En Melilla, los niños con discapacidad visual no estudian en centros especiales, sino que se integran en los colegios públicos o concertados, según decida cada familia. "Nosotros atendemos al alumno dentro de su contexto real, en el centro educativo en el que esté escolarizado", explica Laura Soler, maestra itinerante del convenio de colaboración entre el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deporte y la ONCE.
Este modelo se desarrolla gracias a un equipo especializado, presente en toda España, formado por maestros, instructores tiflotécnicos - encargados de la enseñanza de herramientas informáticas adaptadas - y técnicos de rehabilitación, que enseñan el manejo del bastón y la orientación espacial. "Es una atención integral, porque no solo buscamos que el niño aprenda materias, sino que desarrolle autonomía y confianza", señala Soler.
En Melilla, la unidad está formada por dos maestras - una del Ministerio y otra contratada por la ONCE - y una orientadora a tiempo parcial. Este convenio se aplica desde 2006, y en la ciudad autónoma depende de la Dirección Provincial de Educación y, por parte de la ONDE, de la delegación de Málaga.
Enseñar braille: un proceso que depende del momento de la pérdida visual
El inicio del aprendizaje del braille no tiene una edad fija. Todo depende de si la ceguera es de nacimiento o adquirida. "Si la pérdida visual es imprevista, como consecuencia de un accidente o una enfermedad, empezamos a intervenir en cuanto aparece la falta de visión", explica Soler.
En esos casos, se produce un cambio de la "lectura en tinta" - la que utiliza la población general - al código braille.
En los niños ciegos de nacimiento, la preparación comienza antes de la educación primaria, con ejercicios de preescritura y prelectura braille.
"Trabajamos mucho la estimulación multisensorial, el tacto y la orientación espacial, porque son conocimientos previos necesarios para aprender braille", apunta la maestra. En esos momentos, también es esencial trabajar el ajuste psicosocial del alumno desde edades tempranas: que se reconozca como un estudiante con ceguera y que asuma que su forma de acceder a la información será principalmente a través del tacto y del oido.
"Es muy importante que, como maestros itinerantes especializados en alumnado con ceguera, tengamos en cuenta no solo la adaptación del código braille o del material, sino también esa parte social, psicológica y emocional que resulta clave para su desarrollo integral", añade Soler.
El objetivo es que, a los seis años, coincidiendo con el inicio de la lectoescritura en el currículum oficial, el alumno pueda empezar a leer y escribir en braille como sus compañeros lo hacen en tinta.
Adaptar los materiales: de los libros al método inclusivo Braitico
Para que el alumnado con discapacidad visual pueda seguir el mismo ritmo que el resto de la clase, el equipo itinerante solicita a la ONCE la adaptación de los libros de texto de la editorial utilizada en el centro escolar. Esta tarea implica transcribir y maquetar el contenido en código braille.
Pero además existe un método específico: Braitico, creado por la ONCE. Este sistema es inclusivo, ya que combina texto en braille y en tinta, y utiliza imágenes con texturas para que todos los alumnos, con o sin discapacidad visual, puedan interactuar con el material. "Es un método muy motivador, que incluso los compañeros pueden usar. Intentamos que el profesor del aula adapte su enseñanza para seguir también el ritmo que marca Braitico", señala Soler.
Tecnología adaptada: cuando el ordenador complementa el braille
El uso de tecnología asistida se introduce de forma progresiva. "A partir de tercero o cuarto de primaria es cuando realmente se comienza a trabajar con el ordenador y los lectores de pantalla, porque antes necesitamos que el alumno adquiera bien el braille", explica la maestra.
El aprendizaje digital incluye mecanografía y manejo de comandos en un teclado estándar, apoyándose en programas como JAWS o Zoomtext, que verbalizan lo que aparece en pantalla. Sin embargo, la prioridad en los primeros cursos es fortalecer la lectura táctil. "Si introducimos la tecnología demasiado pronto, el niño se centra más en lo digital y menos en desarrollar el tacto, que es esencial para su autonomía", advierte Soler.
Evaluar el progreso: diferencias que no siempre son una barrera
La evaluación del alumnado con discapacidad visual varía según el momento en que se produjo la pérdida de visión. "Un niño que ha visto durante parte de su vida tiene conocimientos visuales del mundo y suele alcanzar el mismo rendimiento que sus compañeros", afirma Soler.
En cambio, los estudiantes ciegos de nacimiento dependen en mayor medida del tacto y del oído para recibir información, lo que implica un ritmo de aprendizaje algo diferente. "El 80% de la información nos llega a través de la vista. Por mucho que haya un contexto rico y un profesorado entregado, siempre habrá cierta deficiencia en el acceso al mundo", explica la docente.
Aun así, la experiencia demuestra que las metas académicas son alcanzables. "He visto alumnos que he acompañado desde bebés llegar a estudiar fisioterapia en Melilla o en Madrid. Lo que marca la diferencia es el trabajo diario, el apoyo familiar y el entorno escolar", asegura Soler.
Un trabajo vocacional y en red
La labor de las maestras itinerantes exige desplazarse por distintos colegios, adaptando materiales, coordinándose con tutores y especialistas, y trabajando con las familias para reforzar la autonomía del alumno. "Somos el enlace entre la materia que explica el profesor y el formato que necesita el alumno para acceder a ella", resume Soler.
Con más de 25 años de experiencia, asegura que cada caso es único, pero que el objetivo siempre es el mismo: ofrecer igualdad de oportunidades y una educación de calidad. "La ceguera no tiene por qué ser una barrera para alcanzar cualquier meta. Se trata de encontrar los apoyos necesarios y creer en las posibilidades del alumno", concluye.







