¿Y si el mundo fuese esa fantasía que nos acompaña desde la infancia? Ese lugar al que regresamos una y otra vez a través de los recuerdos, de la música o de las historias que nunca dejamos del todo atrás. ¿Y si esa fantasía no nos abandonase con la edad y pudiera vestirse de puntas, de tacones, de tul y de luz¿ Sería posible entonces permanecer en ese universo de creación y sensibilidad, en ese territorio donde conviven personajes, emociones y sueños que continúan habitándonos incluso cuando dejamos de ser niños.
¿Y si la música constituyese el paso y el cuerpo fuese el latido de esas historias, de la emoción, de la tensión y del descubrimiento? ¿Y si no hiciese falta hablar, sino simplemente ocupar un escenario y dejar que el movimiento construya el lenguaje? Ese es el camino que han recorrido las alumnas de Nuria Nieto, junto a su profesora y guía, este sábado en el Teatro Kursaal Fernando Arrabal, durante el festival de fin de curso de danza clásica. El camino de la transición, el de la expresión vehiculada a través del movimiento, el de la capacidad de convertir cada coreografía en una escena que invitaba a despertar imágenes, recuerdos y emociones en quien observaba.
Porque, a veces, para contar una historia no hace falta pronunciar una sola palabra, sino sostener el hilo narrativo con los pies, con los giros, con la precisión de los pasos y con la delicadeza de los movimientos. La danza clásica, su versatilidad, acompañada por la intensidad de la música y por la capacidad de la iluminación para transformarlo todo en cuestión de segundos, consigue trasladarnos a otros lugares, a otros tiempos, a otros mundos. Un viaje hacia la imaginación y hacia la fantasía, hacia esas historias de héroes, princesas y villanos que todavía permanecen intactas en nuestros recuerdos y que continúan acompañando también el camino de los más pequeños.
Y eso es precisamente lo que han logrado las alumnas de Nuria Nieto sobre el escenario: trasladarnos a ese universo de cuentos, de historias, de ilusiones. La música, el movimiento, las imágenes, las luces, el vestuario… Todo construía un mismo lenguaje escénico capaz de sostener nuestra emoción, nuestra sensibilidad. La delicadeza de cada gesto convivía con el ritmo, con la aventura, con la incógnita y con esa sensación constante de descubrimiento que atravesaba cada una de las piezas representadas, que unía técnica, destreza y mensaje de ensoñación.
La torre de Rapunzel elevándose sobre el grupo de baile. El bastón de Maléfica imponiendo presencia y oscuridad sobre el escenario. Las pequeñas orejas de los ratones de Cenicienta aportando ternura y cercanía. El pececillo de la Sirenita llenando de color y dinamismo cada rincón por el que se movía entre pequeñas bailarinas que nadaban sobre el escenario. Las plumas de Pocahontas acompañadas por esos ritmos de tambores que resonaban con fuerza y hacían temblar el suelo con su vibración. Los kimonos, las sombrillas asiáticas hechas de papel, los colores y las transiciones convertían cada escena en una atmósfera distinta, en un nuevo universo capaz de envolver por completo al público.
Porque la danza clásica, en toda su versatilidad y riqueza, posee la capacidad de adaptarse a ritmos, atmósferas e historias muy distintas sin perder nunca su esencia. Puede transformarse en cuento, en aventura, en tensión o en delicadeza; puede habitar mundos completamente diferentes y, aun así, mantener intacta esa disciplina, esa sensibilidad y esa belleza del movimiento depurado sobre el escenario que la convierten en un lenguaje universal.
El Teatro Kursaal Fernando Arrabal, completamente lleno, respondió desde el primer instante con una atención absoluta, dejándose arrastrar por cada escena, por cada historia y por cada nuevo relato que nacía sobre el escenario. Los aplausos, intensos y constantes, acompañaron cada coreografía como un reconocimiento al esfuerzo, a la sensibilidad y a la capacidad de las alumnas para convertir la danza en un lenguaje capaz de expresar sin palabras, de hacer sentir. Familias, amigos y espectadores siguieron cada movimiento con la sensación de estar participando también de ese viaje compartido hacia la imaginación; hacia nuestra infancia y la de nuestros hijos, sobrinos, primos o hermanos.
Y sin llegar a caer el telón, permanecía esa sensación difícil de explicar que solo dejan los espectáculos capaces de tocar la memoria y los sentidos. La sensación de haber regresado, aunque solo fuese por unas horas, a ese lugar donde la fantasía continúa intacta, donde la música guía los pasos y donde los sueños todavía encuentran un espacio para hacerse visibles sobre un escenario.








