Ahora han pasado los años desde aquellos tres meses que supusieron un cambio radical de tiempo y lugar para Jesús Andújar. El calendario continuó avanzando para todos, pero para él el tiempo quedó suspendido en una dimensión extraña donde los días dejaron de medirse por amaneceres y anocheceres. Su mente transitó durante siete años por una realidad amenazante que nunca existió y que, sin embargo, sintió con una intensidad absoluta. Siete años de supervivencia en un mundo construido por el miedo, la enfermedad, la sedación y la necesidad desesperada de seguir con vida. Siete años durante los cuales las imágenes, las conversaciones, los escenarios y los rostros que habitaban su mente resultaban tan reales como cualquier experiencia cotidiana.
Aquella realidad paralela continúa hoy presente en su memoria. No como un recuerdo lejano, sino como una herida que sigue formando parte de su recuperación. Las pesadillas ya no son las mismas que lo acompañaron tras salir de la Unidad de Cuidados Intensivos, pero permanecen. Y es precisamente ese universo de terror, incertidumbre y resistencia el que recoge en Mi Santa Compaña, el libro que presentará el próximo viernes 19 de junio a las 20 horas en La Librería.
Periodista de profesión, Andújar jamás había planeado escribir un libro. Durante años su relación con la literatura se limitó a pequeños cuentos navideños publicados en el periódico donde trabajaba en Melilla o a la participación ocasional en certámenes literarios. La narrativa era un territorio cercano, familiar incluso, pero nunca una vocación que contemplara desarrollar en forma de obra extensa. El origen de este libro se encuentra lejos de cualquier aspiración literaria. Nació en la consulta de una psicóloga.
Como parte de su terapia, recibió una propuesta sencilla: escribir unas líneas sobre lo vivido. Un folio, quizá dos, donde intentar ordenar el caos que había dejado a su paso la enfermedad. Pero pronto descubrió que aquellas páginas eran insuficientes. Había demasiado dolor acumulado, demasiadas imágenes atrapadas en la memoria, demasiadas emociones esperando una vía de salida.
Necesitaba expulsarlo. "Mi cuerpo me pedía vomitar todo aquel sufrimiento", explica. La escritura se convirtió entonces en una forma de vaciarse, de poner negro sobre blanco aquello que durante años había permanecido encerrado en su interior. No fue un ejercicio literario en el sentido convencional. Fue una necesidad física y emocional.
Y las palabras comenzaron a salir. Lo hicieron con facilidad. No porque el relato fuera sencillo de escribir, pues el dolor y la vivencia continuaban vivas, seguían presente. Nada había sido olvidado. Cada escena conservaba una nitidez extrema que afloraba frente al ordenador y que no necesitó de relecturas ni correcciones posteriores. Cada recuerdo permanecía intacto. Andújar se sentaba y escribía como quien describe algo ocurrido el día anterior. "Todo estaba fresco", recuerda.
Quizá porque el sufrimiento extremo deja marcas difíciles de borrar. Quizá porque cuando el miedo alcanza determinadas dimensiones queda grabado de una forma distinta, "a fuego". Quizá porque como una botella de champán, cuando se descorcha la espuma se hace camino inevitablemente hacia el exterior.
Durante los meses más duros de la pandemia, el COVID-19 lo condujo a una situación límite. La neumonía bilateral que desarrolló provocó un deterioro tan grave que terminó ingresado en la UCI. Antes de la sedación llegaron semanas de agonía consciente. Semanas marcadas por una sensación que aún hoy le resulta difícil explicar.
Intentar respirar sin conseguirlo. Buscar aire y descubrir que los pulmones ya no responden. Andújar compara aquella experiencia con tratar de alcanzar la superficie tras una inmersión bajo el agua y no llegar nunca. La necesidad desesperada de respirar crece, el pecho arde, el cuerpo se rebela y la superficie permanece inalcanzable. Quizá porque su cuerpo le pedía limpiarse volcando el infierno que tuvo que sobrevivir. Y esa condición trajo consigo los detalles grabados en su experiencia vital.
Tras la sedación comenzó el viaje más desconcertante de toda su vida. Durante aproximadamente tres meses estuvo ingresado en el hospital, la mayor parte del tiempo en la UCI, donde permaneció intubado. Su cuerpo seguía inmóvil en una cama de hospital, pero su mente inició un recorrido completamente distinto. Un recorrido que para él duró siete años. Pero no fueron siete años simbólicos, ni alternantes. Siete años reales dentro de la lógica de aquella realidad construida por su cerebro fruto de la sedación, de esa pérdida del sentido de la realidad, transformada en algo real y vivido. Apoderada de la angustia, el miedo y la necesidad de sobrevivir.
Una realidad donde fue secuestrado, trasladado a países lejanos, perseguido, vigilado y sometido a situaciones de violencia y amenaza constante. Una realidad en la que cada detalle tenía sentido. Donde lo imposible parecía perfectamente razonable. Donde la angustia era permanente y la preocupación por su familia se convirtió en una obsesión constante.
Mientras permanecía inconsciente en una cama de hospital, estaba convencido de encontrarse en otro lugar del mundo. Viviendo otra vida, Creía que sus seres queridos ignoraban su paradero. Sentía miedo por ellos y por sí mismo. Vivía en estado de alerta permanente. "Era víctima de un secuestro", explica al describir aquella experiencia, pero también de la violencia extrema, de la tortura, de la desorientación de dónde se encontraba, quiénes lo acompañaban, por qué le había sucedido aquello.
