Las calles y plazas de Melilla se transformaron este sábado en un gran escenario al aire libre gracias a la primera edición de Melilla en Danza, un festival internacional que logró reunir a decenas de personas en un recorrido artístico donde el movimiento, el patrimonio y la cultura compartieron protagonismo.
Desde primera hora de la tarde, el ambiente en Melilla la Vieja comenzó a adquirir un aire diferente. Familias, jóvenes, turistas y amantes de las artes escénicas fueron ocupando los distintos espacios habilitados para las actuaciones, atraídos por una propuesta novedosa que llevó la danza contemporánea fuera de los teatros para acercarla directamente a la ciudadanía.
La Plaza de las Cuatro Culturas fue el primer punto de encuentro de la jornada. Allí, numerosos espectadores se congregaron para disfrutar de Quema, la propuesta del coreógrafo Jacob Gómez. El silencio respetuoso del público contrastaba con la intensidad de la interpretación, marcada por una gran carga expresiva que consiguió captar la atención de los presentes desde los primeros minutos.
A medida que avanzaba la tarde, el público fue desplazándose por el recorrido diseñado por la organización, convirtiéndose en parte activa de una experiencia itinerante. La cercanía entre artistas y espectadores permitió vivir cada pieza desde una perspectiva diferente, eliminando barreras y favoreciendo una conexión directa con la creación escénica.
La Plaza de Armas acogió posteriormente Unarys, de la compañía Eszer, una actuación que destacó por la fuerza visual de sus movimientos y por la capacidad de integrar la arquitectura histórica del entorno en la propia narrativa coreográfica. Muchos asistentes aprovecharon los espacios cercanos para comentar las actuaciones mientras disfrutaban del ambiente festivo que se respiraba en toda la zona monumental.
El cierre de la programación llegó con Vibra!, de Arnau Pérez, una propuesta dinámica y energética que arrancó aplausos y sonrisas entre el público. La actuación puso el broche final a una jornada marcada por la participación ciudadana y por la curiosidad de quienes se acercaban por primera vez a la danza contemporánea.
Además de las representaciones, el entorno contó con espacios de convivencia y restauración que favorecieron el encuentro entre vecinos, visitantes y artistas. Las terrazas y zonas de descanso permanecieron animadas durante toda la noche, reforzando el carácter social y abierto del festival.
La directora del proyecto y creadora melillense, Marina Varem, vio cumplido así el objetivo con el que impulsó esta iniciativa: acercar la danza a la ciudad que la vio crecer y convertir el espacio urbano en un lugar de encuentro artístico.
Con una notable respuesta de público y una valoración positiva por parte de los asistentes, esta primera edición de Melilla en Danza deja una imagen difícil de olvidar. La de una ciudad que, por unas horas, hizo de la danza su lenguaje universal.







