cada parte de su cuerpo, sin importar cuál: manos, piernas, rodillas clavadas en los adoquines, brazos alzados, piernas extendidas, lenguas y gestos.
No había nada es sus cuerpos que permaneciera intacto o inalterado, y con ello emergía un lenguaje propio que se construye desde la deconstrucción; que orienta al espectador hacia algo que no llega a comprender del todo, pero que transforma la visión y la sensibilidad con la que se contempla y se disfruta. A medida que avanza, transforma e involucra. Te hace preguntarte por cada paso y cada movimiento siguiente de las bailarinas, y buscas, te esfuerzas, casi imploras encontrarlos. Adelantarte a la coreografía; pero no puedes. Ellas te sorprenden mientras se despliegan por la escena de forma alterna, desarraigada; cada una construyendo su propia figura mientras convergen en la acción y el movimiento, formando parte de un mismo testimonio. De un mismo territorio.
Y cuando crece Melilla en Danza; cuando tus sentidos se fijan en ese universo, se escucha al final de la pieza: “¿Ya me pueden mandar de vuelta?”. Porque eso es lo que significó esta primera edición. Este primer día de la nueva propuesta cultural y artística de la ciudad: un viaje del que, como público, no te quieres escapar, aunque ella tenga que marcharse tarde o temprano.
Este sábado continúa la propuesta con otras tres actuaciones de las compañías de Jacob Gómez, Quema (20:30) en la Plaza de las Culturas; Eszer con Unarys en la Plaza de Armas (20:50); y Vibra! de Arnau Pérez (21:10). De nuevo, la exploración se abre paso y la intriga vuelve a apoderarse de las miradas. Tras ellos, el I Festival de Danza Contemporánea de Melilla se despide dejando una puerta abierta a la danza contemporánea







