El payaso Sarapín baja el telón de 2025 con la sensación de haber completado una vuelta entera al mundo y algo más. No porque haya contado los kilómetros recorridos —que han sido muchos—, sino porque este año le ha servido para confirmar que su particular brújula artística apunta en la dirección correcta. Tras un tiempo previo dedicado a investigar, probar formatos y replantear lenguajes escénicos, 2025 ha sido, sin discusión, el año de la acción. Más de 120 actuaciones, teatros llenos y una agenda que lo ha llevado de Melilla a Madrid, Barcelona, Vitoria, Granada o Málaga, entre otras ciudades.
El balance que hace Sarapín es el de un artista que ha pisado escenarios de peso, como el Teatro Cervantes de Málaga, y que ha formado parte de festivales de magia y circuitos de teatro familiar de primer nivel. Para él, entrar en estas programaciones no es solo una cuestión de prestigio, sino una oportunidad real de poner a prueba su trabajo ante públicos muy distintos. Y el resultado, asegura, ha sido alentador. Familias completas —niños y adultos— respondiendo con risas, atención y emoción, del mismo modo que ocurre en su Melilla natal.
Detrás de ese ritmo vertiginoso hay algo más que nariz roja y maletas. Sarapín subraya el papel esencial de su trabajadora y colaboradora directa, una figura clave en la organización, la logística y el desarrollo técnico de cada espectáculo. “Hay mucho trabajo que no se ve”, reconoce. Horas de preparación, montaje, ajustes de luces, sonido y guion que hacen posible que, cuando se abre el telón, todo parezca fluir con naturalidad. Ese engranaje silencioso ha sido fundamental para sostener un año tan intenso.
Salir fuera, actuar lejos de casa y enfrentarse a públicos nuevos también ha tenido un efecto creativo. Sarapín lo describe como un “respiro necesario”. Viajar, observar otras formas de programar y de reaccionar, y volver con la cabeza llena de ideas. Esa energía renovada ha sido determinante para concebir el proyecto con el que ha querido cerrar el año y las fiestas navideñas en Melilla, un broche final pensado con mimo y ambición.
Así nació Sarapín Jones, el mayor tesoro del mundo, un espectáculo creado específicamente para la programación navideña y presentado en numerosos pases para grupos reducidos. Lejos de un formato convencional, la propuesta se planteó como una exposición teatralizada que invitaba al público a acompañar al payaso en un viaje imaginario por distintos rincones del planeta, en busca de tesoros cargados de historia, magia y emoción.
La narrativa, clara y accesible, permitió que niños y adultos siguieran el hilo sin perderse, avanzando de escena en escena con curiosidad. Hubo risas y momentos de asombro, pero también instantes de silencio y emoción. Sarapín recuerda haber visto “caras de sorpresa, carcajadas y alguna que otra lagrimita”, especialmente en escenas que hablaban de recuerdos, de personas queridas y de vivencias cercanas. La combinación de música, iluminación y guion ayudó a que el público conectara de forma profunda con el relato.
El clímax llegaba con la revelación del mayor tesoro del mundo: un portal de Belén en el que la figura más pequeña, el Niño Jesús, se presentaba como la que encierra el poder más grande. Un final cargado de simbolismo que invitaba a reflexionar sobre el perdón y la reconciliación, desde gestos cotidianos —como perdonar al compañero que se cuela en la fila del colegio— hasta situaciones familiares más complejas. Para Sarapín, ahí reside el verdadero tesoro.
El recorrido completo atravesaba valores como la prudencia, la fortaleza, la esperanza, la caridad o la fe, hasta desembocar en un mensaje claro. Con ese tesoro interior es posible encontrar serenidad y felicidad incluso en los momentos difíciles. El espectáculo se despedía deseando una feliz Navidad y animando a cada espectador a llevarse consigo ese tesoro al iniciar el nuevo año.
Sarapín no olvida agradecer al Gobierno de Melilla, y especialmente al Área de Festejos, la confianza depositada en su trabajo. Poder desarrollar un proyecto tan personal en su ciudad, subraya, es algo que valora profundamente.
El aplauso cálido y sostenido en cada pase terminó de cerrar el círculo. Con él, Sarapín despide un 2025 intenso y decisivo. Un año de crecimiento artístico, de trabajo en equipo y de consolidación de un lenguaje escénico propio que sigue encontrando su lugar, dentro y fuera de Melilla.
De cara a 2026, Sarapín no baja el ritmo ni guarda la nariz roja en el cajón. Tras un año tan intenso, el artista ya trabaja en nuevos proyectos y formatos que seguirán explorando su lenguaje escénico, siempre con la mirada puesta en el público familiar. Sin adelantar demasiados detalles, deja claro que el próximo año será de continuidad, pero también de sorpresa, investigación y nuevas ideas. Con la experiencia acumulada y la ilusión intacta, todo apunta a que 2026 volverá a traer propuestas con sello propio. Habrá que esperar para descubrir con qué nuevo “tesoro” decide sorprender al público.