Y como cualquier persona aterrorizada, prestaba atención a todo. A cada conversación. A cada gesto. A cada movimiento. A cada detalle de lo que sucedía a su alrededor. El temor lo impregnaba todo. Ese estado de vigilancia extrema terminó convirtiéndose en una de las claves para comprender la profundidad del relato, de su descripción. Las escenas aparecen descritas con un nivel de detalle sorprendente. Los espacios, las atmósferas y las emociones poseen una densidad narrativa que atrapa al lector porque nacen de una experiencia vivida desde la intensidad absoluta.
La mente, explica, construyó incluso sueños dentro de sueños. Realidades alternativas destinadas a suavizar otras realidades igualmente aterradoras. Un laberinto psicológico donde la frontera entre imaginación y experiencia desapareció por completo. Cuando finalmente despertó, la recuperación no consistió únicamente en sanar un cuerpo devastado por la enfermedad. Había otra batalla. Comprender que no estaba en 2028. Aceptar que aquellos siete años jamás habían ocurrido. Reconstruir una realidad que había quedado rota. "No entendía que seguíamos en 2021", recuerda.
Esa es una de las dimensiones más complejas de su relato. Porque Mi Santa Compaña no habla únicamente del COVID-19. Habla también de la fragilidad de la mente humana, de los mecanismos de supervivencia que se activan cuando el sufrimiento supera ciertos límites y de las secuelas invisibles, físicas y psicológicas, que pueden permanecer mucho tiempo después.
Durante la conversación, Andújar se detiene en la soledad. La pandemia, como cualquier enfermedad y derivación a la UCI, convirtió los hospitales en espacios cerrados donde las familias quedaron fuera. Los pacientes afrontaban la enfermedad sin la presencia física de sus seres queridos. En la UCI aquella sensación alcanzaba dimensiones extremas. Nadie podía abrazarte. Nadie podía darte la mano. Nadie podía decirte que todo iba a salir bien. El sentimiento de soledad se torna cruel e inconmensurable y la falta de comprensión de lo que uno ha padecido, de lo que ha tenido que sobrevivir, acaba impregnando ese sentimiento absoluto.
Por eso todavía hoy recuerda con emoción a los profesionales sanitarios que lo acompañaron durante aquellos meses. La mano de un médico se convertía en un ancla que necesitaba agarrar y no soltar. La voz cariñosa de un enfermero podía paliar la soledad absoluta que sentía en ese espacio. Por ello, recuerda al personal que lo acompañó: médicos, enfermeros, auxiliares, trabajadores de la limpieza. Todos ellos hicieron de la deshumanización de la soledad, algo más llevadero en un entorno dominado por el miedo, el pánico.
Pero si hay algo que identifica como esencial en su recuperación es el apoyo de su familia. Sus hermanos. Sus sobrinos. Los amigos que permanecieron cerca cuando regresó a casa, que se turnaban para cuidarlo. Después de meses sintiéndose completamente solo, aquella red afectiva se convirtió en refugio. En protección. En una forma de recuperar la confianza en el mundo. "Te sientes como un niño protegido en los brazos de su madre", resume.
Por eso considera que el libro tiene también una función colectiva que ayude a los profesionales de la salud mental a comprender la dimensión psicológica y emocional de esos episodios. También, un homenaje a quienes sobrevivieron, y un recuerdo para quienes no pudieron hacerlo. Para las familias que perdieron a padres, madres, hijos o abuelos. Para quienes continúan viviendo con secuelas físicas o psicológicas que la sociedad parece haber olvidado. Porque mientras gran parte del mundo ha archivado la pandemia en el pasado, para muchas personas el COVID sigue siendo presente. Sigue apareciendo en las pesadillas. En los tratamientos. En los recuerdos. En los cuerpos. Y en las ausencias.
Con Mi Santa Compaña, Jesús Andújar no pretende ofrecer respuestas ni explicaciones clínicas. Su propósito es otro. Compartir una experiencia personal, dolorosa que ayude a comprender aquello que ocurre cuando una persona queda atrapada. Mostrar cómo el cerebro puede construir mundos enteros y sobrevivir al sufrimiento. Un sufrimiento real, plausible. Y recordar que detrás de cada estadística de la pandemia existieron historias concretas, personas concretas y dolores concretos.
Tal vez por eso insiste en que no se considera un héroe. Se define más bien como un privilegiado. Alguien que recibió una segunda oportunidad mientras muchas otras personas no la tuvieron. Hoy continúa conviviendo con las secuelas de aquel episodio. Continúa aprendiendo a gestionar un trastorno de estrés postraumático que forma parte de su vida. Continúa despertando algunas noches acompañado por recuerdos que regresan con fuerza.
Pero también continúa adelante. Escribe. Habla. Comparte. Y transforma aquella experiencia de sufrimiento extremo en un ejercicio de memoria, reconocimiento y resistencia, tratando de disfrutar "de la vida en pequeñas dosis". Porque algunas historias no se escriben para ser contadas. Se escriben para sobrevivirlas.








