Hay ciudades que también pueden entenderse a través de sus nombres propios. En Melilla, basta con asomarse al padrón para comprobar cómo la historia, la convivencia cultural y las raíces familiares quedan reflejadas en algo tan cotidiano como el nombre de pila. Así queda reflejado en el último estudio del Instituto Nacional de Estadística (INE), en el que queda claro que en la ciudad se mantienen determinadas tradiciones.
Entre los hombres, el nombre más repetido con mucha diferencia es Mohamed, convertido prácticamente en una seña de identidad estadística. En Melilla hay 2.913 varones registrados con este nombre, lo que supone 66,6 por cada mil. La distancia con el segundo puesto es amplia. Ahí aparece Antonio, con 593 personas, seguido muy de cerca por Adam (591), una de las particularidades del ranking melillense. Después figuran Ahmed (467), José (462), Francisco (445) y Alejandro (434), configurando una lista donde la mezcla de cultural es evidente.
También destacan nombres como Ali (423) y Francisco Javier (423), empatados prácticamente, además de Manuel (386), Hassan (363) y Javier (362). Más abajo aparecen José Antonio (330), Carlos (324), Daniel (311), Bilal (303), Jesús (301), Abdelkader (293), Rachid (288) y Rayan (284).
La lectura del listado masculino ofrece una radiografía muy reconocible para cualquier melillense, de manera que nombres de raíz musulmana conviven con otros ligados a la tradición católica.
En el caso de las mujeres, el liderazgo también está definido. Fátima encabeza el listado con 992 melillenses, lo que equivale a 22,9 por cada mil féminas, consolidándose como el nombre femenino más frecuente en la ciudad. Le sigue María Carmen, con 636 casos, y después María (500), dos clásicos que siguen manteniendo presencia, especialmente entre generaciones adultas. En cuarta posición aparece Malika (456), seguida de cerca por Sara (446), reforzando esa diversidad cultural que también se observa entre los hombres.
El top ten femenino se completa con Amira (342), Carmen (335), Karima (328), María Dolores (322) y Ana María (313). A partir de ahí aparecen otros nombres reconocibles en la ciudad como Yamina (307), Aicha (300), Salma (297), Fadma (296), Samira (281) o Farah (268). También figuran nombres más extendidos en el conjunto nacional como Ana (267), Laura (255), Lucía (243) o Nadia (241).
Un análisis de las últimas décadas
Esa es la fotografía actual, pero no siempre fue así. Un análisis pormenorizado de los registros históricos de las últimas décadas revela cómo Melilla ha pasado de ser un bastión de la onomástica tradicional cristiana a convertirse en un crisol donde los nombres de raíz musulmanas y las tendencias globales conviven.
A mediados del siglo XX, la ciudad reflejaba una España onomásticamente homogénea. En la década de los 50, el nombre de Antonio era el rey indiscutible entre los hombres, con una frecuencia de 52,9 por cada mil nacidos. Le seguían de cerca Francisco (49,6) y Manuel (38,1). En aquel entonces, el nombre de Mohamed ocupaba ya un lugar en el top 10, pero se situaba en la séptima posición con apenas un 22,1 por mil.
En el lado femenino, la hegemonía era aún más aplastante. María Carmen lideraba con una ratio de 74,7 por mil, una cifra altísima que hoy parece impensable. Nombres como María Dolores, Ana María, Josefa y Antonia completaban un cuadro de absoluta tradición. No había ni rastro de diversidad intercultural en los primeros puestos de las listas femeninas de la época.
Durante los años 60, el patrón se mantuvo con ligeras variaciones. Antonio se mantenía en cabeza, aunque empezaban a despuntar nombres compuestos más modernos para la época, como Francisco Javier o José Antonio. En las mujeres, María Carmen seguía siendo la opción preferida de las familias melillenses, aunque nombres como Malika asomaban ya en el puesto 12, marcando el inicio de un cambio inminente.
Si hubiera que marcar una fecha en el calendario de la identidad melillense, sería la década de los 70. Por primera vez en la historia registrada, Mohamed saltó al primer puesto de la lista de varones con una frecuencia de 34,1 por mil, desplazando a Francisco Javier y Miguel Ángel. Antonio, el eterno líder, caía a la quinta posición.
En las mujeres, aunque María Carmen resistía en el primer puesto, la diversidad empezaba a florecer. Aparecieron con fuerza nombres como Mónica, Eva María y, de forma muy significativa, Fátima y Soraya, que entraban directamente en el grupo de cabeza. Melilla empezaba a nombrar a sus hijas con una libertad que rompía con los moldes de años anteriores.
El cambio de siglo
Llegados los años 80 y 90, la transformación se fue materializando. En los hombres, Mohamed consolidó un liderazgo absoluto que ya no ha abandonado. En la década de los 90, la frecuencia de Mohamed alcanzó su pico histórico con un asombroso 77,4 por cada mil nacidos; es decir, casi ocho de cada 100 niños nacidos en Melilla en esa década recibieron ese nombre.
Sin embargo, lo más llamativo ocurrió en las listas femeninas. En los 80, Soraya (17,2 por mil) arrebató el trono a los nombres compuestos de María. En los 90, el relevo lo tomó Sara, que se convirtió en el nombre más frecuente (20,4 por mil), seguida de Farah y una María que resistía en tercera posición.
Este periodo muestra que mientras los hombres tendían a una concentración muy alta en un solo nombre (Mohamed), las mujeres melillenses empezaban a explorar una variedad mucho mayor, con nombres más cortos, sonoros y, transculturales, como Sara o Laura.
Con la entrada del nuevo milenio, los datos del INE muestran una nueva evolución. En la década de 2010, aunque Mohamed se afianzó como líder, apareció el nombre de Adam (51,8 por mil), situándose casi al mismo nivel. Rayan, Amir e Imran empezaron a poblar las aulas de los colegios, desplazando definitivamente a los clásicos. Esta evolución en los nombres ratifica que la diversidad ya es la norma en Melilla.








